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Dos poemas de akim a. j. willems

miércoles 9 de marzo de 2022

Traducción: Micaela van Muylem

Defecto de habla

las palabras son los escollos
de cualquier acercamiento

[louis paul boon]

esta es la lengua. la lengua que quebró a papá,
la que siendo niño le robó el misterio
de las palabras hilvanadas roncas
que conservaba en el bolsillo de atrás.

la lengua que papá logró abrir
cuando cantaba tonos tan duros
y (en realidad) quería decir: ¡descuida!
esta es la lengua. la que papá nunca habló suave

era lo que había, de lo que no soltaré nada:
he aquí mi única vida,
un dibujo hecho con rayas
piso de madera encerado.

es lo que hay, de lo que no hablaremos:
he aquí mi pequeña existencia,
en líneas provisorias desfila
como el emperador sin vestimenta

viviendo solo es cuando estoy más hermoso,
desollada mi piel hambrienta,
las arterias, azules de tanta añoranza
por un sitio al que nunca había regresado a casa.

donde la gente no piensa que soy desdichado,
es sólo que me gusta el silencio.
en un mundo que nunca calla, brillo más estando
lejos, mucho, de casa, sin las valijas llenas de olvido.

encontré mi voz en un callejón sin salida,
en una esquina, una casucha vacía
y en la pared cartel carcomido:
en mí moraba / un miserable / incapaz de conmoverse.

tengo una voz que me susurra babélica al oído
que es todo vano, indecible, todo agotador
y que figura en un afiche caduco
en una pared de una casucha en la esquina de una calle.

de la hendidura de nuestras lenguas resuena el asco.
en la mesa del desayuno nos lanzamos
tantas bajezas que acabamos por tragarnos
nosotros el propio anzuelo.

echamos aceite al fuego,
alimentamos las llamas y enardecemos.
y para quemar nuestras naves
nos reservamos un resto.

despégame los labios, enséñame palabras
que ya no me causen miedo
ese miedo que calla en todas las lenguas
desafíame, borra los espacios en blanco

de la nada que me es tan propia.
que mis huesos sean oráculo
para que sientas lo liso de la piel nueva
en que tiemblo por ti.

sangre sacrificial en las sábanas y nosotros
callando juntos, cada uno de su lado.
la memoria de la noche cubierta de nieve
nos tapa hasta las orejas. los desvelos por las crías

nos roen las aristas de nuestras personalidades torpes.
cada tanto caen algunas palabras
de entre los versos, de un estante de ikea.
también la felicidad la hemos adquirido en la tienda.

entre dientes tropezamos con la incerteza,
las palabras que nos tragamos.
las miradas ya hablan por nosotros.
lo sopesamos todo, nos ahogan

las buenas intenciones que caen mal,
como la rebanada de pan del lado untado.
no conversamos más,
callar ya cuesta bastante.

 

Ciudad Silencio
(población: 333 hab.)

dicen polvo en la canica en el desierto de piedras negras.
dicen 122º fahrenheit, ni una gota, dicen,
llueve en todo el año y ni una pizca de aire,
dicen, para poder exponerte de una vez el corazón.

dicen arena en la manteca en el valle muerto,
dicen manteca al techo, a las vigas, dicen,
que relucen torvas y a tu lengua amarga,
dicen, mejor te la tragás

incluso la luna no pende sin más en este lugar, tirita de miedo
y cada cuarto de hora echa una mirada al avaro en la ventana.
acá arriba: estrellas, luces navideñas de una noche de verano.
osa mayor, osa menor, rudolph the red nosed reindeer.

el avaro ríe de sus propios chistes, sonríe, recarga y dispara
maldiciones a la taimada malparida, palabras en la noche.
afuera despuntará pronto el alba. la arpía recibe su parte, el roñoso su porción.
y la luna continúa observando boquiabierta.

estamos juntos en la soledad. acá hay luz, calma, y la vista
es indecible. vivimos cautos junto al otro
en cuartos inexpugnables, la puerta que los separa bajo llave,
con olores del este en aerosol.

dormimos en discordia, en una cama de gangrena
yace el desgano, y la calma sólo se recoge escasa.
el correo viene una vez a la semana; cartas de urías, de nadie
en particular y en ningún caso tuyas.

la noche yace azul en una cama que no es la tuya.
afuera crepita la inquietud entre árboles delgados.
las copas se inclinan, son un oído atento.
entre las horas en la mesa de luz un reloj hace pasar

los últimos lastres. allí rigen otras leyes,
sin tabús, que sólo entiendes tú.
la noche yace en una cama que aún no es la fría,
bajo una luz menguante, las apariencias en contra.

hubo manos intrusas —las uñas de luto contrastaban
en la espalda blanca de la muchacha— con dedos largos y anchos.
dedos delgados y temerosos, primero manitas
y luego puños que estallaron de furia.

hubo brazos que lo abarcaron todo. no hubo escapatoria
y el viento soplaba sin cuidado por el pueblo,
la calle, la casa con el jardín, el cuarto con la ventana abierta
con vista a la vida detenida por un instante.

todo forastero la poseyó, ser impasible, bajo
la luz fría. sus pechos lentos,
cada uno con sus propios motivos,
su vientre resignado

debajo de un manto de nieve,
su lengua absorbente,
su piel que rechina.
nunca se vio a nadie sangrar tan bello.

apenas podía creerme que estaba despierto,
me colé en un bosque nocturno. bajo el azul del crepúsculo
dirigí la mirada a las coronas que se mecían
sobre mi cabeza, amenazaba tormenta.

sobre los árboles vi las nubes espesas de una tarde de verano
pasando con prisa, para llegar a casa antes de la noche.
por el sendero del bosque huían liebres, ciervos, lobos. vi
las huellas de días pasados y olvidé el tiempo.

de pronto la mañana sí tuvo palabras,
finalmente, la noche calló durante una jornada.
quien guardara silencio oiría despertar la lengua,
suspirándole al oído atento.

quiso cantarnos acerca de la vergüenza,
escasa de palabras, concisas las frases.
sus tímidas canciones prefiere canturrearlas
para una escucha de corto aliento.

akim a. j. willems
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