“En el jardín las rosas dejan de ser las rosas / y quieren ser la Rosa”, dice Borges al final de “La noche joven” en su libro postrer Los conjurados. La identidad de cada rosa, y su portar por nombre “rosa”, las remite a todas al arquetipo del que son imagen y proyecto. Es por ello que “desean” (tiende su discurso en el tiempo a) reintegrarse al arquetipo. Ser la Rosa.
Creación, en hebreo, se dice “BriÁh”. Y para decir “salud”, se usa en hebreo el término “BriÚt”, que proviene de la misma raíz que “BriÁh”. ¿Qué significa esta palabra, que usamos en hebreo para decir “salud”? Si aplicamos las reglas que rigen la formación de palabras a partir de raíces en el idioma hebreo, resultará que “BriÚt” significa, en realidad, “creabilidad”; ésto es: estado en que algo es “creable”, “hábil para ser incluido en la Creación”, con la palabra “hábil” asumiendo el mismo sentido que cuando, en lenguaje jurídico, establece que alguien soltero es “hábil para el matrimonio”.
Una cadena de sentido, inasible en principio desde nuestras herramientas de cognisción, une a la salud con la creabilidad. Y todo empieza con el carácter permanente de la Creación, que no deja de proyectarse en la perennidad del acto creativo (de cada acto creativo) en el tiempo.
“Creo que el mundo está tratando de escribir poemas y elige gente al azar para componerlos. Nuestra tarea es no arruinarlos”, dice John Burnside, escritor escocés entrevistado recientemente por La Nación. No obstante su perdonable alusión al azar, el carácter del poeta, del creador, en tanto instrumento de una voluntad superior que escribe a su través, que se recrea en él, es patente en la percepción del acto creativo (y sin duda, de la inspiración) a poco que rasquemos un poco las cáscaras discursivas del análisis íntimo de todo creador (valga este ejemplo elegido como muestra del conjunto). Se es instrumento de creación hacia arriba, como lo es hacia nosotros la pluma entintada o el buril.
El discurso de conexión con ese “deseo del mundo de escribir poemas”, o más genéricamente el discurso de conexión con lo sagrado, la con-sagración con el Tú absoluto, se inicia en la metáfora que perimetra seductora y elusiva a lo innombrable, le saborea los contornos, le roba una fragancia, un recuerdo, un zapatito de cristal. La redención se produce cuando la creatura —parte del Creador portadora de información única e irrepetible que, combinada con otra que porta el código, se constituye en pieza cimental del puzzle— aprehende el verbo genético y se reintegra al Creador.
Dice Rabi Schneur Zalman en el “Tania” (Shaar haIjud vehaEmunah 1, 77a) que cada palabra hebrea es el resultado de combinaciones y permutaciones de las letras de los Diez Dichos con que el Cosmos fue creado (cada una de las veces que está escrito “Y dijo E-lokim” en el inicio del Génesis); dice que a través de tales combinaciones y permutaciones se deriva paso a paso el significado del Uno en los significados particulares de cada existencia individual, hasta que las letras se invisten de la cosa, de la forma, y le dan existencia; ésto es: identidad. “La palabra hebrea que designa a cada cosa individual, es la fuerza vital de la misma”, sentencia el autor del Tania con claridad.
“Somos los que se van. La numerosa / nube que se deshace en el poniente / es nuestra imagen. Incesantemente / la rosa se convierte en otra rosa”, vuelve a susurrarnos Borges (en “Nubes (I)”, Los conjurados), anamnético, en este punto de la reflexión. Se recrea a sí misma la rosa a cada paso-instante en que se mantiene relacionada con el arquetipo; mientras no se desnaturalice, mientras no pierda su condición de rosa, será a cada instante otra rosa proyección de la Rosa; su expresión en el tiempo; su emancipación respecto del tiempo.
En el fragor de la lucha contra los nazis, el filósofo Jean Guitton respondió a una pregunta de Charles de Gaulle de este modo: “La cobardía, general, es buscar la aprobación y no la verdad; las condecoraciones y no el honor; el ascenso y no el servicio; el poder y no la salud de la humanidad”. Hablábamos de la salud, y capaz que él decía otra cara de lo mismo que nosotros. Una salud moral subjetiva y fundacional del ser, cuyo colapso es, en las palabras de Guitton, la cobardía, que me place traducir en tanto la desconexión, la asfixia del lazo que nos une al arquetipo, al Proyecto, al amor como lenguaje permanente del Cosmos.
Salud: estado en que algo se encuentra, cuando la corrupción no ha hecho mella en su esencia vital ni en los instrumentos que le han sido provistos para su transcurrir en el mundo; se está sano cuando el estado de uno es compatible con la expectativa de contenido vital, con el objetivo conferido a la propia existencia en el acto de su creación. Mientras sea esperable de uno que llegue a cumplir el objetivo trascendental de su vida; mientras haya desde quien eres caminos posibles hacia la formulación del discurso que llevas codificado en el alma, tu naturaleza se mantiene conectada con el origen de todo sentido, y puede decirse que eres sano; ésto es: hábil para participar de la creación: Barí. Que estás en condiciones de dar.