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El Té del Olvido, Mengpo cha, por Yang Jiang

• Sábado 21 de diciembre de 2019
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Yang Jiang
Yang Jiang, quien tradujo Don Quijote de la Mancha y El lazarillo de Tormes al mandarín, tuvo una larga vida: murió en 2016 a los 105 años.

El Té del Olvido, Mengpo cha, era el año 1983.

Yang Jiang (1911-2016), autora de este relato, formó parte de aquella generación de intelectuales chinos que se unieron al Movimiento del 4 de mayo de 1919; estudiará en la Universidad Qinghua en Beijing, transcurrirá varios años en Inglaterra y regresará a Shanghai a finales de 1938. Escribirá cuentos y comedias.

En 1992 la Editorial de la Academia de Ciencias Sociales de China publicará Jiang yin cha, colección de memorias de Yang Jiang. En 1986 será condecorada con la Medalla Alfonso X El Sabio por su contribución a la difusión de la cultura y la literatura española en China. La autora tradujo Don Quijote de la Mancha y El lazarillo de Tormes al mandarín.

Su estudio en Beijing era silencioso y detenido; fuera de aquel espacio inicia la Revolución Cultural.

Ha tomado el tren y las palabras de los inspectores se escuchan en lontananza, las estaciones pasan vertiginosamente entre la oscura niebla. Plantará un huerto, limpiará letrinas.

El sol no sabrá si levantarse o esconderse.

Leámos: “Después de más de diez años de reformas, más dos años en la Escuela de Cuadros, no sólo no había alcanzado aquella actitud recta que se esperaba, sino que en cierta forma me mostraba más egoísta que antes. Yo siempre había sido así”.

我還是依然故

Mengpo cha, estaciones que pasan, adelante, atrás.

 


 

El té del olvido (Mengpo cha)

Fantasía a modo de prólogo

Subía a un tren descubierto, realmente no era un tren ya que no se movía sobre la tierra, se parecía a una barcaza mas no navegaba sobre el agua, era como un aeroplano y en lugar de la cabina había una serie de vagones: era más bien como una cinta transportadora automática, larguísima, con dos pasamanos a cada lado, repleta de pasajeros se desplazaba velozmente en un mar de nubes. Mientras esperaba mi turno en la fila para subir al ferrocarril, me habían entregado un boleto numerado, mas el número había sido cancelado y escrito muchas veces, por ello no se podía leer bien. Esforzándome por descifrarlo comencé a buscar mi asiento: una zona estaba reservada a los profesores, todos los asientos estaban ocupados; otra a los escritores, también allí ni un lugar vacío. Finalmente llegué a la zona de los traductores, subdividida en diferentes lenguas: en los carteles se leía “Inglés”, “Francés”, “Alemán”, “Japonés”, “Español”, y sin embargo en ese lugar la búsqueda fue vana. No había lugar para mí. A lo largo del tren caminaban varios inspectores con uniformes grises: uno me preguntó si no tenía que ir en la “cola”, en los vagones sin reserva. Aquello que tenía en mis manos, indudablemente era un boleto para un asiento reservado. El hombre quiso verificarlo en su registro y he aquí que un colega dijo que no valía la pena: estábamos por llegar, fue así que me hicieron sentar en un estrapontín.

Mientras buscaba mi asiento logré ver a varios conocidos y, dado que estaba ocupada controlando mi número y tratando de mantenerme en equilibrio, a pesar de las sacudidas del tren, no tuve tiempo para poder hablarles. Cuando me senté, temerosa de molestar, no me atreví a levantarme para ir en busca de los amigos. Al mirar hacia adelante no se veía sino una oscura niebla, a mis espaldas se intuía entre las nubes una semiesfera roja, como si el sol estuviera naciendo por el oriente o poniéndose por occidente: de hecho ni se levantaba ni se ponía: se alzaba inmóvil, con un halo rojo. Los inspectores, apoyados en las barandas, gritaban en sus altavoces: ¡Miren adelante! ¡Miren hacia adelante!

En voz baja me atreví a preguntar a uno de los hombres con el uniforme gris donde estábamos. Riendo me respondió:

—¡Abuelita, despierta! Este es el camino hacia Occidente —indicando hacia atrás agregó:—. Allá se encuentra el mundo de los mortales. Nosotros vamos hacia Occidente.

Enmudeció para volver a gritar:

—¡Miren adelante!, ¡Miren hacia adelante!

Muchos pasajeros continuaban volviendo sus miradas hacia atrás, enjugándose las lágrimas.

Volví a preguntar:

—¿Pero hacia dónde nos dirigimos?

Ignorándome gritó en el altavoz:

—¡Invitamos a los pasajeros a prepararse! La próxima estación es la tienda de la Comadre Meng. Estamos por llegar: ¡prepárense para bajar!

Entre los pasajeros había inquietud.

—Bien, ¡vamos a tomar una taza de té donde la Comadre Meng!

—¡Mejor no beber el té de la Comadre Meng! Basta una taza y todo se olvida, todo se cancela inmediatamente.

—¡Mucho mejor! Una taza de té y ¡todo termina!

—¡Yo no lo voy a beber! ¡Sería un despilfarro! Una taza de té y la experiencia de una vida se disipa: entonces ¿qué sentido tiene vivir?

—No me dirás que aún permaneces encadenado a tu preciosa existencia, ¿acaso estarías dispuesto a volver a vivir?

—¡Yo, de todas formas, no voy a beber!

—No depende de ti.

Los inspectores parecían acostumbrados a este tipo de discursos. Uno pacientemente tomó el altavoz para presentar brevemente la tienda.

—“La Tienda de la Comadre Meng” es un viejo nombre: ahora le han puesto uno nuevo, “Salón de Té de la Señora Meng”. La Señora Meng es sumamente democrática: no obliga a nadie a tomar su té. El Salón de Té es un gran edificio moderno: en la planta baja se sirve un té natural, que podría ser un poco amargo. Quien no ama el té natural, puede ir al piso de arriba donde se sirven muchas variedades de té: té negro con leche, té negro con limón, té verde de menta, té de rosas y tantos otros; todo acompañado con pasteles dulces y salados, cuantos quieran. Aquellos que tengan algo que reclamar, que tengan problemas, pedidos o sugerencias en lo que respecta a la vida que han tenido, al llegar al piso de arriba pueden dirigirse a las oficinas correspondientes para que se tome nota. Hay habitaciones con televisores. Basta apretar un botón para ver toda su propia vida: no tienen de que preocuparse, estas habitaciones apartadas no están abiertas al público.

La última frase suscitó gran hilaridad.

—Durante toda mi vida no he hecho nada de lo que pueda avergonzarme, ¡ni nada que no pueda mostrarse ante el público! —sentenció alguien con orgullo.

—¡Busca al público! ¡Habrá que ver si aparte de ti, hay otro interesado en ver el espectáculo! —respondió fríamente otro.

A través del altavoz continuaban las explicaciones:

—El Salón de Té no es lugar de entretenimiento. La televisión sirve para invitar a beber el té. No hay nadie que mire el espectáculo hasta el final: comienzas a sentir mucha sed y no deseas sino beber té.

Con voz queda pregunté al inspector que se encontraba cerca de mí:

—¿Por qué?

Me respondió riendo:

—Prueba y verás.

Dije que prefería el té natural: no quería ir al piso de arriba.

Asombrado replicó:

—Pero todos van al piso de arriba, simplemente por la algarabía que hay allí vale la pena.

—Visto el espectáculo, ¿se puede bajar a tomar el té?

—No hay necesidad de hacerlo. En el piso de arriba se sirven varios tipos de té, también el natural. Si subes no bajas, se va hacia arriba, no hacia abajo.

Pregunté apresurada:

—¿Después de llegar al piso de arriba hacia dónde vamos? Y los que no suben, ¿hacia dónde van?

Frunció el ceño y dijo:

—Yo acompaño el tren hasta este lugar: no conozco la próxima parada. Si no deseas ir al piso de arriba, apresúrate y prepárate. Paramos solamente un momento en la planta baja: si no te apresuras, te encontrarás en el piso de arriba.

—¿Qué tengo que preparar?

—Debes viajar ligera: no puedes pasar nada de contrabando.

Miré a mi alrededor y pregunté:

—¿Acaso alguien tiene equipaje?

—Es obvio que no se puede transportar equipaje —respondió—. Tampoco se puede llevar nada consigo, ni siquiera si lo tienes escondido en tu corazón. Los que van al piso de arriba, una vez hayan expresado sus opiniones, reclamos, exigencias, terminan por liberarse hasta de aquello que no han vaciado. Pero tú no tienes intenciones de ir arriba.

Sonriendo dije:

—Pero si bebiera una taza de té natural, ¿no desaparecería todo?

Me respondió:

—Este té no causa desapariciones, solamente suscita olvido. Los que van al piso de arriba no tienen necesidad de volver a ser controlados. Los que se quedan en la planta baja, después de haber bebido el té, se van de la estación. Los van a parar si llevan algo de contrabando.

Acababa de terminar de hablar cuando el ferrocarril paró en la tienda de la Comadre Meng. La planta baja desolada y oscura, arriba todo estaba iluminado, una gran algarabía. El tren estaba a punto de partir. Me apresuré a pasar sobre la barandilla y saltar. Sentí la cabeza pesada, las piernas ligeras, mi cabeza apoyada sobre la almohada. Abrí los ojos y me encontraba acostada en mi cama, mientras en mis oídos retumbaba la frase: “Los van a parar si llevan algo de contrabando”.

De acuerdo, es hora de comenzar el inventario de todas las cosas que aún llevo conmigo.

Octubre de 1983
Rosario Blanco Facal

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