“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Cinco crónicas de Fernando Sabino
(extraídas de su libro Gente)

domingo 12 de septiembre de 2021

El habitante y su sombra

Pablo Neruda
Pablo Neruda (1904-1973).

EL AÑO pasado, en París, ya no llegué a verlo. Había sido operado y no podía recibir visitas. Mas Jorge Edwards, el escritor chileno, su amigo y fiel auxiliar, me contó que él compensaba la aprensión ocasionada por la dolencia con la alegría de haber ganado el Premio Nobel.

Alegría sólo superada por la que le trajera la victoria de Allende en Chile, de quien se había convertido embajador en Francia. La patria, tan festejada en sus versos, finalmente identificada con su esperanza de justicia social. En breve cruzaría el mar de vuelta a su país, de donde nunca más saldría.

El mar, poderoso elemento de inspiración de su poesía. Cuando una violenta resaca asoló la costa de Chile, hubo quien temiese que su casa hubiese sido llevada por las aguas con el poeta y todo. Algún tiempo después media docena de versos revelaron que él supiera resistir:

En la punta del Trueno anduve
recogiendo sal en el rostro
y del océano, en la boca,
el corazón del vendaval;
yo lo vi hacer estruendo hasta el zenit,
morder el cielo y escupirlo.

Jorge Edwards, en el prefacio de la Antología poética en edición brasileña que publicamos por la Sabiá,1 nos dice de las varias fases de la poesía de Neruda que pueden ser señaladas según su permanente diálogo con el mar. En la primera juventud, el mar es todo movimiento: “¡Yo sólo quiero que me lleves!”. En los años de mayor compromiso político, el mar se torna una fuerza hostil que humildes pescadores enfrentan. Con el advenimiento del socialismo, la naturaleza será dominada y el mar vencido por los hombres: “Te amarraremos pies y manos / los hombres por su piel pasarán escupiendo / te montarán y te domarán / te dominarán el alma”. Y finalmente en plena madurez el mar sugiere un tono de serena comunión, el poeta quiere ser “más espuma sagrada, más viento de la onda”.

Fue delante de este mar, en su casa en las costas del Pacífico, que el poeta se refugió para morir.

 

URIBE, Oyarzum y Bontá: eran éstos los nombres de los tres chilenos fantásticos que un día surgieron en Belo Horizonte para deslumbrar la ingenuidad de nuestros 18 años ávidos. Uribe era un profesor; Oyarzum y Bontá, ambos Orlando de nombre, eran dos seres gigantescos, ciclópeos, que en el auge de una discusión resolvían el quite despojándose de las camisas y trabándose en violenta lucha corporal. Cargaban por las calles un libro enorme, de cubierta revestida en oro, llamado El libro de las Américas, con el cual recorrían el continente recolectando firmas de grandes personalidades: Roosevelt, Getúlio,2 y otros menos notables. Desconfío que las contribuciones espontáneas por ellos recibidas venían a constituir discretamente lo que hoy llamamos de trambique. Bontá era un gigante manso y medio conforme a lo subalterno. Oyarzum era una verdadera convulsión de la naturaleza. Amaba los circos, los payasos y las prostitutas, los borrachos, los mendigos y los poetas. Nos inducía, a Paulo Mendes Campos y a mí, a tomar con él vasijas de licor de huevo, a veces en la tuteante compañía de los otros dos, Hélio Pellegrino y Otto Lara Resende. Pero lo que nos tocaba más a fondo eran las fantásticas historias que nos contaba de su mayor y más íntimo amigo, compañero de aventuras en la mocedad: el grande poeta de nuestra admiración, de quien conocíamos tantos versos del corazón, que saltaban de nuestras bocas por las calles en las locas madrugadas de la ciudad adormecida. Historias en las cuales, en raros momentos nuestros de buen sentido, evidentemente no creíamos.

Cuando, en 1945, Pablo vino a Río a juntárseme con la finalidad específica de curtir personalmente al poeta, tuvimos la oportunidad de decirle cierta noche en mi casa:

—Un día apareció en Belo Horizonte un sujeto llamado Oyarzum…

Él nos cortó la palabra con un gesto largo y categórico:

—Es todo verdad.

 

ESTUVO entre nosotros algún tiempo y era visto por todos lados: en casa de Portinari, o de Vinicius, que ya era su amigo, o con Di Cavalcanti, también viejo amigo. En el Alcázar, bar de moda en esa época, la gente se reunía en torno de él en sucesivas rondas de vasos de cerveza: Rubem Braga, Moacir Werneck de Castro, a veces Manuel Bandeira, y creo asimismo que Drummond, por lo menos una vez. Y él siempre hablando de su gran amigo Jorge Amado. Cierta noche Schmidt apareció con una sugerencia de tomarnos en su apartamento en aquel mismo edificio “algo mucho mejor”, lo que redundó en una tremenda borrachera con el más fino vino francés. A las tantas, el dueño de casa, escondiendo una intriga, le preguntó al poeta chileno si en el mundo socialista que él preconizaba habría vinos tan raros. Neruda afirmó que sí, mientras Paulo, Moacir y yo estudiábamos la maña en un plan insensato de hurtar algunas botellas tirándolas por la ventana para que uno de nosotros las atrapase allá abajo.

Hubo por ese tiempo una cena a la minera3 en mi casa, ofrecida al poeta, con la presencia de los amigos de siempre, aumentada con algunos advenedizos traídos por él del Bar Vermelhinho. Lo mínimo que aconteció fue una danza de Jayme Ovalle con el Barón de Itararé, al son desvariado de mi batería de jazz.

 

SÓLO VOLVÍ a verlo nueve años más tarde. Yo pasaba en ómnibus por la avenida Copacabana y me figuré reconocerlo delante de una vitrina de la Casa Sloper. Salté inmediatamente y lo abordé. Él parecía acordarse vagamente de mí, mas ya no era el mismo hombre; tenía un aire cansado y triste. La impresión que me dio fue la de alguien esquivo y desconfiado, como si aborreciese a todo aquel que no participase de sus convicciones políticas. De mi parte, en la impulsiva irreverencia de la juventud, recogí la impresión en un artículo. Tanto bastó para que él me concediese la gloria en vida: me distinguió con una respuesta de allá, de Chile, publicada a página entera en un vespertino carioca,4 presentándome con los más expresivos insultos.

Eso fue en los idus del 54. En 1965, a falta de alguien mejor, fui enviado de Londres al Congreso Internacional del PEN Club en Bled, en Yugoslavia, como representante de Brasil. Y me veo en un grupo de trabajo, sentado exactamente al lado de él. Era una situación incómoda, y evidentemente no nos hablamos, aunque en mi fuero interno yo creyese que él ni siquiera se acordaba más del incidente o de mí. Hasta que, en una de sus intervenciones, él se refirió inesperadamente a mí, en los términos más lisonjeros. Hice lo mismo en relación con él, cuando llegó mi vez de intervenir, y después de este rasgar de sedas, él me abrió los brazos, concluida la reunión: vamos a dejarnos de boberías, yo era muy intolerante y hoy no lo soy más, está todo olvidado, vamos a conversar, vamos a ser amigos, vamos a hablar de Thiago de Melo.

Fueron algunos días de afectuosa convivencia, durante los cuales pude ver que la pasión política cediera su lugar a una tierna comprensión de los problemas de la vida y del hombre, debajo de la misma sed de amor y de la misma hambre de justicia social.

 

ESTUVE con él todavía una última vez en Río, en compañía de su amigo Irineu Garcia. Fue cuando nos sugirió la publicación de Cien años de soledad de García Márquez, “la obra más importante de la lengua española desde Don Quijote de la Mancha”.

Ahora, la noticia de su muerte, casi simultáneamente con la muerte de la esperanza en su patria, hace renacer en mí el recuerdo de los versos que amé desde la primera mocedad. Y ellos me vienen al pensamiento en torbellinos mientras escribo, procurando torpemente rendir aquí mi homenaje particular a su memoria. Las noticias aterradoras sobre el vilipendio practicado con el pillaje de su casa y la grandeza trágica de su funeral me dejan deprimido. Yo quería, como en el célebre verso, escribir las palabras más tristes esta noche. Porque lo siento obstinadamente presente, integrado en mi escaso mundo de reminiscencias, o como él mismo dijo:

Porque continúa mi sombra en otra parte
o soy la sombra de un obstinado ausente.

Wilfredo Carrizales
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Notas

  1. Editorial fundada junto con Rubem Braga en 1967.
  2. Getúlio Vargas (1883-1954). Político y estadista que llegó a ser dos veces presidente de Brasil. Cometió suicidio.
  3. Relativo a Minas Gerais.
  4. Natural de Río de Janeiro.