Conductores tibetanos de yack (finales del siglo XIX o comienzos del XX).
Francis Younghusband (Inglaterra, 1863-India, 1942)
Fue una extraña mezcla de soldado (llegó a ser coronel), espía montañés y místico. Apostado en el borde septentrional de la India, realizó algunos viajes al interior de Afganistán antes de aventurarse a cruzar los Himalayas hacia el desierto de Gobi y tierras más lejanas aun. Militarmente, su más notorio momento llegó en 1903, cuando él guió a una fuerza británica para conquistar cruentamente el Tibet.
En el campo de los descubrimientos, sin embargo, él es más recordado por su persistente exploración de Asia Central y por haber sido uno de los primeros que intentaron conquistar el Monte Everest. Profundamente conmovido por sus experiencias, se retiró del servicio activo en 1910 para perseguir una vida más espiritual y en 1936 fundó el “Congreso Mundial de la Fe” para promover grandes acuerdos entre las mayores religiones.
La adoración semireligiosa de Younghusband por el Tibet fue mejor expresada al instante de partir de Lhasa: “La alegría del momento crece y crece hasta causar una viva emoción a través de mí con predominante intensidad. Nunca de nuevo podría pensar en dañar, en todo caso, tener enemistad con ningún hombre. Toda la naturaleza y toda la humanidad serán bañadas en un rosado y resplandeciente brillo”.
Diferente a muchos exploradores, Younghusband tenía un gran afecto y respeto por los lugareños que lo asistieron en sus viajes. “El mal es lo superficial; la bondad es la característica fundamental del mundo. El afecto y no la animosidad es la base de la disposición de los hombres hacia sus semejantes”, afirmó en una de sus sentencias.
...Al alba de la siguiente mañana nosotros estábamos activos. El pequeño arroyo estaba helado y el aire, mordientemente frío. Nos apresuramos con la carga, tuvimos un buen desayuno y como el sol ya se había elevado, nos pusimos en marcha directamente hacia la pared montañosa —una regular muralla de picos rocosos cubiertos con nieve donde era posible, pero la mayor parte era demasiado empinada para que la nieve se posara. Después de viajar tres o cuatro millas, un valle, de repente, se abrió a la izquierda. El guía inmediatamente lo recordó y dijo que era un paso fácil que flanqueaba completamente la barrera de la montaña. La marcha fue buena. Yo dejé a las jacas y en mi ansia me apresuré rápidamente delante de ellas, en mi esfuerzo por ver la cima del paso y el “otro lado” —aquellos fuegos fatuos que aún atraen a los exploradores y nunca les satisfacen, porque siempre hay otros más allá. La altura estaba comenzando a manifestarse y el paso parecía retroceder a la cercanía que yo me aproximaba. Una elevación tras otra yo remonté, pensando que alcanzaría la cumbre, pero siempre había otra más allá... Al fin, alcancé un pequeño lago, a un cuarto de milla de distancia y una pequeña elevación se encontraba más adelante del término de la cima del paso. Me abalancé hacia ella y allí, delante de mí descansaba el “otro lado” y seguramente ninguna vista que el hombre haya mirado, aún pueda superar a esta. Describir la escena con palabras es imposible. No hay palabras con las cuales hacerlo e intentarlo con estas que están a nuestra disposición, sería mancillar su simple grandeza y magnificencia.
Ante mí se elevaban fila tras fila de imponentes montañas, entre las más altas del mundo —picos de incorruptible nieve, cuyas cimas alcanzan veinticinco mil pies de altura, veintiséis mil y, en un caso supremo, veintiocho mil pies sobre el nivel del mar. Había esta maravillosa formación de montañas majestuosas asentadas delante de mí a través de un profundo valle rodeado de peñascos y, más lejos en la distancia, colmando la cabeza de éste, podía ser visto un vasto glaciar, los vertederos de las masas montañosas que le dieron nacimiento. Era una escena que, como yo la vi, hecha realidad muy semejante a una formación inexpugnable que debe ser pasada y sobrepasada, similar a colocar hierro dentro de mi alma y endurecer todas mis energías para la tarea que estaba delante de mí.
Sumido en agitados sentimientos ante tal elevación, me senté allí por más de una hora, hasta que la caravana arribó y entonces nosotros descendimos lentamente desde el paso al fondo del valle a nuestros pies. El camino era escabroso y escarpado, pero nosotros alcanzamos los bancos del río sin ninguna seria dificultad. Aquí, sin embargo, nosotros hicimos un alto, porque había un farallón cortado a pico, de un par de cientos de pies o más de altitud, desplazándose a lo lejos de un lado a otro de la orilla del río. Esto, al principio, pareció un serio obstáculo, pero yo estaba informado que en lo bajo del camino había algunas sendas de kyang (asnos salvajes) y que no había sendas aguas arriba. Yo sabía que aquellos animales debían bajar al río a beber por un camino u otro y que por donde ellos pudieran ir, nosotros también. Por lo tanto, yo torné atrás por esas sendas, cuidadosamente les seguí y logré encontrar la “bóveda” accesible en el acantilado por la que ellos descendían. Era muy escarpada y rocosa; aligeramos entonces a las jacas y colocamos a un hombre enfrente para que guiara a cada una y a otros dos atrás para que las sujetaran por la cola. Nosotros maniobramos para hacer bajar a las jacas, una a una y después una buena porción de trabajo nos encontró a nosotros mismos, talegas y equipajes, en la orilla de un río... En el otro banco del río las montañas se elevaban muy escarpadamente fuera del valle y eran completamente áridas, excepto por un pequeño lugar donde crecía resistente ajenjo. No había árboles y arbustos o matojos solamente se encontraban en pequeños parches a lo largo del lecho del río.
El próximo día nosotros continuamos el descenso al valle del río Oprang (Shaksgam) hasta que llegamos a otro río, al cual mi baltis llamó el Sarpo Laggo, que fluía desde la principal extensión y se unía al primer río en el banco izquierdo. Éste nosotros lo ascendimos hasta que alcanzamos un parche de selva llamada Suget Jangal. Justo antes de arribar allí, yo conseguí por acaso, de repente, mirar mejor y una escena se encontró con mis ojos, la cual, cabalmente, me hizo bambolear a mí. Nosotros tornamos a un rincón que nos condujo a la vista, a mano izquierda, de un pico de aterradora altura, el cual no podía ser otro que K.2, 28.278 pies de altitud, segundo después del Monte Everest. Visto desde esta dirección parecía elevarse en un casi perfecto cono, pero a una inconcebible altura. Nosotros estábamos completamente cerca y debajo de él —acaso no a una docena de millas de su cima— y aquí en el lado norte, donde él está, literalmente vestido por un glaciar, allí debe haber habido de catorce a dieciséis mil pies de sólido hielo. Fue una de aquellas vistas que impresionan a un hombre para siempre y produce un permanente efecto en la mente —una permanente sensación de la grandeza y la magnificencia de los trabajos de la Naturaleza—, la cual yo nunca he perdido u olvidado...
Sobre el peligroso paso Mustagh, a seis mil metros de altitud
El ascenso fue lo suficientemente fácil, moviéndonos sobre una plácida nieve, pero nosotros avanzábamos muy lentamente, debido a la dificultad en la respiración. Al alcanzar la cima, miramos hacia abajo, pero allí no había nada más que un escarpado precipicio y bloques de hielo roto y desplomados en el camino para hacerlo completamente impracticable.
Libremente confieso que yo mismo nunca pude intentar el descenso y que yo —un inglés— tuve miedo a ir primero... Afortunadamente mis guías fueron más valerosos que yo y, atando una cuerda alrededor de la cintura del hombre que guiaba, el resto de nosotros colgaba, entretanto él cortaba con sus pasos al precipicio.
Paso a paso, nosotros avanzamos a través del precipicio, todo el tiempo enfrentados a él, y sabiendo que si nos deslizábamos (y el hielo estaba muy resbaladizo) todos nosotros rodaríamos por una fría escarpadura y caeríamos al precipicio para toda la eternidad. A mitad del cruce, mi sirviente Ladaki, quien me había sido enviado por el coronel Bell, como un hombre totalmente familiarizado con los viajes al Himalaya, regresó diciendo que él estaba temblando por completo y que no podía enfrentarse al precipicio. Esto más bien me trastornó, al ver a un montañés tan afectado, mas yo pretendí no prestarle ni pizca de cuidado y me reí, pour encourager les autres,1 como si nada hubiese sucedido.
Después de un rato, un muy horrible tiempo sobrevino y nosotros alcanzamos tierra firme en la conformación de un largo saledizo estante de roca y desde allí comenzamos el descenso del precipicio. El helado talud fue una perfecta broma a éste. Nosotros descendimos muy gradualmente desde un pequeño borde o salediza pieza de roca. Habiendo descendido hasta la mitad, yo escuché a mi sirviente Ladaki clamando por mí desde arriba. Él había mostrado coraje para cruzar el helado talud y había descendido al precipicio unos pocos pasos y estaba ahora agachado sobre una roca, haciéndome profusas zalemas con ambas manos y diciendo que él no se atrevía a dar otro paso y que retornaría y se llevaría mis jacas a Ladak. Así, yo le envié de regreso.
Por seis horas nosotros descendimos el precipicio, parcialmente roca y parcialmente helado talud y cuando yo alcancé el fondo y miré atrás, parecía enteramente imposible que ningún hombre pudiera haber venido a tal lugar.
Por algunas horas después, nosotros caminamos con trabajo por sobre la nieve a la luz de la luna, con hendeduras profundas en el glaciar de cincuenta yardas o más. Frecuentemente caímos, pero no hubo accidentes y, al final, tarde en la noche, alcanzamos un sitio seco y yo extendí mis mantas de viaje detrás de una roca, mientras uno de mis hombres hacía un pequeño fuego con algunas yerbas secas y un par de bastones de punta de hierro2 rompieron el hielo para preparar el té. Después de comer algunas galletas con el té, me enrollé en mi zamarra y dormí tan profundamente como nunca antes lo había hecho.
Notas
En francés, en el original: “Para animar a los otros”.
Bastones que se emplean en la ascensión de altas montañas.