La pequeña niña de piel aceitunada
me mira detenidamente
desde la fotografía
sus ojos inmensamente abiertos,
bellísimos ojos de un castaño intenso
brindan en silencio, testimonio
a ese dolor tan viejo como el mundo.
Ella era joven,
y muy bella, tan bella como sólo
los jóvenes suelen serlo,
pero en su belleza
soporta callada
las calamidades:
pues sus lágrimas se han agotado.
Cerré la revista y me dirigí
a la pila de leña
partí algunos troncos, pensando,
“Esta noche su fuego es probablemente
una fogata abierta,
sus llamas brillantes
izándose como pendones lamen el aire
flamean en la brisa”.
Cuando era un niño
oí acerca del derramamiento de sangre en Corea,
del ejército rojo posado en nuestro umbral,
y también de las bombas que para siempre
aniquilarían nuestro mundo.
Me refugié debajo de mi pupitre como el resto de este mundo tonto.
En Okinawa, vestí el uniforme
y porté armas
hasta que mis ojos comenzaron a abrirse,
hasta que me ahogué
con el orgullo del cuerpo de marines,
hasta que me di cuenta
de lo deliberado de mi ceguera.
¿Cuánto dolor es una vida?
¿Qué es lo que se puede hacer
si no nos ponemos del lado de los desaparecidos, los asesinados,
los huérfanos
nuestros propios niños armados, y damos testimonio
con nuestros ojos bien abiertos?
Cuando yo era un niño asustado de la noche
y llorando en mi cama,
mi padre me decía un poema o cantaba,
“Monturas vacías en el viejo corral,
hacia dónde cabalgarán esta noche”.
Homero pensaba que los muertos llegaban
a un campo de asfodelos.
“Musashino”, cerca de Tokio, significa
“la llanura de Musashi”,
el camino del guerrero lavado en sangre.
Las canciones de guerra son cantadas
al son del ritmo de las viejas marchas—
Oh, sí cómo nos gusta honrar a los muertos.
¿Un mundo sin guerras?
¿Quién si no un niño o un tonto
podría imaginar tal cosa?
Los líderes de las corporaciones se educan
con El arte de la guerra de Sun Tzu.
“Todos deploramos la guerra”, dice el presidente
mientras ordena nuevos bombardeos,
“pero Dios está de nuestro lado”.
¿Cuál sangre es cristiana,
cuál musulmana, judía o hindú?
La niña hermosa con sus bellos ojos tristes
me observa, pero
no ha hablado. ¿Qué podría decir?
Ella sobrelleva la carga de hallar otro camino.
En sus ojos, las ruinas, el temor,
los zapatos que no pueden ser llenados, las manos
que nunca acariciarán su cabello.
Pero, escuchen y oirán su voz,
baja, triste, dolorida.
—Ya está en tu interior—