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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Daniil Kharms o la escritura del mundo

miércoles 18 de enero de 2017

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Daniil KharmsUna mosca chocó la frente de un caballero que caminaba por allí; atravesó su lóbulo frontal y salió por la espalda. El hombre, cuyo nombre era Dernyatin, estaba sorprendido en extremo; le pareció que algo que silbaba atravesó su cerebro, y en la parte trasera de su cabeza se destacaba una delgada película de piel y comenzó a cosquillearle. Dernyatin se detuvo y pensó un momento. “Que significa tal cosa? Después de todo, está perfectamente claro que escuché un zumbido en mi cerebro. Nada me viene a la mente que me permita comprender qué pasa aquí. En cualquier caso, esta rara sensación me recuerda algún tipo de enfermedad mental. Continuaré mi camino, en vez de pensar en cualquier otra cosa”. Con estas palabras Dernyatin continuó, pero no interesa cómo, no podía dar la vuelta en aquel camino. En el sendero del cielo azul, Dernyatin tropezó y apenas logró seguir en pie. “Fue algo bueno que no me caí”, pensó Dernyatin, “o algo podría haber roto mis anteojos y no habría sido posible precisar la dirección del camino”. Dernyatin continuó su rumbo con ayuda de su bastón. Pero varios peligros acechaban. Comenzó a cantar para disipar sus pensamientos malos. La canción era alegre y resonante, hasta tal punto que se olvidó de sí, incluso de que estaba en el camino del cielo azul, donde en aquel momento del día los automóviles pasaban a velocidades desconcertantes. El camino era muy estrecho, por esto saltaba a un costado, lo cual era muy dificultoso. Se lo consideraba un camino muy peligroso. La gente más juiciosa siempre lo circulaba con cuidado, para no morir en el intento. Allí la muerte aguardaba al caminante a cada paso bajo la forma de un automóvil o de un bandido. O bien, bajo la forma de un vagón cargado de carbón bituminoso. Antes que pudiera soplarse la nariz, un enorme automóvil se cernía sobre él. Gritó “¡Me muero!” y saltó a un costado. El pastizal se abrió ante él y él cayó en una húmeda zanja. El automóvil rugía, levantando la sufrida bandera por sobre el techo. La gente en el automóvil estaba segura de que se trataba de Dernyatin, el difunto, así que se sacaron sus sombreros y continuaron con sus cabezas desnudas. “¿Alguien se dio cuenta de que nos llevamos por delante a ese que camina? ¿Estaba de frente o de espaldas?”, preguntó a los caballeros de mangas, o no, sino en el sombrero. “Mis mejillas y mis lóbulos de las orejas”, continuó el caballero, “estuvieron muy expuestos, por eso siempre uso mi sombrero”. Próximo al caballero iba una mujer con una gran boca. “Me preocupa”, dijo ella, “¿y qué si somos un poco culpables por la muerte de ese caminante?”. “¿Qué? ¿Qué?”, preguntó el caballero, tomando el sombrero. “El asesinato sólo es castigado en aquellos casos en que la víctima recuerda a un zapallo. Pero no nosotros, no nosotros. No se nos va a acusar por la muerte de un caminante”. El mismo hombre gritó: “¡Me muero!”. “No somos testigos de esta muerte repentina”. Madam Annette sonrió con su gran boca y dijo para sí: “Anton Antonovich, eres tan inteligente para salir de los problemas”. Mientras tanto, Dernyatin permanecía en la zanja, con sus brazos y piernas estiradas. Y el automóvil proseguía su camino. Dernyatin ya comprendía que no estaba muerto. La muerte con forma de automóvil le había pasado de largo. Se puso de pie, se limpió el traje con la manga, se escupió los dedos y continuó por el camino al cielo azul buscando recuperar el tiempo perdido.

*

La familia Rundadar vivía en una gran casa junto a un calmo río Svirechka. El padre de los Rundadars, Platon Ilych, amaba el conocimiento de innumerables temas: Matemáticas, Filosofía Tripartita, La Geografía del Edén, los libros de Vintviveq, las enseñanzas de estremecimientos mortales y de la celestial hierarquía de Dionisios Areopagita, eran las ciencias que Platon Ilych más amaba. Las puertas de la casa de los Rundadar permanecían abiertas a los desconocidos que visitaban los santos lugares de nuestro planeta. En este hogar, historias de montañas voladoras, atraía la atención de los granujas del asentamiento de Nikitinsky, se juntaban con gran atención. Platon Ilych mantenía largas listas con detalles de los ascensos de montañas grandes y pequeñas. Era excepcional entre otras los ascensos de la montaña de Kapustinsky. Como bien se sabe, esta montaña emprendió vuelo a la noche, alrededor de las 5, arrancando un cedro. Desde el punto de su despegue, la montaña ascendió no en zigzag sino en línea recta, produciendo pequeñas vibraciones sólo cuando había ganado una altura de 15 o 16 kilómetros. Y el viento, soplando contra la montaña, a través de ésta, sin desviarlo de su curso, como si la montaña de pedernal perdiera sus propiedades de impermeabilidad. A través de ella, por ejemplo, voló una gaviota por una nube. Esto fue confirmado por pocos testigos. Contradijo las leyes de las montañas voladoras, pero aquel hecho recordó otro hecho, y Platon Ilyich lo incluyó en el registro de detalles de la montaña Kaputinsky. Todos los días en lo de los Rundadar se reunían invitados muy respetados: el Profesor de vías de trenes Michael Ivanovich Dundukov, el Padre Superior Mirinos II, y el Logielogista Stefan Dernyatin. Los invitados se reunían en el living de abajo, se sentaban a la mesa en donde había una palangana llena de agua. Los invitados mientras conversaban escupían en ella —tal era la costumbre en los Rundadar. El mismo Platon Ilyich se sentaba con un látigo. De tanto en tanto lo humedecía en el agua y azotaba la silla vacía. Esto se llamaba “haciendo ruido con un instrumento”. A las nueve en punto su esposa, Anna Malyaevna, aparecía en escena y llevaba a los huéspedes hasta la mesa. Ellos comían platos líquidos y sólidos, y se arrastraban hasta Anna y le besaban la mano y se sentaban para tomar el té. A esto, Mirinos II narraba incidentes ocurridos 14 años atrás. Era que él estaba un día sentado en los peldaños de su porche alimentando a sus patos. De repente una mosca salió volando de la casa dando círculos y chocó en su frente y salió por su espalda y volvió a meterse en la casa. El Padre Superior se quedó allí sentado con una sonrisa de placer porque por fin había visto un milagro con sus propios ojos. El resto de los invitados, habiendo escuchado a Mirinos II, se golpeaban con sus cucharas de té en la boca y en la nuez de Adán como señal de que la fiesta había terminado. Al minuto la discusión se tornaba frívola. Anna Malyaevna abandonaba el cuarto, mientras que Dernyatin comentaba sobre el tema de “Las mujeres y las flores”. A veces ocurría que ciertos invitados permanecían allí durante toda la noche. Empujaban el armario y, sobre él, juntos preparaban la cama para Mirinos II. El Profesor Dundukov dormía en el comedor, sobre el piano, y Dernyatin se metía en la cama con Masha, la mucama de Dernyatin. Pero en la mayoría de los casos los invitados volvían a sus respectivas casas. El mismo Platon Ilyich ponía llave a la puerta ni bien se iban y volvía a Anna Malyaevna. Los pescadores de Nikitinsky cantaban río abajo por el Svirechka. Y la familia Rundadar caía en el sueño con las canciones de los Pescadores.

*

Dernyatin salió de la zanja y caminó el sendero del cielo azul buscando recuperar el tiempo perdido. Allí había cada vez menos peligro de morir, en el sentido de que allí el tráfico era menor. Quería visitar a un tal Rundadar. Ya todos estaban reunidos en el living de Rundadar. Un barquito de papel flotaba en una palangana llena de agua. En la cabeza de Mirinos II había una gorra azul. El Profesor Dundukov estaba sentado con sus mangas arremangadas. Platon Ilyich azotaba un pañuelo como un látigo. Dernyatin estaba sentado en la mesa, escupiendo en la palangana…

*

“Hoy te reportaré en mi colección de material sobre las estructuras tridimensionales del mundo y de todas las cosas”, dijo Platon Ilyich. De los huéspedes de Rundadar sólo el Loogielogista Dernyatin faltaba. Pero Mikhail Ivanovich Dundukov estaba sentado con sus cachetes inflados.

“Lo sé”, respondió el Padre Superior Mirinos II. “Todas las cosas recuerdan a la casa de tres pisos, y el mundo tiene tres peldaños en el refugio de Dios”.

“Continúa, dime, ¿dónde hay tres divisiones en una silla? ¿En una mesa? ¿O en esta palangana?”.

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Capítulo 2

Platon Ilyich Rundadar quedó estático en el pasillo de este comedor. Cerró sus codos en el quicial, metió sus piernas en la puerta de madera, alzó sus ojos y permaneció así.

*

Dernyatin, conocido Loogielogista, decidió erigir una verdadera pirámide en el centro de Petersburgo. En primer lugar, para sentarse es mejor que hacerlo en un techo, y en segundo lugar, en la pirámide se puede construir un dormitorio para dormir allí.

(1929-1930)

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