Inglés
Sam Hamill
El poeta que le dijo no a la Casa Blanca

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La flor de la orquídea

En el instante en que me pregunto
si la orquídea va a morir
ella florece

y no puedo explicar la emoción
en mi corazón, ni por qué tanto placer
proviene de ese pequeño capullo
en el extremo de un delgado tallo,
de esa pequeña flor
sanguínea roja dorada

abriéndose en el apogeo del verano
pequeña, perfecta en su plenitud.

Incluso para un poeta
de cabellos blancos y rostro curtido,
ella es en su pureza, erótica,

pistilo y estambre, polen,
rocío del mundo, una cucharada
de tierra y de agua.

Ella es erótica
porque en el corazón del nacimiento
la muerte afirma su existencia,

y el efecto dramático de los viejos prismas luminosos
del alba, allí en las húmedas ramas del cedro,

profundísimo misterio
mientras lavo la vajilla al atardecer
o bromeo con mi esposa,

quien a cada momento se vuelve más bella
simplemente porque uno de nosotros ha de morir.