“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Cinco crónicas de Fernando Sabino
(extraídas de su libro Gente)

domingo 12 de septiembre de 2021

Encuentros con Dalí, el catalán

Salvador Dalí
Salvador Dalí (1904-1989).

APERTURA de la exposición en la Bignou Gallery, en Nueva York. El pintor fácilmente identificable por los bigotes. No sé con certeza con qué idea me le aproximé. Yo tenía 23 años, fue en 1947 (él tenía entonces 44). Mi intención un segundo antes era salir de la sala, ya me sentía mal en el medio de tanta gente. Extendí el brazo, pidiendo paso, él estaba en mi camino, entonces aproveché el gesto y di un tirón en su sobretodo. Él se volteó y me extendió la mano. Dije que me gustaría hacerle unas preguntas. Me dijo que lo encontrase al día siguiente allí mismo, en la Galería:

—A las cinco de la tarde.

—A las cinco en punto de la tarde. Oh, Salvador Dalí de voz aceitunada.

Era un día frío y lluvioso, a las cinco de la tarde ya estaba oscuro. A esa altura yo pretendía hacer una entrevista para O Jornal, que publicaba regularmente colaboración mía. Mas no sabía qué preguntarle. Pregúntale si él cree en los ángeles —me sugirió Jayme Ovalle. Y José Auto quería por fuerza que yo diese al pintor un huevo con mi nombre escrito, a guisa de tarjeta de visita.

No hice nada de eso y me di mal en esa primera vez. Comencé por preguntarle lo que él me preguntaría si fuese un desconocido escritor brasileño y yo fuese Salvador Dalí:

—Exactamente eso que usted me preguntó —respondió él prontamente.

—¿Y qué respondería?

—Exactamente lo que respondí…

Nuestra primera conversación prácticamente terminó ahí.

 

HACE POCO TIEMPO él andaba diciendo que la pintura española no morirá con Picasso, mas continuaba viva con el mayor pintor español de todos los tiempos: él mismo. Ya en aquella época su opinión al respecto de sí mismo era bastante lisonjera:

—No estoy solo. Antes de mí hubo Rafael, hubo Leonardo, hubo Vermeer.

En ese segundo encuentro, llegué primero. Mientras esperaba, tuve tiempo de mirar con calma los cuadros. El autorretrato: una máscara ablandada, apuntalada por muletas sobre un pedestal, hormigas entrando por los ojos. Estudios para ilustraciones de Macbeth. Ilustraciones para los Ensayos de Montaigne. Estudios para la Leda Atómica, con todos los elementos levitando: Leda no tocaba el cisne, el cisne no tocaba el pedestal, el pedestal no tocaba la base, la base no tocaba el mar, el mar no tocaba la orilla.

—Es el “nada toca” —me explicaría él más tarde—. La separación de los elementos, que está en la raíz del misterio creador de la animalidad.

Sí, mas… Volvemos a los cuadros: una patata semidescascarada, un portaplumas, un tintero, una pierna de cisne sangrante, un lienzo, una pluma blanca en equilibrio sobre la mesa —todo para levitar, todo de un realismo minucioso, fotográfico. Los cuadros, en general, eran pequeños. Su famoso La persistencia de la memoria, con los relojes gelatinosos que, según me contó él, fueron motivo de más cartoons en aquel año que cualquier otro tema, no tenía más que dos palmos de tamaño.

 

DE REPENTE él entró, con sus bigotes de antena, y vino directo hacia mí, pidiendo disculpas por el atraso. De esa vez yo tenía mis preguntas preparadas y fui luego queriendo saber por qué él gustaba tanto de la inmundicia. Él aguantó firme, como si yo hubiese preguntado la cosa más natural del mundo:

—Toda mi obra anterior venía marcada de preocupaciones con problemas fisiológicos o sexuales. Esa preocupación se expresaba a través de varios elementos plásticos: la hormiga, las muletas, vísceras, excremento, ablandamiento de figuras, putridez, motivos eróticos, masturbación. Hoy esos elementos van cediendo lugar a otros.

No guiñó cuando le pregunté si encaraba la masturbación como solución ideal para el problema sexual del artista:

—La solución ideal no es la masturbación y sí una continencia del artista en su fase de creación.

—Y la levitación: ¿es puro recurso plástico o sugiere una manifestación de santidad?

—La levitación, para mí, es pura manifestación de un fenómeno cósmico.

Sal de esa, Sabino —pensé para mí.

—¿Y el huevo?

La impresión era que lo que quería que yo preguntase, él respondería con la más rigurosa de las seriedades. Hablé de Brancusi, a propósito del huevo, y él me dice que no consideraba el huevo una mera solución estética: era la búsqueda de una felicidad intangible, paradisíaca, preuterina. Al contrario de los demás elementos, que eran demoniacos: hormigas, muletas, caramujos, vísceras y todo lo demás.

—¿Usted cree en los ángeles?

Por último, la pregunta de Ovalle. Él se limitó a volver hacia mí los ojos claros y afirmar:

—No creo en los dragones. Todavía ahora pintando a san Jorge, tenía que pintar también el dragón. Y no concibo un dragón como Rafael lo concebía. San Jorge hoy en día mataría otra cosa, una cosa en que yo crea. Un automóvil, por ejemplo.

A esa altura él me preguntó cómo es que yo, siendo brasileño, hablaba tan bien el catalán. ¡Yo pensaba estar hablando español! Después se despidió fijando un nuevo encuentro para el día siguiente.

 

AL DÍA siguiente lo llevé a la exposición de Segal, que se inauguraba en Nueva York. Dio una vuelta por el salón, oyó todo en cinco minutos y salió, no sin antes decirme que pasase más tarde por el hotel Saint Regis para que continuáramos la conversación.

Yo ya había enviado dos materiales para el periódico, no había más de qué conversar. A pesar de eso comparecí y él me recibió en su cuarto, en medio de las telas, pinceles y caballetes, en compañía de una joven rubia que no dijo una palabra todo el tiempo y se limitó a mirarme con ojos de vidrio. Me sirvió una bebida verde y llena de agujas1 que más tarde vine a saber se trataba apenas de peppermint. Le hablé a él de las ilustraciones para el Don Quijote que él acabara de hacer:

—¿Alguna afinidad con don Quijote?

—Ni con Cervantes. A no ser la misma nacionalidad. Y ciertas relaciones de carácter sentimental. Era el libro que mi padre me leía todas las noches; llenó mi infancia.

—¿Y Rabelais?

—Ah, éste sí: me gustaría mucho ilustrarlo también. La preocupación gastronómica de Gargantúa y Pantagruel es una cosa que me toca muy de cerca.

George Orwell, en Dickens, Dalí y otros, recorrió uno a uno los síntomas patológicos de Dalí, para terminar afirmando que él no era tampoco un homosexual, ni un coprófago, ni un masoquista, como gustaba de insinuar, sino un necrófilo. Por eso vivía entre cosas muertas, que no interesaban más a la humanidad. Le pregunté lo que suponía de eso. Y la rubia allí firme, callada, escuchando todo.

—Ese trabajo yo confieso que no lo leí. Tengo una prodigiosa capacidad de ver mi nombre impreso sin precisar leer el texto que lo acompaña. Ese libro es cosa de inglés —los ingleses no me entienden muy bien. Es preciso ser latino para entender ciertas cosas. Yo soy catalán. Usted es carioca.

 

AL NUEVO encuentro yo no iría —decidí firmemente al salir. Entonces le escribí una carta diciéndole simplemente esto: no tenía más que preguntarle.

Tiempo después estaba con Ovalle pasando por el Centro Rockefeller debajo de la nieve, cuando veo a Salvador Dalí cruzar la esquina corriendo, sin sombrero ni sobretodo. “¡Salvador!”, grité. Él se detuvo, a la espera. Me aproximé. Sus cabellos se cubrían de nieve, tenía nieve hasta en la punta de los bigotes. Le presenté a Ovalle, “un gran compositor brasileño”. Él me dice que estaba necesitando desesperadamente un taxi. “Que no sea por eso”, respondí. Fui hasta la otra esquina y en poco tiempo regresaba dentro de un taxi. Salté, él entró, después de despedirse de Ovalle, que le dice apenas: “¡Dejé de conocer a Chesterton pocos días antes de su muerte!”. Apretó efusivamente mi mano entre las suyas diciendo: “Usted es mi arcángel”. El taxi partió y nunca más lo vi.

Wilfredo Carrizales
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Notas

  1. Sabor picante de la bebida.