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“El Inesperado”, Enrique LafourcadeEnrique Lafourcade
El Inesperado (capítulo)

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Le costó decidirse. Un caballo era algo muy delicado. Los Árabes esperaban con ansias a los extranjeros y no vacilaban en engañarlos vendiéndoles camellos enfermos, mulas y caballos viejos. Nada de lo que solían ofrecer en el mercado de Harar valía la pena. Djami, con una breve mirada, entregaba su diagnóstico: piernas torcidas, malos dientes, mala formación del espinazo, cicatrices. Era la época de las grandes ferias de bestias, en que se vendían perros rastreadores, enormes gatos negros abisinios para limpiar las casas de las ratas, mulas egipcias y camellos yemenitas. De vez en cuando, caballos de raza.

Abdo se había acostumbrado a las caminatas por la llanura. Sin alejarse demasiado de las murallas. Armado, por supuesto. Regresaba al caer el sol.

Entendía que era indispensable hacer ese gasto en un buen caballo árabe.

Una mañana aparecieron cinco comerciantes con otras tantos caballos. Djami le contó a su amo, muy excitado, que había visto la más hermosa cabalgadura de la ciudad, un “apelusa”, la raza preferida del profeta, negro y blanco, un potro joven y nervioso.

Abdo lo distinguió sin que nadie le dijera palabra. Abisinio blanco con manchas negras, orgulloso, bajo la lluvia, piafando, moviendo la cabeza aguda con furia.

—¡Mira, Príncipe, siéntele el perfume! Acércate y huele a este caballo que tiene la bendición de Alah.

Sí, podía olerlo. Ese perfume picante, como el de las flores del mango, como el de la vainilla. Olor a cortezas jóvenes de los grandes y secretos árboles de las praderas.

Los traficantes se alojaron en un hotel próximo. Los caballos, en las pesebreras de Rinbo, amplias, con abundante forraje, entre las mulas y los camellos. Nadie alborotó excepto Dongolo. Djami salió a verlos varias veces. A la mañana siguiente le explicó a Abdo Rinbo que sí había allí un potro joven.

—Vale lo que nos van a pedir por él. Pero les pagaremos la mitad.

No fue fácil obtenerlo. Una semana entera de negociaciones con Abu Zahir quien disfrutaba enormemente con la venta. Se extendió la noticia por la ciudad y las aldeas. En los próximos días una multitud encuclillada frente a los corrales y pesebreras, observaban el espectáculo. Cuando aparecía Dongolo todos lanzaban unas gritos.

—No existe en tus bodegas oro para comprarlo. Ni todas tus riquezas que son muchas, podrían hacerle justicia a esta maravilla. ¿Sabes, mi señor, cuántas monedas de oro podría obtener yo en El Cairo por mi potro?

Por días, Abu Zahir desarrolló su estrategia. Explicándole a Abdo Rinbo que con el caballo negro y blanco achicaría la tierra, seguiría hacia los países secretos sin sufrir, ahondándose cada vez más en lo desconocido.

—Dongolo conoce el camino hacia el Reino de Saba.

Abdo Rinbo callaba, como siempre. Su silencio era su arma. Se veía con el caballo entrando a Saba. Dongolo le piafaría dulcemente al olfatearlo, sería su amigo para compartir los silencios. Ya no viviría solo, nunca más. El mundo estaba esperándolo. Brisa, dulce como la miel, Brisa-Agua Azul, su Mahadmi, con la que ya soñaba estaría próxima. Habría otro bello caballo para Brisa. Y otro, para Djami. Las ciudades sagradas emergerían de las arenas. Y el viejo sueño, el valle escondido lleno de flores, iba a ser descubierto entre las rocas azafranadas. En medio de esas noches de lluvia, entre gemidos lejanos, él y su caballo y las antiguas imágenes que trataba de alejar.

No fue fácil negociar con los traficantes, astutos como serpientes.

—Se llama Dongolo, que quiere decir El Misericordioso. Será como tu hermano mayor. Es una perla, ¡mírale los ojos! en la noche los ojos brillan como perlas negras, es el más perfecto en esta tierra de imperfectos, Sahib...

El más perfecto le aproximaba su hocico. Era bello como esa luna llena que comenzaba a aparecer tras las espinudas montañas en el horizonte, encendiendo y apagando Harar, entre las nubes y la lluvia.

Dongolo se dejó acariciar por Abdo y comenzó a hablarle con un ronroneo como de interrogación. El Inesperado le acarició el cuello largamente y le tendía las manos para que El Bellísimo se las lamiera. No cabía dudas, eran el uno para el otro. Dongolo esperaba impaciente que apareciera la luz y los dos, unidos por el viento y la carrera sobre la tierra, parecían hundirse en las llanuras.

—No tiene precio —dijo Abu Zahir.

Abu Zahir era el más astuto vendedor de caballos del África. le temían todos. Corrían rumores de que era un arreglador de caballos viejos. En la plaza, frente a las bodegas de Abdo Rinbo, se había juntado un pequeño grupo de abisinios.

Abu Zahir abría los brazos y les explicaba. ¿Tiene precio el aire? ¿El viento?

Después, gustaba de impresionar a los compradores informándoles que Dongolo era invisible. Que cuando caían las sombras el caballo desaparecía totalmente. Abdo Rinbo necesitaba un caballo como ese. Djami le pidió que esperara unos días. —Abu Zahir es muy sabio y ladrón, amo y quiere impresionarte. No hay nadie en Harar que pueda pagar lo que el caballo vale. Nadie excepto tú. Espera. Mañana comenzará a venderte los caballos más viejos.

Porque había unos sufrimientos que sólo él conocía, ése “antes del sueño” y ése “dentro del sueño”, llenos de hermanos llorando. Dos de sus hermanas llorando. Siempre aparecían. Él estaba tan lejos, él tendía los brazos para tocarlas y percibía el vacío, el aire, las manos llenas de aire. La lluvia adormeciéndolo, hasta que empezaban los relámpagos y entonces Dongolo, allí cerca, lloraba también como lloran los caballos, tímidamente, agitando su cuerpo y, tras los relámpagos, nuevos truenos y Dongolo alzado en sus dos cuartos traseros y él, que siempre andaba con un poco de azúcar en los bolsillos, se la ofrecía, se la metía entre los gruesos labios belfudos para tranquilizarlo. Su caballo, su hermano, asustado como un niño.

Abu Zahir comenzaba a impacientarse. Días en que hablaron sobre el café, la cebada, el arroz, las maderas de perfume, el marfil. Abu Zahir tenía ocho hermanos, todos comerciantes.

Abdo Rinbo esperaba el precio, que no venía nunca. Así era este comercio, podía durar semanas, meses. El caballo bien alimentado, parecía encontrarse como en su casa. Djami lo rastrillaba dos veces el día. Abdo Rinbo le llevaba su ración de avena y azúcar. En los cafés de Harar se hacían apuestas sobre el precio, sobre si el Inesperado... ¿Trueque? ¿Monedas de oro? ¿Cuántas?

Nunca se supo. Dieciocho días duró la transacción. La caravana de Abu Zahir emprendió el camino hacia la costa con las mulas y camellos cargados de sacos. ¿Café? ¿Sal? ¿Marfil?

Dongolo y Abdo Rinbo fueron vistos, en ese amanecer, despidiéndola, en las murallas.