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Li Hung ChangArnold Bennett
El asesinato del mandarín

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“¿Qué estás diciendo acerca de un asesinato?”, preguntó la señora Cheswardine mientras entraba a la larga sala, trayendo la bandeja con la cena.

“Colócala aquí”, dijo su esposo, refiriéndose a la bandeja, y señalando a una pequeña mesa que tenía dos patas asentadas fuera de la alfombrilla de la chimenea y dos patas dentro.

“Ese delantal se ajusta a ti inmensamente”, murmuró Woodruff, el amigo de la familia, mientras él estiraba sus largas piernas dentro del guardafuegos hacia el hogar, más lejos aun que las largas piernas de Cheswardine. Cada hombre ocupaba una butaca a cada lado de la chimenea; cada uno era alto y cada uno rondaba los cuarenta.

La señora Cheswardine, con un movimiento rápido, infinitamente gracioso, colocó la bandeja sobre la mesa, tomó asiento detrás en una silla que parecía una titubeante butaca del sobrino-nieto y nerviosamente se alisó el delantal.

En realidad, el delantal se ajustaba a ella inmensamente. Es asombroso, delicioso, adorable, el efecto de un fino y pequeño delantal doméstico repentinamente colocado sobre un elaborado y costoso vestido de mujer, especialmente cuando tú puedes escuchar el crujido de una falda de seda debajo, y más especialmente cuando el delantal es alisado por dedos enjoyados. Cada hombre sabe esto. Cada mujer sabe esto. La señora Cheswardine lo sabía. En tales asuntos, la señora Cheswardine sabía exactamente lo que a ella le concernía. Ella disfrutó, cuando su esposo trajo a Woodruff tarde una noche, como él frecuentemente hacía después de dar una vuelta por el club, para preparar con sus propias manos —los sirvientes estaban en la cama— unos pequeños bocadillos como cena para ellos. Emparedados de tomates, por ejemplo, milagrosamente delgados, junto con champán o cerveza. Los hombres preferían cerveza, naturalmente, pero si la señora Cheswardine tenía un capricho por un sorbo de champán del vaso de su esposo, la cerveza no venía.

Esta noche era de champán.

Woodruff la abrió, como siempre hacía, e involuntariamente derramó una libación sobre la chimenea, como casi siempre él hacía. Bonachones, desgarbados, los hombres pacientes en el sufrimiento rara vez alcanzan el arte de abrir el champán.

La señora Cheswardine golpeó impacientemente, con los pies calzados con zapatillas rosadas.

“Eres toda nervios esta noche”, se burló Woodruff, “y me has puesto nervioso”. Y al fin él vertió algo de champán dentro de un vaso.

“No, yo no lo estoy”, la señora Cheswardine le contradijo.

“Sí, lo estás, Vera”, insistió Woodruff calmadamente.

Ella sonrió. El uso de aquel elegante nombre cristiano, con su decaída sugestión de archiduquesa rusa, tuvo un extraño efecto sobre ella, particularmente por provenir de los labios de Woodruff. Ella estaba orgullosa de su nombre y de su apellido también —uno de los más viejos apellidos en los Cinco Poblados. Las sílabas de “Vera” invariablemente la consolaban, como un encanto. Woodruff, y Cheswardine también, la habían llamado Vera durante toda su vida; y ella tenía treinta años. Ellos tres habían vivido en diferentes casas al final de Trafalgar Road, en Bursley. Woodruff se enamoró de ella primero, cuando ella tenía dieciocho años, pero sin ningún resultado práctico. Él era un hombre de pelo castaño, guapo a pesar de ser desmañado, pero él falló al percibir que la veneración estaba lejos de ser la mejor vía para capturar a una joven mujer con grandes ojos y una disposición emocional. Cheswardine, quien tenía una barba negra, simplemente vino y se casó con la pequeña. Ella revoloteó sobre sus hombros como una paloma. Ella le adoraba, le temía, le arrullaba, se preocupaba por él y sabía que había honduras de su mente que ella nunca sondearía. Woodruff, tras ser el mejor hombre, continuó amándola, humilde y aun filosóficamente, y encontró su principal gozo justamente en estas cenas. El arreglo se ajustó a Vera; y en cuanto a su esposo y al admirador sin esperanza, ellos siempre habían sido excelentes amigos.

“Yo te pregunté qué estabas diciendo acerca de un asesinato”, dijo Vera, vivamente, “pero parece...”.

“¡Oh! ¿Lo hiciste?”, Woodruff se disculpó. “Yo estaba diciendo que un asesinato no es una tal cosa imposible como lo parece. Cualquiera puede cometer un asesinato”.

“¿Entonces tú deseas defender a Harrisford? ¿Escuchaste lo que dijo, Stephen?”.

Los notorios y terribles asesinatos de Harrisford estaban agitando a los Cinco Poblados aquel noviembre. La gente leía, hablaba, y soñaba asesinatos; por varias semanas ellos tomaron asesinatos con todas sus comidas.

“Él no desea defender a Harrisford en todo caso”, dijo Cheswardine, con un superior aire masculino, “y por supuesto cualquiera puede cometer un asesinato. Yo puedo”.

“¡Stephen! ¡Qué horrible eres tú!”.

“¡Tú puedes también!”, dijo Woodruff, mirando fijamente a Vera.

“¡Charlie! La sangre sola...”.

“No siempre hay sangre”, dijo el fatídico marido.

“Escuchen aquí”, prosiguió Woodruff, quien leía variadas y divertidas especulaciones filosóficas. “Suponiendo que tomamos cabalmente un pensamiento, cabalmente lo deseamos, un inglés pudo matar a un mandarín en China y hacerse rico de por vida, ¡sin que nadie sepa nada acerca de ello! ¿Cuántos mandarines supones tú que habría en China al final de una semana?”.

“Al final de veinticuatro horas, más bien”, dijo Cheswardine ásperamente.

“Ninguno”, dijo Woodruff.

“Pero, eso es absurdo”, objetó Vera, alterada. Cuando estos dos hombres comenzaban sus discusiones filosóficas siempre lograban alterarla. Ella odiaba ver la vida con una luz extraña. Ella odiaba pensar.

“No es absurdo”, replicó Woodruff. “Simplemente muestra que lo que previene en grande los asesinatos no es la maldad de ellos, sino el temor de ser descubierto, y la confusión general, y la visión del cuerpo y así sucesivamente”.

Vera se estremeció.

“Yo no estoy seguro”, prosiguió Woodruff, “que un asesinato es mucho más malo que muchos otros asuntos”.

“La usura, por ejemplo”, apuntó Cheswardine.

“O la bigamia”, dijo Woodruff.

“Pero un inglés no puede matar a un mandarín en China exactamente al desearlo”, dijo Vera, mirándolo.

“¿Cómo lo sabemos nosotros?”, dijo Woodruff, con su paciente voz. “¿Cómo lo sabemos nosotros? Tú recuerdas que yo te estaba hablando la pasada semana acerca de transmisión de pensamiento. Era en el Espacio Indefinido”.

Vera sintió como si no había más terreno sólido para mantenerse en pie, y la enfadó por estar sumergida en un pantano.

“Yo pienso que es simplemente tonto”, remarcó ella. “No, gracias”.

Ella dijo “No, gracias” a su esposo, cuando él le ofreció su vaso.

Él movió el vaso hasta acercarlo a los labios de ella.

“Yo dije ‘No, gracias’ ”, repitió ella secamente.

“Sólo un sorbo”, urgió él.

“Yo no tengo sed”.

“Entonces será mejor que te vayas a la cama”, dijo él.

Él tenía un hábito de enviarla a la cama abruptamente. A ella no le disgustaba. Pero ella tenía varias maneras de ir. Esta noche era la manera de una archiduquesa.

 

2

Woodruff, al mencionar que Vera era toda nervios esa noche, estaba completamente en lo cierto. Ella lo estaba. Y ni su esposo ni Woodruff sabían la razón.

La razón tenía que ver más íntimamente con vestidos de mujer.

Vera estaba casada desde hacía diez años. Pero nadie lo habría adivinado al mirar su juvenil figura y sus maneras semejantes a los pájaros. Tú ves, ella era la única niña en la casa. Ella con frecuencia se lamentaba amargamente de la ausencia de hijos, por el nombre y el honor de Cheswardine. Ella envidiaba de las otras esposas a sus niños. Ella amaba en exceso a los infantes. Ella decía continuamente que en su reflexionada opinión, la idónea misión de las mujeres eran los niños. Ella era el tipo de mujer que consideraba a una catedral como un lugar construido especialmente para sentarse y soñar plácidos sueños domésticos; el tipo de mujer que adoraba la música simplemente porque le hacía soñar. Y las distracciones de Vera, las cuales eran frecuentes, consistían mayormente en infantes. Pero como los infantes se entretenían ellos mismos bajo las chimeneas de todas las otras casas en Bursley y evitaban su casa, ella buscaba confort en los vestidos de mujer. Ella hacía lo mejor de ella misma. Y era la mejor prenda. Su figura estaba tan cerca de lo perfecto como una mujer podía ser, y entonces había aquellos finos ojos sensibles y aquel revoloteo de la paloma y un siempre cambiante encanto de gestos. Vera había llegado a ser la mujer mejor vestida en Bursley. Y eso es decir algo. Su esposo era rico, con unas rentas crecientes, aunque, por supuesto, como un fabricante de loza de barro, él estaba unido sinceramente a la lamentación general de los Cinco Poblados, que no hubo más espléndido dinero alguno para hacer “cacharros”. A él le gustaba tener una mujer bien vestida en la casa, y le concedía a ella una increíble asignación; el monto de la cual era revelada con respeto entre los amigos de Vera; de cien años, de hecho. Él le pagaba a ella trimestralmente, con cheque. Tal era su método.

Ahora un baile había sido dado a los miembros del Club de Jockey de Damas (o aquellos que no habían estado mutilados por la vida en la prosecución de este noble pasatiempo) en la noche posterior a la conversación acerca del asesinato. Vera pertenecía al Club de Jockey (en un sentido puramente ornamental) y ella había procurado un vestido para el baile que estaba calculado para coronar su reputación como un espejo de elegancia. La orla tuvo figuración —no obstante (ver las columnas del Staffordshire Signal del 9 de noviembre de 1901). El daño fue que el vestido era defectuoso, por su perfección final, una cosa particular, y que la cosa particular estaba separada de Vera por el vidrio frontal de la celebrada tienda de Brunt en Hanbridge. Vera habría podido habérselas sin ella. El vestido aun habría estado brillante sin ella. Pero Vera la había visto y la orla la deseó.

Su costo fue de una guinea.1

Bien, tú dirás, ¿qué es una guinea para una elegante criatura con cientos al año? Permítele a ella ir y comprar el artículo. El punto es que ella no pudo, porque tenía sólo sesenta y siete peniques que le quedaban en el ancho mundo. (¡Y seis semanas para la Pascua de Navidad!). Ella había malgastado —¡oh, criatura encima del dinero!— veinticinco libras esterlinas y más de veinticinco libras esterlinas, desde el 29 de septiembre. Bien, tú dirás, crédito, en otras palabras, ¿fiado? ¡No, no y no! El gigante Stephen absoluta y completamente le prohibió a ella procurar cualquier cosa que fuese a crédito. Ella le tenía miedo a él. Ella sabía justamente cuán lejos podía ir con Stephen. Él era grande y terrible. Bien, tú dirás, ¿por qué no podía ella engatusar y halagar a Stephen por una libra esterlina o así? ¡Imposible! Ella tenía cientos al año con el claro entendimiento que no estaba nunca excedida ni anticipada. Bien, tú discretamente insinuarás, hay ciertos ardides conocidos por las amas de casa... ¡Chitón! Vera ya los ha empleado. Sesenta y siete peniques no era meramente todo lo que le restaba a ella de su asignación para vestidos; era todo lo que le restaba a ella de su asignación para la casa hasta el próximo lunes.

De aquí sus nervios.

Allí esa pobre desafortunada mujer abatida, con su inconsciente tirano esposo roncando al lado de ella, vigilante, de un modo desolador, bajo la luz de noche en el largo, lujurioso dormitorio —tres sirvientes durmiendo arriba, champán en la bodega, abrigos de pieles en el armario, valiosos encajes alrededor de su cuello al instante, gran piano en la sala, caballos en el establo, atiborrado oso en el gran salón— ¡y su vida estaba en blanco por desear cuarenta y cinco peniques! Y ella no tenía a nadie para confiárselo. ¡Cuán verdad es que el alma humana está solitaria, que la satisfacción es la única riqueza verdadera, y que para ser felices nosotros debemos ser buenos!

Fue en esa ocasión de desesperación que ella pensó en los mandarines. O mejor —yo bien puedo ser franco— ella había estado pensando en los mandarines todo el tiempo desde que se retiró a descansar. Allí puede estar algo de la teoría del mandarín de Charlie... De acuerdo a Charlie, tan extrañas, inexplicables cosas sucedían en el mundo. Olas ocultas-subliminales-astrales-pensamientos. Estas expresiones y muchas más le vinieron a la memoria a ella tal como ella las reunió en las conversaciones desconcertantes de Charlie. Allí podía... Uno nunca sabía.

Repentinamente ella pensó en los bolsillos de su esposo, protuberantes de plata, de oro y billetes de banco. ¡Visión atormentante! ¡No! Ella no podía robar. Además, él podía despertar.

Y ella retornó a los mandarines. Ella logró penetrar por sí misma a un muy mórbido y dos-de-la-mañana estado de ánimo. Suponiendo que era una evasiva que maquinaba. (Por supuesto, ella era extremadamente supersticiosa; nosotros todos lo somos). Ella comenzó a reflexionar seriamente sobre China. Ella recordaba haber escuchado que los mandarines chinos eran muy corruptos; que ellos trituraban las caras de los pobres y enviaban víctimas inocentes a la tortura; en suma, que ellos eran pecadores y horribles personas, bribones incapaces de piedad. Entonces ella ponderó las muy remotas partes de China, regiones donde los europeos nunca pudieron penetrar. Sin duda hubo algún insignificante mandarín, en alguna parte de aquellas regiones, de cuyos distritos su muerte sería una incontestable bendición, matarlo verdaderamente sería un acto de humanidad. Probablemente un mandarín sin esposa o familia; un mandarín soltero sin parientes que lo lamentarían; o, como alternativa, un mandarín con muchas esposas, ¡cuya repugnante poligamia merecería severo castigo! Un viejo mandarín ya bastante cerca de la muerte; o, como alternativa, ¡uno joven que justo comenzara una carrera de infamia!

“Yo soy terriblemente tonta”, ella murmuró a sí misma. “Sin embargo, si hubiera algo en ello. ¡Y yo debo, yo debo, yo debo tener tal cosa para mi vestido!”.

Ella miró de nuevo las formas oscuras de los trajes de su esposo, arrojados de cualquier modo sobre una otomana. ¡No! ¡Ella no pudo detener el hurto!

Así, ella asesinó a un mandarín; echado allí en la cama; no cualquier mandarín particular, un indefinido mandarín, el mandarín más conveniente y apropiado bajo todas las circunstancias. Ella deliberadamente deseaba que él estuviera muerto, en la improbabilidad de adquirir riquezas, o, más exactamente, porque ella escasamente tenía cuarenta y cinco peniques para aparecer de acuerdo, perfectamente espléndida en un baile.

En la mañana, cuando ella despertó —su esposo ya había partido al trabajo—, pensó cuán tonta había sido en la noche. Ella no se sentía preocupada por haber deseado la repentina muerte de un prójimo. De ningún modo. Ella se sentía preocupada porque estaba convencida, en la luz fría del día, que el encanto no obraría. Las nociones de Charlie eran realmente demasiado ridículas, demasiado absurdas. ¡No! Ella debía reconciliarse consigo misma para llevar un traje de baile que fuese menos que perfecto, y todo por desear cuarenta y cinco peniques. ¡Y ella tenía más nervios que antes!

Ella tenía los nervios en tal grado que cuando iba a abrir la gaveta de su propio tocador, al que su prudente y minucioso esposo la obligaba a cerrarlo con anillos y broches cada noche, ella acometió al falso tocador —un vacío y desenganchado tocador que ella nunca usaba. ¡Y he aquí! El vacío tocador no estaba vacío. ¡Había una libra esterlina ubicada en él!

Esto le hizo dar un respingo, conectando el descubrimiento, como naturalmente al principio se había ruborizado ella, con el mandarín.

Seguramente no pudo ser, después de todo.

Entonces ella tornó a su juicio. ¡Qué absurdo! ¡Una coincidencia, por supuesto, nada más! ¡Además, una sola libra esterlina! No era suficiente. Charlie había dicho “rica de por vida”. La libra esterlina debía haber yacido allí por meses y meses, olvidada.

Sin embargo, era nada menos que una libra esterlina. Ella la tomó, agradeció a la Providencia, ordenó el coche de dos ruedas,2 y condujo directamente hasta Brunt. La particular cosa que ella adquirió fue un excesivamente delgado, tenue y atractivo cinturón de plata —una maravilla para colocar el dinero y la decoración ideal de la cintura para su estupendo vestido. De muselina blanca. Ella lo compró y abandonó la tienda.

Y cuando estuvo fuera de la tienda, ella vio a un chicuelo de la calle asiendo el cartel de la edición temprana del Signal. Y ella leyó en el cartel, en grandes letras: “MUERTE DE LI HUNG CHANG”. No es exageración decir que ella estuvo a punto de desmayarse. Únicamente por el ejercicio del fuerte autocontrol, del cual las mujeres sólo son capaces, ella se contuvo de caer contra el pecho vestido de azul de Adams, el cochero de Cheswardine.

Ella adquirió el Signal con bien disimulada calma, lo abrió y leyó: “Noticia de última hora. Pekín. Li Hung Chang,3 el célebre estadista chino, murió esta mañana a las dos.- Reuter”.

 

3

Vera estaba reclinada en el sofá aquella tarde, y el sofá estaba adelantado en frente del fuego de la sala. Ella llevaba su más mullida y lánguida peignoir.4 Y había un perfume de agua de colonia en el apartamento. Vera tenía un dolor de cabeza; ella estaba teniéndolo en su gran, oficial costumbre. Stephen había tomado un bocado solo. Él había estado diciendo que con toda probabilidad su doliente esposa no estaría lo suficientemente bien para ir al baile. Entonces, él había refunfuñado. Así, era un hecho que el dolor de cabeza de Vera era extremadamente real y ella estaba muy contrariada de veras.

La muerte de Li Hung Chang estaba opresivamente sobre su espíritu. El ocultismo estaba justificado por sí mismo. El asunto estaba colocado detrás por coincidencia. Ella siempre había sabido que había algo de ocultismo, sobrenaturalismo, llámese supersticiones, cualquier cosa. Pero ella nunca había esperado probar la verdad que estaba en ella por tal acto homicida en su parte individual. Fue detestable por parte de Charlie haber mencionado el asunto de todos modos. Él no fue idóneo en jugar con fuego. Y en cuanto a su esposo, las palabras pudieron dar no más que el más simple y rudo esquema de su resentimiento contra Stephen. ¡Un lindo estado de cosas que una mujer con una posición tal como ella había mantenido para ser reducida a sesenta y siete peniques! Stephen, sin duda, la esperaba para visitar la casa de empeños. Le sería idóneo a él si ella lo hiciera así —¡y él la encontraría a ella viniendo bajo tres grandes autoconfidencias! ¿Ella no se vestiría sólo y totalmente para complacerlo a él? ¡No menos que para complacerse a sí misma! Personalmente ella tenía en mente acometer altos asuntos, imposibles aspiraciones. Pero a él le gustaban las ropas finas. Y era el deber de ella satisfacerlo a él. Ella se esforzaba por satisfacerlo en todos los asuntos. Ella vivía para él. Ella se sacrificaba completamente por él. ¿Y qué obtenía ella a cambio? ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! Todos los hombres eran egoístas. Y las mujeres eran sus víctimas... Stephen con sus tontas reglas especulativas contra el crédito y etcétera... Los peores de los hombres eran aquellos que no tenían entendimiento.

Ella colocó una nueva porción de agua de colonia sobre su frente y se apoyó sobre un codo. Encima del manto de la chimenea estaba colocado un envoltorio de gasa que contenía el delgado cinturón de plata, el precio de la muerte de Li. Ella deseaba meterlo en el fuego. Y sólo el hecho de que no se quemaría evitó su salvaje acción. Había algo de erróneo, también, con el ocultismo. Recibir una despreciable libra esterlina para asesinar al más grande hombre de Estado del hemisferio oriental era simplemente grotesco. Además ella había más claramente no deseado privar a China de un hombre distinguido. Ella había expresamente mencionado a un inferior e insignificante mandarín, uno que pudiera ser desechado y que fuera desconocido para Reuter. Ella suponía que debía haber buscado a China en la Institución Wedgwood y seleccionado un determinado mandarín con un definido lugar de residencia. Pero, ¿pudo ella haber aguardado para intentar un asesinato deliberadamente como ése?

Con respecto a la crasa desproporción de la devolución fiscal por ella hecha, acaso eso era su propia falta. Ella no había deseado más. Su cerebro había estado tan ocupado por el cinturón que ella había deseado sólo el cinturón. Pero, acaso, por otro lado, una vasta riqueza estaba por venir. Acaso algo pudo ocurrir aquella noche. Eso hubiera sido mejor. Sin embargo, ¿hubiera sido lo mejor? Con todo lo rica que ella podía llegar a ser, Stephen fríamente se haría cargo de su riqueza y la distribuiría en pequeñas porciones para ella y haría reglas para ella en lo concerniente a la riqueza. Y además, Charlie sospecharía una trasgresión de ella. Charlie la comprendía y escudriñaba sus pensamientos mucho mejor de lo que Stephen lo hacía. Ella nunca sería capaz de ocultar la verdad de Charlie. La conversación, la muerte de Li en el espacio de dos horas, y entonces una repentina fortuna le llega a ella —Charlie inevitablemente colocaría dos y dos juntos y le presagiaría a ella un vergonzoso secreto.

La perspectiva era completamente negra en todo caso.

Ella entonces cayó dormida.

Cuando ella despertó, algún considerable tiempo después, Stephen la estaba llamando. Era su voz, ciertamente, la que la había levantado. La habitación estaba oscura.

“Yo digo, Vera”, exigió él, en un bajo, ligero tono hostil, “¿has tomado tú una libra esterlina de la gaveta vacía de tu tocador?”.

“No”, dijo ella rápidamente, sin pensar.

“¡Ah!”, observó él reflexivamente, “yo sé que estoy en lo correcto”. Hizo una pausa y agregó fríamente: “Si tú no estás mejor deberías irte a la cama”.

Entonces él se apartó de ella, cerró la puerta con un sonido que mostraba una falta de lástima con su dolor de cabeza. Ella brincó. Su primer sentimiento fue uno de gratitud porque esa breve entrevista había ocurrido en la oscuridad. ¡Así que Stephen sabía de la existencia de la libra esterlina! La libra esterlina no estaba oculta. Posiblemente él la había colocado allí. ¿Y qué sabía él qué era “correcto” acerca de esto?

Ella encendió la luz de gas y se miró fijamente a sí misma en el vidrio y tuvo por cierto que ella no tenía más dolor de cabeza e intentó poner en orden sus ideas.

“¿Qué es esto?”, dijo otra voz en la puerta. Ella dio un vistazo alrededor, apresurada, maliciosamente. Era Charlie.

“Steve me telefoneó a mí y dijo que tú estabas demasiado enferma para ir al baile”, explicó Charlie, “así que yo pensé que debía venir y hacer una indagación. Por completo esperaba encontrarte en la cama con una enfermera y un doctor o dos, al menos. ¿Qué es esto?”. Él sonrió.

“Nada”, replicó ella. “Sólo un dolor de cabeza. Ya se ha ido”.

Ella estaba recostada contra el manto de la chimenea; así que él no vería el blanco envoltorio.

“¡Qué bien!”, dijo Charlie.

Hubo una pausa.

“Extraño. Li Hung Chang murió anoche, justo después de que nosotros habíamos estado hablando acerca de asesinatos de mandarines”, dijo ella. Ella no pudo mantener fuera el tema. La atraía como una serpiente y se aproximó a ella a pesar del hecho de que fervientemente no deseaba aproximársele.

“Sí”, dijo Charlie. “Pero Li no era un mandarín, sabes. Y él no murió después que nosotros habíamos estado conversando acerca de mandarines. Él murió antes”.

“¡Oh! Yo pensé que el periódico había dicho que él murió a las dos de esta mañana”.

“Las dos am en Pekín”, respondió Charlie. “Tú debes recordar que el tiempo de Pekín es varias horas más temprano que nuestro tiempo. Está en el lejano oriente”.

“¡Oh!”, dijo ella de nuevo.

Stephen entró atropelladamente, con un aire de preocupación.

“¡Ah! ¡Eres tú, Charlie!”.

“Ella no está absolutamente muerta, descubro yo”, dijo Charlie, volviéndose a Vera. “Tú irás al baile después de todo, ¿no es así?”.

“Yo digo, Vera”, interrumpió Stephen, “o tú o yo debemos tener un incidente con Martha. Yo siempre he sospechado de esa detestable criada. Así, yo coloqué una libra esterlina marcada en una gaveta esta mañana y pasó la hora de la merienda. Ella había sido atrapada en un instante. Por supuesto, yo no la encausaré”.

“¡Martha!”, gritó Vera. “Stephen, ¿qué estás pensando en tu mundo acerca de esto? Yo deseo que tú me dejes los sirvientes a mí. Si tú piensas que puedes manejar esta casa en tus tiempos desocupados de trabajo, tú eres bienvenido a intentarlo. Pero no me culpes a mí por las consecuencias”. Fulgores de triunfo destellaron en sus ojos.

“Pero, yo te digo...”.

“Dislates”, dijo Vera. “Yo tomé la libra esterlina. Yo la vi allí y la tomé, y justamente para castigarte, yo la he gastado. No es nada agradable dejar trampas para los sirvientes, tal como ésa”.

“Entonces, ¿por qué hace un rato me dijiste que no la habías tomado?”, demandó Stephen, enojado.

“Yo no me sentía suficientemente bien para discutir contigo entonces”, replicó Vera.

“Tú te has recobrado muy rápido”, contestó Stephen con grima.

“Por supuesto, si tú deseas hacer una escena ante extraños”, se quejó Vera (¡pobre Charlie, un extraño!). “Me iré a la cama”.

Stephen sabía cuándo estaba golpeado.

Ella fue al baile del Club de Jockey, a pesar de todo. Ella y Stephen y Charlie y su joven hermana, de diecisiete años, todos bajaron juntos a Town Hall en un carruaje cerrado, de un solo caballo. La joven muchacha admiraba excesivamente al cinturón de Vera y esperaba con satisfacción el momento cuando ella también sería una encantadora y cautivante esposa como Vera, y en corto tiempo, una mujer de mundo, adorada por serios, barbados hombres. Y ambos hombres estaban bajo el hechizo del encanto incurable de Vera, caprichoso, sorprendente, exasperante, indefinible, indispensable para sus vidas.

“¡Estúpidas supersticiones!”, rechazó Vera. “Pero, por supuesto, yo nunca creí en ello realmente”.

Y ella bajó sus ojos para deleitarse en el cinturón.

 

Notas

  1. Antigua moneda inglesa de oro, equivalente a veintiún chelines.
  2. Dog-cart: coche de dos ruedas, con dos asientos unidos por el respaldo.
  3. Li Hung Chang (1823-1901): famoso militar, estadista, diplomático e industrial chino. Fue uno de los más poderosos e influyentes funcionarios de China durante la dinastía Ching (1644-1911) y líder del movimiento de autofortalecimiento. Representó a China en la serie de negociaciones humillantes que siguieron al fin de la guerra sino-francesa de 1883-85, sino-japonesa de 1894-95 y la Rebelión de los Boxers de 1900.
  4. En francés, en el original: bata.