Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Textos de Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes

miércoles 5 de agosto de 2020

Orfeo negro

¡Compártelo en tus redes!
Vinicius de Moraes
Vinicius de Moraes con su hija Georgiana, “la carita más pícara que últimamente se vio en cualquier latitud”.

Yo, agosto de 1955.- Gracias a la gentileza de la invitación de María Oliva Fraga, la bella guardiana del Chateau d’Eu, aquí estoy en el vasto castillo de ladrillos y columnatas de piedra —obra sin gran interés arquitectónico iniciada por Henrique de Guise y restaurada por el conde D’Eu tres siglos y poco más tarde, después del incendio de comienzos de este siglo. El parque, diseñado por Le Notre, es realmente bello. Vine para terminar la primera adaptación para el cine de mi pieza Orfeu da Conceição, de la que el productor Sacha Gordine quiere extraer un filme. Depositamos ambos grandes esperanzas en el proyecto.

Hay hombres que son de la raza de los minotauros. Hombres como Picasso, como Buñuel, como Hemingway.

Para ayudarme en el trabajo está conmigo mi amiga y secretaria Josée Fauquier y su marido Daniel. Y, naturalmente, mi hijita Georgiana: la carita más pícara que últimamente se vio en cualquier latitud. Lo malo es que ella, con tanta gracia, me está perturbando considerablemente en la tarea. Pues no me puede impedir, en todo instante, perder el hilo del dictado para verla atravesar el parque corriendo, o surgir de la mano de su niñera española —pequeño bichito inconfundible contra el gótico normando de la Iglesia de Saint-Laurent, en cuya cripta duermen sobre los propios despojos, lado a lado, en su misterioso sueño de mármol, las estatuas funerarias de los príncipes y princesas de la familia d’Artois.

Es cosa apasionante crear un filme. En esta adaptación construyo el filme como yo lo haría. Al contrario de mi pieza, en que el “descenso a los infiernos” y de Orfeo se sitúa en una gafieira,1 en el segundo acto, estoy transponiendo el carnaval carioca para el final del filme, como el ambiente dentro del cual la Muerte perseguirá a Eurídice. Josée me ayuda con el mayor entusiasmo, mas es necesario en todo instante interrumpir el trabajo, pues Georgiana no da descanso.

Hay hombres que son de la raza de los minotauros. Hombres como Picasso, como Buñuel, como Hemingway. Sacha Alexandre Gordine es así. Al ponerme a trabajar está, lo sé, en una de las mayores bancarrotas de la historia del cine. El grande y humanísimo filme que debería hacer, L’affaire Seznec, tuvo su filmación prohibida cuando todos los contratos ya habían sido firmados. Mas yo confío en Gordine. Hay, para quien sabe leer en el rostro humano, una profunda bondad en este hombre. Bondad y una fuerza interior que se puede casi palpar.

Hoy el guía turístico del castillo vino a quejarse de que, al mostrar a los visitantes uno de los bellos carruajes en exhibición que no andaba por la tierra, cuál no sería su sorpresa, y la de los dos turistas, cuando la puerta de la calesa se abre y surge, de entre sedas y arreos, la carita astuta de Georgiana. Él me contó el caso con la aflicción de un guía de castillo que presenció un sacrilegio y lo oí con el aire severo que debe tener en el caso el padre de la sacrílega. Mas al volverle las espaldas, me desaté a reír, y vi que él también sacudía los hombros de tanta risa, mientras descendía los escalones.

Estoy en pleno carnaval en el filme. Procuro dar el máximo de colorido al guion para que, en el caso de una segunda adaptación, el nuevo guionista sienta una animación popular en toda su vibración. En el rápido viaje que hicimos ayer a Rouen, me surgió la idea de hacer que las mujeres —las Furias del mito— mataran a Orfeo en un parque o jardín nocturno, donde el músico fuese a tener elevando en sus brazos a su amada muerta. Para estudiar.

Acabé de ver una cosa deliciosa. Mientras venía viendo por el corredor, vi a Georgiana que subía al espaldar de una poltrona y miraba con la mayor atención, bien de cerca, un retrato de don Pedro II. Después ella alejó un poco la cabecita y comenzó a alisar las venerables barbas del emperador. No contenta, pegó la carita al retrato y le dio un prolongado beso.

Juro que vi sonreír al buen monarca.

Wilfredo Carrizales
Últimas entradas de Wilfredo Carrizales (ver todo)

Notas

  1. Palabra usada para referirse a un local donde se realizan bailes y fiestas, más precisamente un baile popular, frecuentado por personas de la clase social más baja, con música animada, principalmente samba, cuya entrada es paga.