Su puerto es innombrable y siniestro de cruz,
Vergas transversales interceptan los grandes mástiles derechos.
Su puerto es lluvioso de hollín a través de las brumas,
Donde el sol como un ojo rojo y colosal lagrimea.
Su puerto está alborotado por buques de vapor negros que humean
Y braman, en el fondo de la noche, sin que se les vea.
Su puerto es pululante y musculoso de brazos
Perdidos en un revoltijo laberíntico de amarras.
Su puerto está machacado por choques y por estrépitos
Y de martillos estruendosos en el aire de sus bataholas.
¡Todo el mar va hacia la ciudad!
Las marejadas que viajan como los vientos,
Las marejadas ligeras, las marejadas vivas,
Para que la ciudad en fuego las absorba y las respire
Él devuelve el mundo en los navíos.
Los orientes y los mediodías cabecean hacia él
Y los Nortes blancos y la locura universal
Y todos los números cuyo deseo prevé la suma.
Y todo lo que se cree en frente del hombre,
Allá abajo, en lo desconocido de los lejanos talismanes,
Tiende hacia él, se cingla hacia él y hacia sus luchas:
Él es la ciudad en celo de las humanas disputas,
Él es la ciudad en el claro de las riquezas únicas
Y los marinos cándidos peinan sus caduceos,
Sobre su piel enrojecida y agrietada,
A la hora donde la sombra llena las noches oceánicas.
¡Todo el mar va hacia la ciudad!
¡Oh las Babeles al fin realizadas!
Y los pueblos deshechos y la ciudad común;
Y las lenguas se disuelven en una;
Y la ciudad como una mano, los dedos abiertos,
Se cierra sobre el universo.
Dices, ¡los almacenes atestados hasta la techumbre!
Y la montaña, y el desierto, y los bosques
Y sus siglos cogidos como en red;
Dices, sus bloques de eternidad: mármoles y madera,
Que los compra,
Y que los vende al peso,
Y después, ¡dices! los muertos, los muertos, los muertos.
Que han sido necesarios para estas conquistas.
¡Todo el mar va hacia la ciudad!
El mar súbito, ardiente y libre,
Que tiene la tierra en equilibrio;
El mar que domina la ley de las multitudes;
El mar donde las corrientes trazan las certezas;
El mar y sus olas coligadas,
Como un deseo múltiple y loco,
Que se trastocan en rocas después de mil años en pie
Y recaen y se borran, niveladas;
El mar cuya cada ola esboza una ternura
O vela un furor, el mar plano o salvaje
El mar que inquieta y angustia y oprime
La embriaguez de su imagen.
¡Todo el mar va hacia la ciudad!
Su puerto es infinito de muelles plantados de fuego
Donde maniobran las grandes palancas silenciosas.
Su puerto está erizado de torres cuyos muros suenan
Con un ruido subterráneo de agua que se infla y zumba en ellas.
Su puerto es pesado de bloques tallados, donde las gorgonas
Arrojan haces negros de víboras mortales.
Su puerto es fabuloso de obras vivas esculpidas
Cuyos vientres de plata hacia los senos de oro se exaltan.
Su puerto es solemne de tempestades domeñadas
En las abras de bronce de esquisto y de basalto.