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Textos de Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes

miércoles 5 de agosto de 2020

Releyendo a Rilke (y directo a Jorge Amado)

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Vinicius de Moraes
Vinicius de Moraes en 1970. Fotografía: Ricardo Alfieri

Al son de las canciones de Sarah Vaughan, di últimamente —aunque ya de él tan distanciado por tantas y tan grandes causas— en releer al poeta Rainer Maria Rilke. Andaba hojeando las Cartas a un joven poeta, los Sonetos a Orfeo y algunas Elegías de Duino. Y lo que tengo que decir es lo siguiente: pocos seres tan poéticos nacerán nunca de una mujer. Poquísimos, como ese Grande Enfermo, vivieron tanto en la poesía y se abandonaron más hondamente, náufrago irremediable, a la avidez de sus aguas donde lo esperaba el indivisible abandono.

Nunca vida humana se hizo más completamente dentro de una mística. Llega a ser impresionante. Rilke pasó, como aquel “ahogado pensativo”, para descender a los “azules verdes” de los cielos y de los ríos que la visión de Jean-Arthur Rimbaud confundió en su poema “Le Bateau ivre”. El poeta vivió en trance poético constante, amargando su espíritu contra todos los temas de la Vida, del Amor y de la Muerte, a la que piadosamente amó como una única entidad.

El poeta pena, como penó por un momento el Cristo, de la coexistencia íntima de la duda y de la certeza.

Su simplicidad como poeta nace de esa larga tortura lírica de ver la muerte como una madurez de la vida, en una total compensación. Rilke creía que la muerte nace como el hombre, que éste la trae en sí cual una simiente que brota, se hace árbol, florece y fructifica al despojarse de su alburno humano. Sus poemas menores vencen lentamente todos esos “grados de lo terrible”, en un crecimiento espontáneo para la grande florescencia, de donde penderán los mejores frutos, deseosos de renovación en la tierra.

En 1910, Rilke terminaba sus famosos Cuadernos de Malte Laurids Brigge, donde contó, con una belleza raras veces alcanzada en prosa, la historia elegíaca de la destrucción de un ser consagrado a la fatalidad irremediable de la congoja. Porque es congoja, más que angustia, lo que cogemos de esa narrativa: la congoja del malentendido humano, el soliloquio desolador del hombre desajustado a la vida. La cualidad del sufrimiento que le viene de esa torturante creación, como que le afina aún más la sensibilidad, ya de sí tan aguzada para todos los susurros de la poesía. El poeta pena, como penó por un momento el Cristo, de la coexistencia íntima de la duda y de la certeza, mientras vagaba, mórbidamente enflaquecido por la dolencia, por los lugares que más ama en Europa: París, Rusia y los países escandinavos, intermitentemente.

A fines de 1911, instado por los príncipes de Tour y Taxis, Rilke va a pasar solitario el invierno en el castillo de Duino. Un bello día de enero, paseando por los bordes de un peñasco sobre el Adriático, dice haber oído en el viento el misterio de una voz que le decía: “¿Quién, si yo gritase, me oiría en medio de la jerarquía de los ángeles?”. Erizado, y al mismo tiempo atónito con el milagro de esas palabras que le surgían con la propia poesía deseada, el poeta las anotó, y en ese mismo día escribía el primer movimiento de ese bloc sinfónico al que llamó Elegías de Duino. Tan temperados se hallaban en él los motivos de la obra en perspectiva que, en pocos días, escribía la segunda serie y el comienzo de casi todas las otras.

Mas el impulso cesó. Por diez años Rilke callóse, a la espera de que en él las palabras encontrasen su lugar exacto en el gran puzzle1 poético que se desencadenara. En París, en España y en Múnich acrecentó fragmentos a algunas de las elegías, sufriendo terriblemente de la discontinuidad con la que la poesía se revelara. Y no sería sino después de la Primera Gran Guerra, en su refugio de Suiza, en Muzot, que en un soplo de creación pocas veces igualado, sólo comparable tal vez a ciertos instantes de música y de pintura en Miguel Ángel y Beethoven, escribiría en tres semanas las ocho elegías restantes, los cincuenta y cinco Sonetos a Orfeo y varios otros poemas a los que llamó Fragmentarisches.2 Fue el último espasmo de vida en ese eterno, sereno moribundo. La Muerte, su amiga, lo desobjetivaba pocos años después, como “un río que lleva”. Rilke rechazó al médico: quería morir de su muerte.

Mas después, el malestar en que me dejó esa combinación de Rilke y Sarah Vaughan… Fue cuando tuve la buena idea de leer tu novela La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua, Jorge. ¡Qué muertes tan diferentes…! ¡Qué belleza, Jorge, qué belleza!

Wilfredo Carrizales
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Notas

  1. En inglés, en el original.
  2. En alemán, en el original.