Un largo día, de una extensión inquietante: el cielo es doble: el arriba y el abajo son semejantes y el suelo falla a tus pies. Desplegar pues todo de un golpe esto que puede tener espacio entre tus dos brazos; después, no moverse más: no es nada que deba cambiar en este horizonte isótropo...
Y sin embargo, bajo tus ojos, ese cambio de piel, de color y de humor: eso no es nada que se humille como la carretera. Y sin embargo, penetrado por reja de obras vivas, eso es lacerado por las redes, golpeado por los remos, habitado por los seres miriadarios como los pájaros en el viento.
Eso es más viejo y fundamental que el continente sólido: es el durmiente, el llorón, el voluble mar que va a decir el nombre (que tantos viajeros ignoran)... Mas, ni el mar del Golfo donde tres jornadas conducen de un cabo hasta el otro, ni las aguas calientes donde los peces navegan como flechas y golpean sus alas libélulas... Ni el Glacial, que lleva durante los meses de invierno. Esto no es frío y no es caliente; tibio justo en el grado de las lágrimas y de la lluvia de tormenta. Él no está aquí o allá. Se le conoce todo de un golpe, delante de sí, cuando se espera que haya huido. Es el mar de la Gran Nostalgia.