Trans-Himalaya: descubrimientos y aventuras en el Tibet; 1909
Fotografía de Sven Hedin; 1896.
Sven Hedin (1865-1952)
Al alborear el siglo XX, Hedin se había establecido como un despiadado y competente explorador de Asia Central. Él parecía tomar la arrogancia para infringirse a sí mismo y a sus compañeros terribles penalidades —verdaderamente, alistarse en algunos de los proyectos de Hedin era casi una cierta garantía de muerte. Injuriado por su apoyo a Alemania durante la primera y segunda guerras mundiales, él, no obstante, ganó reputación por sus muy agrias críticas —como, por ejemplo, cuando en 1927, a los sesenta y dos años de edad, guió una expedición a Mongolia Interior.1 “Por seis años, este asombroso hombre, rebasada la edad mediana, dirigió el trabajo de un equipo internacional de especialistas en el campo”, escribió alguien. “No contento con esto, él llevó a cabo para el gobierno de Nanking un estudio sobre la antigua ‘Ruta de la Seda’. Entonces él se fue a casa y gastó los siguientes doce años, a despecho del incremento de su ceguera, escribió y editó los resultados en tres largos volúmenes en cuarto”. Al momento de su muerte fue juzgado con respeto y aversión en igual medida.
Fue un terrible, pero excesivo explorador, cuyos métodos atrajeron una amplia condenación. Como señaló un contemporáneo: “Una vez que él había preparado a su mente para obtener un particular objetivo, ninguna consideración de los sufrimientos de otras personas, conveniencia o aun la seguridad, jamás le permitieron desviarse”.
Al comienzo de su carrera, Hedin escribió: “Toda Asia estaba abierta delante de mí. Yo sentí que había sido llamado para hacer descubrimientos sin límites —ellos justamente aguardaban por mí en medio de los desiertos y en los picos de las montañas”.
La actual Región Autónoma de Mongolia Interior, territorio perteneciente a China.
...El 24 de enero1 el país entero estaba cubierto con encandilante nieve y el sol brillaba, pero un violento ventarrón dispersó a las finas partículas de nieve en trazas sobre la tierra y un sonido rugiente fue escuchado. Los antílopes corrieron prontamente sobre el terreno, lo oscuro contra la blanca nieve. Una mula murió en el camino; ni siquiera las mulas tibetanas podían soportar este clima. Yo estaba entumecido y medio muerto de frío antes de alcanzar el campamento.
Después que la temperatura alcanzó -21,3 grados los alrededores estaban encerrados por una semioscuridad de pesadas nubes. Las dentadas montañas al sur me recordaban a un escuadrón de buques acorazados en prácticas de artillería en un tiempo lluvioso. Sus grises perfiles se atisbaban desde las nubes bajas. El valle estaba a unas seis millas. Hacia el este la nieve caía menos espesa y, finalmente, sólo las huellas de los animales salvajes estuvieron cubiertas por la nieve. Parecían una cuerda de perlas en el oscuro terreno.
Mientras yo daba vueltas a las hojas de mi diario en esta terrible jornada, frecuentemente me encontraba con la anotación de que éste había sido el día más duro experimentado por nosotros hasta aquí. Y aun días así siempre vinieron cuando nosotros sufríamos todavía más. De esta manera, llegamos al 26 de enero. El cielo estaba cubierto por nubes tan compactas que nosotros pudimos imaginarnos que estábamos flotando bajo una prisión del cielo. La tormenta bramaba con entera violencia y un cuarto de hora después yo estaba montado en mi caballo y estaba entumido y sin fuerzas. Mis manos me dolían y yo traté de deshelarme la derecha con mi aliento cuando tomaba notas. Pero después de leer lo conseguido por dos segundos mis manos perdieron toda sensación. Mis pies me importunaban menos, mas yo no los sentía por completo. Yo sólo deseaba alcanzar el campamento antes de que la sangre se congelara en mis venas...
...Nevó espesamente todo el día.2 Estaba cálido y confortable bajo techo y nosotros sentimos lástima de los pobres animales que estaban afuera pastando en el frío... Una oveja estaba hecha pedazos.
Por la noche el frío era más severo aun y el termómetro descendía a -30,3 grados. La mula enferma buscó abrigo detrás de la tienda de campaña de los hombres. Se echó una vez y le dio salida a un lastimero sonido. Yo salí a mirarla y por lo sucedido a ella la saqué de su miseria.
En la mañana del vigésimo octavo día yo encontré dos caballos muertos sobre la hierba... Nosotros ahora sólo teníamos veintitrés animales y mi pequeño y blanco ladaki era el último de los veteranos. Pequeño, yo pensaba, pero aun así él me transporta al Chang-lung-yogma y él sobrevivirá a ciento cincuenta compañeros. Cada mañana dos largos carámbanos colgaban de las ventanas de sus narices. Él había tomado gran cuidado de ello y yo siempre guardaba un pedazo de pan de mi desayuno para él. Yo tenía un particular afecto por él y por Brown Puppy. Ellos habían estado conmigo por largo tiempo y habían pasado por muchas aventuras.
La pérdida de tres en un día era serio para tal caravana como la nuestra. ¿Cómo iría todo al final? Nosotros teníamos aún una inmensa distancia delante de nosotros. Luchamos por tres horas a la pata coja por este terrible paso, el cual tenía una altitud de 18.281 pies. Acampamos al resguardo de una roca y matamos a la última estropeada oveja. Entonces no tuvimos provisión de carne viva.
La temperatura cayó a -24,5 grados y el primer sonido que yo escuché en la mañana del vigésimo noveno día fue el eterno rugir de la tormenta. Nosotros marchamos hacia el sureste a través de la nieve de un pie de profundidad. “Uno de los peores días”, está escrito en mi diario. Nosotros no tuvimos cuidado de nada, excepto alcanzar el campamento vivos. Yo tenía una bufanda y la enrollé varias veces sobre mi cara, pero era rápidamente convertida en una lámina de hielo, la cual se cuarteaba cuando yo giraba la cabeza. Traté de fumar un cigarrillo, pero se congeló en mis labios. Dos caballos murieron en el camino...
Abdul Kerim vino a mi tienda muy abatido y preguntó si nosotros podríamos encontrarnos con los nómadas dentro de diez días, de otro modo él consideraba desesperada nuestra situación. En verdad, yo no le di ningún consuelo, sino que pude sólo decirle que nosotros debíamos continuar tan extensamente como una sola mula marchara. Y entonces tratar de avanzar penosamente nosotros mismos junto con los nómadas, con tanta comida como pudiéramos cargar. Ahora nosotros pensábamos no largamente en lo que detrás perseguíamos, o de los peligros delante de nosotros, sino sólo deseábamos preservar nuestras vidas y llegar al campamento donde podríamos encontrar medios de subsistencia. Detrás de nosotros la blanca nieve borraba nuestras huellas y el futuro nos aguardaba con sus impenetrables secretos.
La tormenta aulló alrededor de nosotros toda la noche y nuestra delgada tienda de lona se sacudía con el ventarrón... Este día, 30 de enero, nosotros nos habíamos mantenido juntos, puesto que la moviente nieve borraba las huellas inmediatamente... Un caballo pardo que no podía cargar más peso se desplomó y murió en la nieve. Nosotros pudimos ver la nieve haciendo fácilmente su tumba, antes de que fuese hielo. La tumba desapareció detrás de nosotros en la espantosa soledad.
Nosotros nos movimos hacia delante a un muy lento paso a través de la ventisca. La furia de la tormenta trajo los gritos de advertencia de los labios de los guías y ellos no llegaron a nuestros oídos. Nosotros simplemente seguimos el rastro. Lobsang avanzó primero y él frecuentemente desaparecía en la seca y suelta nieve y tenía que buscar otra dirección. En las concavidades la nieve alcanzaba tres pies de profundidad y nosotros sólo podíamos dar un paso a la vez, después que las palas habían abierto una zanja a través de la nieve. Uno u otro de los animales estaba siempre cayendo y la remoción de su carga y reajuste causaba un obstáculo, mas todos debíamos seguir en el mismo surco. Todos, hombres y animales medio muertos por la fatiga y el esfuerzo para respirar. La nieve arrebataba todo alrededor con sofocantes trenzas. Le dábamos la espalda al viento y avanzábamos reclinados. Sólo las mulas más cercanas estaban claramente visibles; la quinta no se distinguía entre la universal blancura. Yo no podía atrapar un vislumbre de los guías. De esta suerte, la tropa caminaba pocos pasos hasta que llegaba al próximo trozo grande de piedra y cuando la mula que estaba inmediatamente frente a mí se movía de nuevo, sólo se sumergía dentro de una hondonada llena de nieve, donde dos hombres aguardaban para preservar su carga. La dirección era ahora el este y el terreno se elevaba. Un poco de tales días y la caravana estaría perdida...