“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Cinco crónicas de Fernando Sabino
(extraídas de su libro Gente)

domingo 12 de septiembre de 2021

Evocación en el aniversario del poeta

Manuel Bandeira
Manuel Bandeira (1886-1968).

A LOS 18 años éramos genios incomprendidos, empapados de vasos de cerveza y literatura, sueltos por las calles de la entonces pacata Belo Horizonte:

—Perdí el tranvía eléctrico y la esperanza.

—Te vas en buena hora, rapaz muerto.

—¡Yo tomo alegría!

Conversábamos por citas, los versos eran nuestra germanía. Carlos Drummond, Mário de Andrade, Manuel Bandeira, a los pedazos, ilustrando todo lo que hacíamos o deshacíamos:

—Los suicidas tienen razón.

—Vamos a cazar cutia,1 hermano pequeño.

Y nosotros, los caballeros, comiendo…

Carlos ya era nuestro amigo. Mário ya era nuestro amigo. Manuel aún no: la envidia que Alphonsus de Guimaraens Filho nos provocaba, exhibiendo las cartas que recibía de él —era el único de nuestro círculo que ya mereciera el privilegio de conocerlo. Comentábamos gravemente aquella injusticia del destino: éramos sus contemporáneos en la historia y jamás lo vimos de cerca. Teníamos que ir a Río con urgencia, buscarlo en su Beco da Lapa,2 o dondequiera que se situase el paisaje cantado en sus versos de la ventana en lugar eminente del morro. Antes de que fuese tarde:

No falta el murmullo del agua, para sugerir, por la voz de los símbolos:
¡Que la vida pasa! ¡Que la vida pasa!
Y que la mocedad va a acabar.

 

UN DÍA me veo en Río, a los 20 años, entrando en un ómnibus camino a Copacabana. Cuando me senté, di una rápida mirada a mi vecino de banco e inmediatamente lo reconocí. Por esa época yo acostumbraba ir a São Paulo con la finalidad exclusiva de visitar a Mário de Andrade, interesado entonces conmigo en intensa correspondencia literaria. Ya no era pequeño mi deslumbramiento, por ver un hombre de su estatura intelectual e incluso física, a los 50 años de edad, dar importancia a un rapaz de veinte, discutiendo de literatura y tomando vasos de cerveza como si fuese “uno de los nuestros”. Y en nuestras conversaciones el nombre de este otro gran poeta, ahora allí a mi lado en el ómnibus, era siempre mencionado por Mário como la más envidiable de las intimidades: Manuel me contó, Manuel también halla, fue lo que yo dije el otro día a Manuel. La idea de tenerlo allí a mi alcance, y aún más, poder abordarlo, invocando como pretexto el amigo común, dejóme paralizado de emoción. Sus versos me venían a la memoria conjuntamente con pensamientos inconexos o simplemente idiotas: me voy en buena hora para Pasargada.3 Soy amigo del rey. Soy amigo de Mário, luego podría ser amigo de él también. Así yo quisiera mi último poema. Las tres mujeres del jabonete Araxá.4 Vean al ilustre pasajero, el bello tipo vistoso que el señor tiene a su lado.

Él no me veía: viajaba distraído, mirando el camino por detrás de los anteojos de lentes gruesos. Sus simpáticos dientes salientes, en aquella media sonrisa mansa —más de una expresión fisionómica, una manera de encarar la vida:

Lo que resta de mí en la vida
Es la amargura de lo que sufrí.

Sufrido, comprensivo, condescendiente: habría de entender la admiración del joven a su lado, aceptar y retribuir un impulso de simple y humana comunicación.

Me acuerdo de que yo tenía en las manos un libro cualquiera, probablemente las Cartas a un joven poeta, y más probablemente en castellano. A cierta altura, abrí ostensiblemente el libro, en la veleidad de atraer su atención, fantaseando con una situación en que él se admirase al ver a su lado a aquel tipo vistoso leyendo a Rilke. Lo que bastaría para que se invirtiesen los papeles y el abordado fuese yo.

Tuve que conformarme con verlo descender en Copacabana —por poco no bajé detrás. Cargué conmigo la frustración de no haber hecho el gesto que la admiración exigía y que mi juventud endosaba. De lo que hoy me arrepiento: perdí algunos años de una amistad que realmente podría haber nacido allí.

 

POCO antes de su muerte, a los 82 años, fui a visitarlo y me impresionó la lucidez de su pensamiento, la jovialidad de su conversación: no dejó de puntuarla, como siempre, de observaciones finas e inteligentes, a pesar de la sordez agravada con su estado de salud ya precario.

Algún tiempo antes habíamos hablado largamente sobre la muerte.

Morir tan completamente
Que un día al leer tu nombre en un papel
Pregunten: “¿Quién fue?”…
Morir más completamente aún,
—Sin dejar siquiera ese nombre.

Era una tarde clara y fresca, veníamos andando a locas por el centro de la ciudad. Él hizo un comentario cualquiera sobre el cambio en la apariencia de las calles —a veces llegaba a extrañar el aspecto de ciertas partes de Río tan diferentes de su tiempo. Hablamos entonces en esa extraña perspectiva que es la de términos de morir un día —un día para él cada vez más próximo, pues ya alcanzaba 80 años. Me acuerdo que él se detuvo y puso cariñosamente la mano en mi hombro, para decir sonriendo: en verdad yo ya morí, no paso de ser un fantasma; mis padres ya murieron, los parientes casi todos, los amigos —Rodrigo, Mário, Ovalle—, y yo estoy sobrando por aquí, hecho un espíritu errante, por estas calles de sueño…

Falta la muerte por llegar… Ella me espía
En este instante tal vez, mal sospechando
Que ya morí cuando lo que yo fui moría.

 

FUE EN 1944 que estuve con él por primera vez, en casa de Portinari. Conversamos sobre el poder encantatorio de las palabras, cuyo verdadero sentido tenía que ser redescubierto: le conté que para Hélio Pellegrino, por ejemplo, sinecura era un canto de sacristía y almorzar un templo árabe.

Una noche, en 1945, pude tenerlo por acaso a mi lado, en una mesa del Alcázar, en la avenida Atlántica. Era una reunión de amigos, festejando la presencia de Neruda entre nosotros, casi todos poetas: Vinicius, Schmidt, Paulo Mendes Campos, si no me engaño, el propio Drummond. Cuando Manuel Bandeira se aproxima, ya está establecida la confusión común en una mesa de bar, entre rondas de vasos de cerveza: unos beben, otros hablan, otros ríen, otros proclaman la República. Después de hacer el pedido al mozo, él se acomoda mejor junto a la mesa, esperando que la conversación lo envuelva también. Sus ojos erran por encima de las cabezas, y se pierden a lo lejos, en el mar. El mozo acaba de traer más vasos de cerveza y de dejar una taza de sorbete frente a él. Él se inclina sobre la mesa y da una probadita. Ya que nadie lo observa, se frota las manos y dice para sí, satisfecho como un niño: “Es de crema”.

El niño que no quiere morir,
Que no morirá sino conmigo.
El niño que todos los años en la víspera de la Natividad
Piensa todavía en poner sus chinelitas detrás de la puerta.

 

UN DÍA subo a Petrópolis5 para arrancarle sus confesiones literarias: piéce de resistence de una revista que Paulo y yo queríamos fundar. La revista no salió, mas a ella la literatura brasileña quedó debiendo el Itinerario de Pasargada,6 más tarde editado por João Condé. Ahora era una cena en la casa de Paulo, un encuentro en la casa de Rodrigo, de Rachel, de Rubem, o asimismo en la calle —cuando él casi siempre acababa poniendo una carota en mi coche hasta su destino, en una coincidencia de horarios y derroteros que hasta parecía a propósito. Ahora era una visita que yo le hacía, en su apartamento de la avenida Beira-Mar, como una tregua de poesía para la estéril agitación que me dispersaba por la ciudad. Un día el teléfono sonó:

—Atiende ahí por mí —pidió él.

Atendí. No hablaron nada y en breve desconectaron.

—¿Era voz de hombre? —preguntó.

—No hablaron nada.

—¿Era silencio de mujer?

Yo mismo le telefoneaba de vez en cuando, teniendo como pretexto nuestras más recientes relaciones de editor y editado —o sin pretexto alguno, por el simple gusto de sentirnos hermanos. Padre, poeta, áspero hermano —como en el verso de Vinicius: con los años, la diferencia de edad que al principio nos separaba parecía ir disminuyendo.

Al evocar su aniversario esta semana, percibo cómo fue constante su presencia en mi vida. Acabé asimismo realizando mi sueño de juventud: el de ser su amigo.

Felizmente él continuó siendo siempre aquella figura cuya grandeza deslumbraba al joven sentado a su lado en un ómnibus.

Wilfredo Carrizales
Últimas entradas de Wilfredo Carrizales (ver todo)

Notas

  1. Nombre vulgar de unos mamíferos roedores muy apreciados por los cazadores.
  2. Barrio bohemio de Río de Janeiro donde vivió Bandeira hasta su muerte.
  3. Ciudad imaginaria de Manuel Bandeira, donde se realizaban sus fantasías infantiles y humanas. Pasargada era una antigua ciudad de Persia. Allí aún se conservan las ruinas de la tumba del rey Ciro.
  4. Alusión al poema de Bandeira titulado “Las tres mujeres del jabonete Araxá” y que comienza con este verso: “Las tres mujeres del jabonete Araxá me invocan, me trastornan, me hipnotizan”.
  5. Ciudad ubicada en el estado de Río de Janeiro, a 68 kilómetros de la ciudad homónima.
  6. Itinerario de Pasargada (1954): libro que marca el heptagésimo cumpleaños del poeta y da un lúcido recuento de su biografía, en la cual él detalla cuidadosamente los eventos significativos de su larga carrera. Pero es aún más grandemente valorizado como un documento donde se traza la formación dual del poeta como hombre y como artista y la formación de su sensibilidad artística y la conciencia de su misión poética. También es inicio y destino de una poesía hecha con la materia del tiempo y del sueño.