Hebreo
Papeles de un traductor
El Tiempo, la Información
y las Relaciones de Mutua Inclusión

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Ierushalaim, Nisán 5763

Un tipo inteligente absorbe psicoactividad concentrada para saltear escalones, de puro apuro para poder equivocarse más rápido para llegar a ganar el derecho a la holgazanería y rehusarlo. El tipo se droga porque entonces ve luces que no está preparado para ver desde el punto de vista a que tiende de común, y espejos que no ha aprendido a resistir. Y oye voces que no debieran hablarle.

Entonces es la metamorfosis del laberinto, porque el tipo desatiende los conductos que habitualmente le proveen luz, y se desentiende de aquéllos por los que de común la emite. Y la luz, de color siempre otro, llega a través de otros conductos, otros protocolos, que pueden generar un desborde de nuestros receptáculos de luz, y luego eso que llama la Cabaláh “rotura de los receptáculos”: una luz demasiado fuerte e intensa para uno, lo quiebra, desde la ansiedad primero, desde una distorsión de la propia progresión cognitiva después.

“El pasado es arcilla que el presente / labra a su antojo. Interminablemente”, culmina “Todos los ayeres, un sueño” en Los conjurados de Borges, libro que estoy exprimiendo como a una botella de Semillon helado u a un puñado de aromas tibios en un altar neumónico. El pasado, y el futuro, recogen los desbordes de significado del presente. El sentido del presente se vuelca en la añoranza o desperezamiento en dirección a las puntas del propio tiempo.

Y hablamos de ese tiempo que la lengua hebrea llama “Zmán” (pronúnciese la “zeta” como el zumbido de un mosquito). Zmán, sospecho que antes de significar “tiempo” (si acierto en la preminencia del verbo sobre el sustantivo), es raíz de la que surge el verbo “lehazmín”, que se traduce por “invitar”. Alguien que está “zamín”, es alguien que se encuentra accesible, potencialmente invitante e invitable desde y hacia una realidad que le es exterior. Zmán, el tiempo, es la “invitabilidad” de ida y vuelta de cada coyuntura conciencia-espacio; es la altura que ofrece tridimensionalidad a la imagen plana y quieta, expectante, de la conciencia-espacio cuando el tiempo se suspende.

El minuto es en hebreo “dakáh”: delicada, delgada, leve. La hora es “sha’áh” (*), de raíz shin-ain que es la del verbo “lehoshí’a” (**): salvar, redimir, cambiar para bien la circunstancia; de algún modo: trasladar. El día es “iom”, que comparte raíz con el “iam”, que es el mar. La semana es “shavú’a”, que es “sabé’a”: satisfecho, y “shvu’áh”: juramento (que se sostiene en el tiempo como excepción a la habitual incidencia de la circunstancia en la adopción de decisiones). El mes es “jódesh”, que es “la cualidad que hace nuevo a lo nuevo”. El año es “shanáh”, que es la raíz del verbo “leshanót”: cambiar, mudar, y del verbo “lishnót”: estudiar, elaborar sobre un texto, explicar, finalmente aprender.

Nótese que el aprendizaje incluye el cambio, que a su vez incluye al fundamento de la novedad que tiene dentro suyo a la satisfacción y el juramento proyectivo, que incluyen por último la mayor extensión sobre la faz del mundo que es la de los mares, en los que está incluida la salvación por vía de una mutación de la circunstancia en el perenne mecer de las olas de los siete de ellos, que incluyen bajo sí una existencia, un transcurso, un discurso y por fin un dibujo delicado, delgado, leve, frágil si no estuviera en el corazón mismo del tiempo subjetivo, que no es sino el único tiempo y todos ellos.

“En cada instante la clepsidra deja caer la última gota”, culmina el poema “Doomsday” de Borges, aún en Los conjurados. Por eso, cada instante resignifica la vida entera, como cada acto de cada hombre muda el discurso de la humanidad. Por eso, las rosas que aún no vi portan sentido de acción; porque si son rosas que no vi es que son rosas que imagino, que preveo; ¿sabes qué?: son rosas que son. En conexión directa conmigo porque están en mi tiempo, invitadas a mi conciencia que se traduce en verbo que agita al mundo sustantivo. Son de la más alta casta de las rosas, porque derivan directamente de la Rosa. Y en tanto no las vi, existen todo el tiempo porque están presentes en mi conciencia, en el perpetuo acicate de mi verbo interior. Pertenecen al “Zmán”, al tiempo, a la invitabilidad (capacidad volumétrica y vocación de contener) de la conciencia-espacio. Por eso —importa decirlo— las veo en la plegaria, que habrá de ser tema de otro Papel.

 


* Donde se encuentra presente un apóstrofe ‘ dentro de una palabra, simboliza la presencia de la ‘ain, una “hache” gutural pronunciada desde el estómago.

** De ese verbo sale el nombre Iehoshú’a que, en el original hebreo, coincide en los dos que la transcripción latina ha llamado distinto: Josué, y Jesús. Cuando se lo traduce en lugar de hacer ese mamarracho, se lo suele traducir por Salvador, que no es la exacta conjugación de la raíz en el caso, pero es, por la sustantivación del verbo que trae consigo, bastante aproximada.