“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Cinco crónicas de Fernando Sabino
(extraídas de su libro Gente)

domingo 12 de septiembre de 2021

Derrotero literario del pintor

Di Cavalcanti
Di Cavalcanti (1897-1976).

NO recuerdo cuándo lo conocí. Allí por alrededor de 1943, 44. Desde entonces nos convertimos en amigos en la distancia, a lo largo de los encuentros en Río, en São Paulo, en París o en Londres. Él acostumbraba aparecer en Alcázar, donde tomábamos vasos de cerveza casi todas las noches. Amigo de Rubem, Vinicius, Moacir Werneck. Carlos Lacerda. Como continuaba siendo de Villa-Lobos, Jayme Ovalle, Ribeiro Couto, Dante Milano —los de su generación. Era el único artista plástico que frecuentaba nuestro círculo de escritores.

Quien lo visite hoy en su apartamento de la Rua do Catete comprenderá luego por qué. Para comenzar son dos apartamentos unidos por el área de servicio, completamente diferentes el uno del otro, como si perteneciesen a dos moradores. Un refugio del pintor; el otro, el escritor.

Soy recibido en este último. Ya estuve aquí antes, mas no con la intención de escribir sobre él. Casi exactamente porque yo no sabría escribir sobre él, a no ser para rendir homenaje a una de las mayores figuras de la cultura brasileña.

Lo encontré ayer por la noche en Antonio’s, como sucede con frecuencia. La última vez me habló largamente de su plan de fundar una revista de literatura y arte. De esa vez fijamos nuestro encuentro para hoy y aquí estoy.

La empleada (a quien él llama Madame Breton), me pide que lo espere, está atendiendo a alguien allá en el apartamento del pintor. Al rato surge él riendo: “demoré porque era un sujeto que vino a pagar un cuadro y para pagar nadie tiene prisa”. Está más delgado, un poco diferente del tipo bajo y rollizo que nosotros acostumbramos conocer: sufrió una caída recientemente en París, se quebró un pie, todavía está andando apoyado en un bastón. Mientras lo esperaba, estuve mirando los estantes integrados armoniosamente al mobiliario y de extremo buen gusto, grave y austero como la casa de un escritor inglés.

 

O FRANCÉS: predomina sólidamente en los anaqueles la literatura francesa. Obras completas de Paul Léautaud, Bataille, Lacretelle, Montherlant. Su proustiana es de las más completas y actualizadas. Vi dos volúmenes de una biografía que él me dijo era la mejor ya escrita sobre Proust. Menciono la de Harold Painter, la más reciente, diciéndole que no hay nada igual —mirando de cerca verifico que es justamente ésta la que él tiene en traducción francesa.

Satisfechos por encontrarnos uno en el otro, un antiguo adepto de esta secta secreta en que la literatura se ha tornado, pasamos a conversar sobre escritores a los que nosotros acostumbramos rendir culto como santos de esta nuestra religión. Nombres saltan de la conversación como marcos y referencias geográficas de un mundo ya extinto: Roger Martin du Gard, Romain Rolland, Duhamel, Jules Romains, Henry Barbusse, Leon Daudet, Giraudoux, que eran los de su mayor admiración cuando él fue por primera vez a París, en 1923. Francis James, Jacques Rivière, Laforgue, Corbiére, Gerard de Nerval, los poetas amados. Para no hablar de Mallarmé, cuyo magnífico retrato, en un bello álbum de fotografías, él hizo asunto de mostrarme. Y Baudelaire, Rimbaud, Verlaine… Su convivencia con Jules Supervielle, Francis Carco, André Chamson, Blaise Cendras, Tristan Tzara. Una infinidad de nombres que voy recorriendo de memoria al acaso de la conversación, y que compendian el esplendor de la inteligencia europea entre las dos guerras: Leon Paul Fargue, Jean Paulhan, y naturalmente Valéry, Gide, Claudel. Jean Cocteau tendiéndose debajo del piano para oír mejor un concierto de Villa-Lobos. Aragon, un majadero; Paul Éluard, simpatiquísimo. Los católicos: Mauriac, Maurras, Julien Green, Daniel Rops, Maritain. Malraux, que anduvo en la cocaína después de su regreso de China. Jacques Prévert intentando el suicidio al tirarse de la ventana de un apartamento, para verificar después, al caer ileso en el suelo, que saltó de un primer piso y no de un séptimo como imaginara. La lectura de Joyce en la traducción de Valéry Larbaud; el encuentro con el propio novelista en la librería de Silvia Beach, presentado por un coronel brasileño llamado Montearroyos, que hacía las veces de agregado cultural en nuestra embajada. Y las locuras de Apollinaire, Antonin Artaud, Alfred Jarry. Después los tiempos de Sartre, Camus, Merlau Ponty… ¿De quién no nos acordamos? Su memoria es extraordinaria —sólo vaciló al recordar el nombre del tal coronel brasileño. Y su encuentro en la radio francesa, poco antes de la Segunda Guerra, con Giraudoux, Rafael Alberti, y un ciudadano llamado Alexis Léger que él sabía se trataba del autor de Anabase, Saint-Jean Perse —el poeta extraordinario que años más tarde conquistaría el Premio Nobel.

Esta tal vez sea, en la historia del arte brasileño, el único ejemplo de un gran pintor con formación cultural de un verdadero hombre de letras.

 

EN PORTUGAL pudiéramos encontrar lo mismo en un Almada Negreiros, recientemente fallecido, y que también fue amigo suyo. Un día lo llevó a conocer en un café un hombre extraño y taciturno que, decían, ya era o iría a ser uno de los mayores poetas de la lengua portuguesa, llamado Fernando Pessoa. Y henos hablando del grupo de Orfeo: Mário de Sá-Carneiro, Camilo Pessanha…

Es increíble cómo la literatura está presente en la vida de este hombre. Pudiera haberse convertido en un gran escritor, de lo que nos dan cuenta sus dos libros de memorias y la poesía que, aunque esporádica, nunca lo abandonó. Sólo no corrió el riesgo de seguir la carrera de las armas, que lo haría hoy un mariscal como Lott o un general como Canrobert o Ademar de Queirós, sus colegas en el Colegio Militar. Sucumbo a sumergirme en la biblioteca de su casa, donde prevalecía un ambiente intelectual alimentado con la presencia asidua de Bilac, Alberto de Oliveira y otros astros del firmamento parnasiano. Lo que no le impidió venir a conocer otro linaje de escritores, más plebeyos, como João do Rio o Lima Barreto. A éste ayudó un día a erguirse del suelo de una librería, cuando el novelista, completamente borracho, no conseguía sostenerse más sobre las piernas. De pie, todavía atontado, se limitó a decir al joven que lo amparaba:

—Lo que nos da el sentido real y profundo de la vida es la desgracia.

 

SU tendencia hacia la pintura acabó predominando. Ya gustaba de diseñar, y fue contratado por Álvaro Moreyra para ilustrar los trabajos literarios de la revista Para Todos. Una de las primeras ilustraciones fue para un cuento llamado “Gallina ciega”, del escritor minero João Alphonsus, más tarde celebrado como una de las páginas características del modernismo entonces en plena eclosión. Su participación en el movimiento modernista fue primordialmente literaria, a partir de la convivencia con Mário y Oswald de Andrade. Llevó de Río una carta de presentación para Alfredo Pujol, lo que haría a Guilherme de Almeida decir más tarde:

—Surgió aquí con una carta de Bilac y un terno de Nagib.

Un día, en París, estaba en un café de Montparnasse leyendo un ejemplar del Correio da Manha, del cual era corresponsal, cuando un sujeto de barba blanca en forma de pera, a su lado, preguntó si aquello era periódico de Lisboa. Informó que no, y a su vez le preguntó al hombre si era portugués. “Soy vasco”, respondió él con orgullo: nací en Salamanca. Pasó a encontrarlo con frecuencia en el café y conversaban sobre literatura española: Menéndez y Pelayo, Ortega y Gasset (escribe en un español muy impertinente, decía el hombre: escritor es Azorín, Pío Baroja…). Hasta que un día un español le preguntó lleno de admiración: ¿es amigo de don Miguel? Sólo entonces acabó sabiendo que se trataba del maestro Unamuno, que había acabado de publicar La agonía del cristianismo.

Hasta hoy la literatura continúa interesándole. (Está leyendo ávidamente las obras completas de Italo Svevo, que encontró en la cabecera de su cama). Al día con las últimas novedades en el mundo de los libros, hace asunto de presentarme un ejemplar de La Violence et le Sacré, de René Girard. Después me convida a pasar al otro apartamento.

Seguimos por una barandita entre las dos cocinas (de donde se avista el Corcovado, él hace asunto de mostrármelo) dejando atrás el refugio de Emiliano, este singular hombre de letras. Y penetramos en el estudio de Di Cavalcanti, esta gran figura que viene a ser uno de los grandes pintores de nuestro tiempo.

Wilfredo Carrizales
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