Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Textos de Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes

miércoles 5 de agosto de 2020

Sobre los grados de la muerte

¡Compártelo en tus redes!

(En la muerte de Paul Éluard)

Vinicius de Moraes

Aún tengo en el oído tu voz grave, acto metálico por lo interurbano, me dice de México a Los Ángeles: “Alors, mon vieux, qu’est-ce que tu attends? Viens, donc…”.1 Tú me llamabas sin conocerme, porque sabías que yo soy poeta, no tan grande como eras, no tan valiente como fuiste, no tan necesario como serás; mas poeta y poeta atento a las necesidades de su tiempo. Tú me llamabas porque otros poetas, amigos nuestros, te habían hablado de mí.

Eras tú, Di Cavalcanti, Neruda, Guillén, me llamaron, me mandaron cartas escritas en bares, llenas de fraternidad y palabras, me hablaron de la belleza de México y del gusto del tequila,2 me sedujeron para vuestra convivencia bohemia y grave.

Escribo tu nombre sobre los grados de la muerte, lo grabo a fuego sobre los senos de la aurora, lo pinto en luz sobre todo lo que es triste, oscuro y trágico.

Y yo fui. Fui porque me “tuteaste” sin conocerme, en esa gran intimidad que sólo los poetas tienen y sólo la poesía puede dar. Mas cuando llegué ya habías partido para Francia, a compromisos urgentes. Conocí a tu mujer, tu tercera mujer, Dominique, que se quedó por unos pocos días más, esa muchacha alta, de faz lisa de campesina, que vivía todavía envuelta en la belleza de las cosas que le dieras y le dijeras. Te habías casado con ella días antes, después de un paseo loco en compañía de Siqueiros y su mujer por México adentro. Ella sólo tenía en la boca joven un nombre: tu nombre. Ella decía Paul, Paul, Paul, Paul —con una esperanza simple en el mirar. Sus brazos traían aún las marcas de tus caricias de hombre. Le habías dado un papagayo a ella y ella lo cargaba alto en el dedo y le hablaba de ti, le decía que en breve estarían todos juntos en Francia, y que él tenía que tener juicio y no hablar cuando el poeta estuviese trabajando, pues el poeta era un hombre lleno de poemas por hacer. Ella le hablaba como a un niño, de viva voz, y las plumas de la cabeza del ave se erizaban blandamente mientras chapuzaba también dulzuras absurdas.

Tu muerte —como la de Mario de Andrade, de angina pectoris— me llegó, como la de él, con un tenor vacío y abstracto. Inútil pensar que moriste. ¿Mario murió por casualidad? ¿No venía él a visitarme siempre que estaba solitario, siempre que estaba sufriendo, el amigo fiel? ¿Y no posó como antes la gran mano en mi hombro y se quedaba horas conmigo para discutir de los viejos asuntos sentidos, poesía, amistad, belleza, amor, muerte, vida, artes, pueblo, mujer, bebida —y poesía aun, y aun poesía y más poesía?

Locura pensar que moriste. Sobre cada faz viva, sobre cada cosa viva, sobre el corazón de la vida —escribo tu nombre.

Escribo tu nombre sobre los grados de la muerte, lo grabo a fuego sobre los senos de la aurora, lo pinto en luz sobre todo lo que es triste, oscuro y trágico. Tú escogiste. Tú fuiste claro, ardiente, digno. Delicado hasta de los huesos de ti mismo —esos que subsisten de tu bella figura de hombre—, tú enfrentaste la brutalidad de los verdugos. Hoy digo tu nombre y lo digo sintiéndome mejor por haber participado de tu tiempo humano. Tu nombre es también Libertad, Paul Éluard.

Wilfredo Carrizales
Últimas entradas de Wilfredo Carrizales (ver todo)

Notas

  1. En francés, en el original.
  2. En español, en el original.