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Textos de Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes

miércoles 5 de agosto de 2020

La casa materna

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Vinicius de Moraes
Vinicius de Moraes en 1922.

Hay, desde la entrada, un sentimiento de tiempo en la casa materna. Las rejas del portón tienen una bella herrumbre y el picaporte se oculta en un lugar que sólo la mano filial conoce. El jardín pequeño parece más verde y húmedo que los demás, con sus palmas, con sus tinhoroes1 y helechos, que la mano filial, fiel a un gesto de infancia, deshoja a lo largo del tallo.

Es siempre quieta la casa materna, asimismo los domingos, cuando las manos filiales se posan sobre la mesa abundante del almuerzo, repitiendo una antigua imagen. Hay un tradicional silencio en sus salas y un dolorido reposo en sus poltronas. El suelo encerado, sobre el cual todavía se desliza el fantasma de la cachorrita negra, guarda las mismas manchas y el mismo tarugo suelto de otras primaveras. Las cosas viven como en preces en los mismos lugares donde las situaran las manos maternas cuando eran mozas y lisas. Rostros hermanos se miran en los portarretratos, para amarse y comprenderse mudamente. El piano cerrado, con una larga tira de franela sobre las teclas, repite aún pasados valses, de cuando las manos maternas necesitaban soñar.

En la escalera hay el peldaño que cruje y anuncia a los oídos maternos la presencia de los pasos filiales.

La casa materna es un espejo de otras, en pequeñas cosas que el mirar filial admiraba en el tiempo en que todo era bello; la licorera poco abundante, la bandeja triste, el absurdo bibelo.2 Y tiene un corredor para la escucha, de cuyo techo por la noche pende una luz muerta, con negras aberturas para cuartos llenos de sombras. En el estante junto a la escalera hay un Tesoro de la Juventud con el dorso pulido por el tacto y por el tiempo. Fue allí que el mirar filial primero vio la forma gráfica de algo que pasaría a ser para él la forma suprema de la belleza: el verso.

En la escalera hay el peldaño que cruje y anuncia a los oídos maternos la presencia de los pasos filiales. Pues la casa materna se divide en dos mundos: el térreo, donde se verifica la vida presente, y el de encima, donde vive la memoria. Abajo hay siempre cosas fabulosas en el refrigerador y en el armario de copa: roquefort aplastado, huevos frescos, mangos-espadas,3 untuosas compotas, bollos de chocolate, bizcochos de araruta4 —pues no hay lugar más propicio de la casa materna para una buena comida nocturna. Y porque una casa vieja tiene siempre una cucaracha que aparece y es muerta con una repugnancia que viene de lejos. Encima permanecen los guardados antiguos, los libros que recuerdan la infancia, el pequeño oratorio frente al cual —ninguno que no sea la figura materna sabe por qué— se quema a veces una vela votiva. Y la cama donde la figura paterna reposaba de su agitación diurna. Hoy, vacía.

La imagen paterna persiste en el interior de la casa materna. Su violón duerme arrimado junto a la vitrola. Su cuerpo como que se distingue aún en la vieja poltrona de la sala y como que se puede oír todavía el blando ronquido de su siesta dominical. Ausente para siempre de la casa materna, la figura paterna parece sumergida dulcemente en la eternidad, mientras las manos maternas se hacen más lentas y las manos filiales más unidas en torno a la gran mesa, donde ya ahora vibran también voces infantiles.

Wilfredo Carrizales
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Notas

  1. Planta herbácea tropical cuyas hojas se emplean como adorno y tienen aplicaciones terapéuticas.
  2. Del francés bibelot. Pequeño objeto de arte con el que se adornan mesas, estantes, etc.
  3. Mangos de forma alargada y achatada, de color amarillo, gusto dulzón, usados para preparar jugos, dulces, mermeladas, etc.
  4. Fécula alimenticia extraída de la raíz de ciertas plantas de América ecuatorial.