Me siento en la oscuridad, sin amargarme
exactamente, no estaba esperando el amanecer
que ya comenzaba, a las seis y veintiún minutos,
en un día de octubre su luz grisácea detrás de los árboles.
Me siento, respirando, la mente girando sobre su rueda.
Hayden escribe, “¿De qué sirve la poesía
en tiempos como estos?”. Y yo supongo
que entiendo cuando él dice, “Un poeta
simplemente no puede comprender
ningún significado en tanta matanza”.
No obstante, atrapado por el horror,
me vuelco hacia la poesía, no la prosa,
ella me ayuda a discernir cosas —
del modo en que puedo— las mentiras, asesinatos
y las hipocresías que te quitan el aliento
de aquellos que dirigen una nación
o una iglesia. “¿De qué sirve la poesía?”
me senté 12 de septiembre del dos mil uno de esta era,
y leí a Rumi y besé el suelo.
Y ahora que millones se mueren de hambre
en nombre de la guerra santa. Toda guerra
es santa. Es la misma historia patética
de la que se deriva
la “proporción bíblica”.
Oigo el eco de los pasos de Pilatos
sobre el adoquinado, la voz de Joe McCarthy
insultando en el senado, el “muchacho gordo” estalla
mientras todo el firmamento se estremece.
En la ciudad de Nueva York, el choque de los aviones
y el subsecuente desmoronamiento de los edificios
produjo ondas sísmicas. Para comenzar a hablar
de los muertos, de los que están muriendo... ¿cómo
puede todavía un poeta hablar de proporción, en estos tiempos?
Sin embargo, como dijo el viejo griego,
”Caminamos sobre los rostros de los muertos”.
El oscuro firmamento del otoño crece azul.
Solos entre cenizas y huesos y ruinas,
Tu Fu y Bashõ escriben el poema.
El último vestigio de furia ciega se desvanece
y una muda tristeza se asienta,
como el polvo, para el largo, muy largo trayecto. Pero...
si no me pongo de pie y canto,
si no me levanto y bailo nuevamente,
los bárbaros triunfarán.
Si es necesario besaré esa espada que habrá de matarme.