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“Cómo se cristianizó el pueblo”, de Ioannis Kondylakis

miércoles 25 de enero de 2017

Cómo se cristianizó el pueblo

Contenidos

Relato de Ioannis Kondylakis (1884)

Ioannis Kondylakis
Busto de Ioannis Kondylakis en Ano Viannos, Creta.

Muchas veces había escuchado de su padre la historia de cómo lo había malvendido todo en Modi y se había trasladado al pueblo montañés de Akarano. La culpa había sido de un turco —con licencia— y de un cerdo —con perdón—, según explicaba para dejar manifiesto su odio hacia ese turco en concreto y hacia los turcos en general. Entonces Modi todavía era un pueblo de turcos. Había unos pocos cristianos, pero era gente humilde de las llanuras, tritárides, es decir, jornaleros de las haciendas turcas que cobraban un porcentaje de la cosecha. El único que conservaba un poco de dignidad humana y orgullo, porque tenía suficiente tierra como para no trabajar para los agás1 era su padre, Mijalis Alefusos. Pero precisamente porque tenía independencia moral y no doblaba el espinazo fácilmente, no lo tragaba el agá Kerim, el turco más rico y poderoso de Modi; un hombre fanático y tiránico, que quería que los cristianos tomaran conciencia de que sobrevivían únicamente a causa de la tolerancia de los turcos. Por ello, cuando pasaba Alefusos y lo saludaba con un simple “buenas tardes, agá Kerim”, torcía la cabeza y, con mirada amenazante, lo observaba alejarse. Un buen día le dijo a un ayudante turco:

—Por Alá que ese tal Alefusos es un rebelde; me ha mirado a los ojos, no es ningún rayá.2

Cuando el dominio egipcio trajo algo de alivio a la situación de los cristianos en Creta, Alefusos, envalentonado, cometió una gran osadía. Compró un cerdo y se puso a alimentarlo para la Navidad. ¡Un cerdo en Modi! ¡Un cerdo en el pueblo del agá Kerim, y además al lado de su casa! ¡Puf! ¡Será anasını siktiğim3 el muy infiel!

Comprendió Alefusos que, si seguía con su cabezonería de comprar cerdos, lo único que haría sería ayudar al turco-albanés a practicar su puntería.  

Los primeros gruñidos del cerdo extendieron el pavor por el pueblo, y a muchos turcos se les erizó el vello. Se reunió el consejo de agás en casa del agá Kerim y decidieron que se expulsara del pueblo al insumiso de Alefusos o se lo asesinara. Pero antes de nada que se matara al cerdo. Eso era innegociable. Al día siguiente, mientras el agá Kerim fumaba su pipa en el patio, vio aparecer un sucio hocico a través de la puerta del patio. ¡Puf! ¡Dinini sikeyim!4

—¡Un día de estos, por Alá, que viene a la mezquita a darnos los buenos días! —dijo otro agá—. Este se escapa por donde pilla abierto. ¡Zape! ¡Zape!

—Lo tendré que matar yo al marrano, agás —dijo el bölükbaşı turco-albanés, una especie de dignatario, que detentaba en el pueblo plenos poderes. Con ello no hacía más que respaldar las decisiones ya tomadas.

Una vez llegado a la casa de Alefusos sacó la pistola y mató al cerdito.             

—¿Por qué no encerráis, cojones, al bicho este, puf, Allah belasını versin,5 en vez de dejarle dar vueltas alrededor de nosotros?— le dijo a la mujer de Alefusos, que al escuchar el disparo se asomó intranquila por la puerta.

Alefusos era terco y al cabo de una semana se trajo otro cerdo, aún más grande, de Plataniá.

—Pero hombre, por Dios, ¿es que quieres que te maten, Mijalis? —le dijeron los cristianos del pueblo—. No les toques las narices, que se te acaban llevando por delante.

—No me van a matar —respondió Alefusos sin inmutarse—. Los jenízaros ya se han ido.

Pero si bien los jenízaros se habían ido, sus modos no quedaban tan lejos como pensaba. El bölükbaşı mató también al otro cerdo, alegando ahora que le había volcado el narguilé. Entonces comprendió Alefusos que, si seguía con su cabezonería de comprar cerdos, lo único que haría sería ayudar al turco-albanés a practicar su puntería.

El agá Kerim, que tenía hirviendo las entrañas, acabó explotando un día que se encontró a Alefusos por la calle:

—¡Tú, qué son esas impiedades que vas haciendo! ¿De cerdos, infiel, nos vas a llenar el pueblo?

—No son impiedades, agá Kerim —respondió Alefusos con tono respetuoso pero firme—. Nuestra fe nos dice que comamos cerdo, con licencia…

—¡Vuestra fe! ¡Que le… a vuestra fe!

Y al mismo tiempo levantó la pipa y la dirigió hacia Alefusos. Pero éste, esquivando el golpe, agarró al agá del brazo.

—¡A mí me levantas el brazo, perro infiel! —gritó el agá Kerim y empezó a golpearle con furia. Otros turcos acudieron y Alefusos a malas penas consiguió llegar a su casa, casi sin sentido y ensangrentado. Al cabo de un mes, una noche que volvía de alimentar a sus bueyes, un desconocido le disparó y, herido en el hombro, corrió un gran riesgo y estuvo postrado no poco tiempo. Dándose así cuenta de que los turcos habían decidido quitarlo de en medio, no tuvo más remedio que malvender y refugiarse en el pueblo montañés de Akarano.

Su hijo, Stamatis, había escuchado muchas veces de su padre esta historia y desde pequeño había llenado su alma de odio contra los turcos y, especialmente, contra los de Modi, y soñaba con hacer justicia. Kerim ya había muerto, y el viejo Alefusos había muerto también; que estén en gloria en el otro mundo, allí donde por descontado se habían llevado sus odios. Pero igual que Alefusos había dejado un hijo, también había dejado Kerim al agá Arif. Estos dos ajustarían las cuentas familiares. Arif era totalmente diferente a su padre. Un hombre afable, amigo del vino y de las diversiones, que se llevaba bien con cristianos y turcos, y repartía su tiempo entre Modi, donde tenía esposa e hijos, y La Canea, donde tenía amantes y compañeros de correrías. Su única labor era divertirse y pedir prestado o vender, cuando las rentas no se ajustaban a sus necesidades.

Stamatis había heredado de su padre las ganas de trabajar y un intenso rencor hacia los turcos de Modi. Tenía más o menos la misma edad que Arif; era un joven de treinta y cinco años, de constitución hercúlea, con una barba rubia y densa, y ojos llenos de vivacidad y malicia.

Un día, de pronto, se enteraron los de Modi de que Stamatis Alefusos había comprado sus posesiones familiares y a los pocos días se instaló en su casa paterna, al lado mismo de la de Arif. Una de sus primeras preocupaciones fue traerse de Akarano una cerda con seis o siete cochinillos, tan ruidosos e inquietos que parecía que había llenado de cerdos todo el pueblo. Y de hecho lo había llenado, porque los cristianos de Modi que no tenían cerdos no tardaron en comprarlos, y los que los tenían atados los dejaron sueltos para que se pasearan por el pueblo y por los campos de los alrededores, que visitaran ocasionalmente el café turco, que entraran en los patios turcos —para gran indignación y pavor de las señoras— y que irrumpieran en los huertos de los agás.

Ahora ya no había bölükbaşı y la época de los jenízaros se había alejado tanto que corría riesgo de olvidarse. Modi, de pueblo de turcos había pasado a ser pueblo de cristianos, porque en la última revolución muchos turcos habían muerto o se habían trasladado a La Canea; a los turcos pues los sustituyeron cristianos de los pueblos montañeses que, siguiendo el ejemplo de Stamatis, habían comprado las posesiones turcas en venta. Al ver que la población cristiana del pueblo aumentaba y la turca se reducía, Stamatis estaba exultante. Y un día le dijo a Arif con una sonrisa burlona:

—¡Ay, agá Arif, si viviera el bueno de tu padre para ver en qué se ha convertido el pueblo!

Arif puso mala cara.

—¿En qué se ha convertido? —preguntó con voz sorda.

—¿Qué en qué? Pues cristiano, hombre. ¡Mira, mira!

Conservaba la idea de que, por mucha indiferencia que le mostrara Arif, por dentro estaría colérico. ¡No era poca cosa que hubiera degollado dos cerdos en la puerta de su casa!  

Y con un gesto triunfal le mostró un hatajo de cochinillos, que iban a la zaga de su madre. Sin embargo, Arif se limitó a mirar a los cerdos sin escupir ni blasfemar, como su padre.

—Si viviera tu padre —continuó Stamatis—, entraría en cólera.                                           

Pero al ver que Arif, en lugar de enfadarse, parecía apenado por sus burlas, a Stamatis se le pasó la terquedad. Y abandonó una venganza que llevaba mucho tiempo preparando: enviarle el día de Bairam,6 como agasajo al hijo del agá Kerim, el mejor de sus cochinillos.

Pero nunca se alegró tanto el alma de Stamatis como durante el día de Nochebuena, cuando por todo Modi resonaban los gritos de los cerdos degollados. Para intensificar su regocijo repetía sonriendo de oreja a oreja, según se dice:

—Justo hoy me he dado cuenta de que Modi se ha cristianizado.

Con todo, conservaba la idea de que, por mucha indiferencia que le mostrara Arif, por dentro estaría colérico. ¡No era poca cosa que hubiera degollado dos cerdos en la puerta de su casa! Pero a los pocos días Arif, volviendo de La Canea, se detuvo a caballo ante la puerta de Stamatis.

—Buenas noches, vecino —dijo a Stamatis, que acababa de aparecer—. Saca vino para convidarme… Esta noche estoy de buen humor.

Stamatis se movió para ir a buscar el vino, pero Arif lo paró.

—Y algo bueno de picar.

Luego descabalgó y dijo en voz baja:

—Un poco… de longaniza.


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Notas

  1. agá: título honorífico otomano similar al nobiliario; originalmente, oficial del ejército.
  2. rayá: nombre que se daba en el imperio otomano a los súbditos turcos no musulmanes.
  3. anasını siktiğim: hijo de puta (voz turca).
  4. dinini sikeyim: maldita sea tu fe (voz turca).
  5. Allah belasını versin: Dios lo condene (voz turca).
  6. Bairam: nombre dado por los turcos a dos grandes fiestas musulmanas que siguen al Ramadán.