“Freedom is not but an other word for nothing left to lose” (Libertad no es sino otra palabra para decir que nada queda que perder), dice Janis Joplin con toda la pasión de su garganta desde algún MP3. Y de algún modo, tiene razón: no tener qué perder, es efectivamente una forma de libertad.
“Lo que te dije es lo anterior”, leí hoy, y me dije que necesitamos conciencia de los límites. ¿Qué puede significar una frase como “lo que te dije es lo anterior”? Hay frases construibles, válidas en la sintaxis, que son “indibujables” en la mente. Y si es posible construirlas, son, por tanto, concebibles; pero no tengo modo de dibujarme íntimamente, en el lenguaje íntimo que usa imágenes y no palabras, algo que se corresponda con “lo que te dije es lo anterior”. Necesitamos límites. El ejemplo lingüístico-verbal es banal si no lo transportamos a la otra lengua: la de la acción; la de la vida.
En hebreo, “libertad” se dice de muchos modos distintos. Para expresarlo de otro modo: en la palabra “libertad” del español hay alusiones a muchas cosas diferentes entre sí. Acaso sea eso lo que nos confunde.
Hay la libertad del fondo de los abismos. La de “nothing left to lose” que habla del dolor de la carne y la dignidad injuriada que se rebelan, revelando el alarido del espíritu quebrado, que rompe en este acto todos sus compromisos, anula sus juramentos, cancela gestos y costumbres, y se hace del fondo del abismo por señorío y feudo, refugio y cobijo de la vida clandestina. De este tipo de libertad, en sus casos extremos, goza (no exclusivamente ni siempre) la “bohemia” no intelectual de vagos arracimados por el mundo, y vagabundos que tienden una mano para vender paz a la conciencia de los seres urbanos apurados. Una hermandad clandestina de desconocidos que se han situado fuera del alcance del discurso de la normalidad, y que a veces, llegan a significar instituciones como la que halla Fernando en el “Informe sobre ciegos” de Ernesto Sábato, y establishments de poder y los mismos vicios con que no se pudieron medir cuando vivían allá arriba, alrededor de la boca del abismo. El “drór” hebreo (de la raíz “dardér” = descender) que, a través de cambiar hacia abajo el propio entorno, autoriza también al tuerto a ser rey en tierra de ciegos, y al ser tridimensional a reinar sin pena sobre la majestad del plano. Correspondientemente, “drór” puede ser entendido también como emergiendo de la raíz “dar”, que habla de morar, residir. Es la libertad que elige no vivir en donde se ejerce sobre uno forma de coerción alguna; el sujeto de “drór” mora, indiferentemente, en cualquier parte, porque la morada no es algo por perder —ésto es: a cuidar—, y el espacio público equivale entonces a cualquier espacio privado, con tal de que la propia morada no sea un espacio normatizado por el afuera.
Hay otra libertad, que tiene que ver con liviandad. Es la libertad del joven despreocupado, de la persona agraciada en la vida terrena, a quien todo le sale desde modestamente bien hasta con destellos, y sin mayor esfuerzo. La misma calidad de libertad de la que goza por quince días de vacaciones el empleado que sólo puede tomar distancia del yugo en esos anhelados momentos especiales. Es la libertad que se congela en un ocio del mismo nivel que el esfuerzo evitado. Burbuja de tiempo hábil para la inflexión, no provee una salida obvia el “jófesh” hebreo, que sale de la raíz “japés” = buscar: sólo la búsqueda conciente, volitiva, esforzada y vital, facilitará desde allí las respuestas y aperturas de camino connaturales al propio tiempo, que éste no provee. De no hacerse presente la iniciativa intensa y fogosa, nada relevante nacerá del tiempo de “jófesh” que no un suave embrutecimiento de las facultades mentales y espirituales.
Mas tiene también su lugar en la conquista progresiva de la libertad, el “jófesh”. Puesto que, cuando se ha arribado a la desnudez fundamental del “drór”, es cuando se puede empezar a aprender a preguntar. Uno ya no está sujeto a la norma de un afuera que rige los espacios y los tiempos (ha salido de la opresión al desierto, al silencio, con rumbo a); y puede empezar a preguntarse qué clase de códigos le regirán en lo sucesivo.
Y hay, por fin, otra libertad, que es resultado de un camino conciente. Comienza en la adopción de los límites apropiados desechando los previos, y en la realización de un mapa de energías, de aconteceres, que incluya aquéllos con los que nos vamos a conectar, y aquéllos con los que a ningún precio lo haremos. Continúa con el vestir a esa intuición ética de una doctrina con la que pueda comprometerse la voluntad, y de establecer dicho compromiso íntimo con la vigencia de un pacto vital. El pacto se traduce en un código de pensamiento y de conducta, que si cumple con las condiciones necesarias para ser un “sistema” en términos lógico-matemáticos —a saber, coherencia y consistencia—, no dejará, en ningún instante, cuestión filosófica anterior a la experiencia presente sin responder. Esta libertad recibe el nombre hebreo de “jerút”, la misma palabra que “jarút” = grabado, usada para describir la relación entre las letras que poblaron las Tablas del Pacto (o “de la Ley”) con las propias Tablas. La libertad que nace de un código grabado e indeleble en el alma, desde el cual el albedrío entre bien y mal muta en la univocidad de lo justo y perfecto. La libertad que autoriza y propicia el deleite y la armonía de toda la Creación.
El círculo parece cerrarse encima del punto de partida. No tener qué perder porque nada es propio, porque todo es, siempre, concesión mágica (supra-lógica) a nuestros afanes de belleza codificada en pensamiento ético y acción, a nuestra acción amorosa y a nuestro dar soporte al bien. Porque la causalidad ésta básica en que vivimos, que aparece a veces evidente, es no más que una sombra del reflejo de la sombra concreta de la vera causalidad trascendental, según la cual todo lo que acontece, forma parte y se encuentra al servicio de un acontecer global que ninguna de nuestras herramientas cognitivas es capaz de abarcar, y que incluye en sí a las dimensiones del espacio, a las del tiempo y a las de la conciencia. No obstante, hay evidencia de herramientas de previsión respecto de la causalidad supra-lógica; de “cálculo” que prescinde del imposible conocimiento de las reglas que la rigen.
La verdadera identidad de la pre-cognisción (el conocimiento de eventos internos o externos al sujeto, en un tiempo anterior a su acontecer) es debatida tanto por investigadores de las ciencias psi tradicionales como por parapsicólogos:1¿se trata de conocimiento objetivo y anterior en el tiempo, sin inherencia directa en el desarrollo de los eventos? ¿O es la pre-cognisción, en realidad, no más que una de las formas que adopta la psicokinesis (la acción de la mente sobre la materia: “mind over matter”), en la que el sujeto de pre-cognisción revierte la cadena causal, de tal modo que el “efecto” que anuncia y produce, precede y es generador de la causa que lo deberá desencadenar?
Entre las pistas para abordar el tema, se encuentra el principio de Heisenberg en la mecánica cuántica, según el cual, a nivel del mundo subatómico, el observador afecta el status de su objeto de observación. “Kal vaJomer” (lo más liviano y —por tanto— lo más severo), dirá el talmudista, deduciendo de un ejemplo particular extremo toda la gama de posibilidades. Y ya sabemos, los cultores de la letra escrita, que un libro es reescrito por cada uno de sus lectores. Que un libro es tantos libros como lecturas merezca, como mínimo. Y que el autor es siempre “un otro” respecto de sí mismo en tanto autor de la obra: la obra y su “vida propia” cambian al autor, crean al autor, desde fuera de la volución natural del sujeto, si podemos hablar de sujeto a priori de su obra (o de autor aun después).
“Los rótulos sirven para simplificar las descripciones, aunque también, es cierto, generan algún compromiso emocional, modificando el panorama que no pretendían sino describir”, advierte Jorge Dujan2 en un foro de debate filosófico por e-mail. Y agrega: “Algo similar a lo que sucede con la prensa (...). La prensa clama no hacer otra cosa que describir, reflejar como un espejo. Sin embargo incide, modifica aquéllo que se supone sólo refleja. Es como si nos miráramos a un espejo, y al tomar conciencia de nuestra imagen, cambiáramos la actitud corporal, de un modo que sin el espejo no ocurriría...”.
Lo que en este razonamiento se aplica a los “rótulos” sociales, su condición de “modificar el panorama que no pretendían sino describir” en las dimensiones de la conciencia, es en las dimensiones de la conciencia-tiempo el argumento para entender que precognisción es, de algún modo, psicokinesis. Que el hecho de que alguien tenga conciencia de algo, incide en ese algo indiferentemente a la ubicación del sujeto y el objeto de la conciencia en el tiempo lineal. En el extremo, que la cognisción misma, la conciencia de un algo y su enunciación, inciden significativamente en el discurso de la realidad en lo que a ese algo concierne, y desde ahí, en la realidad toda. Entonces, leer o decir “lo que te dije es lo anterior”, formulable y aún incomprensible, tiene un lugar en el puzzle espiral, de muchas más que tres dimensiones. Porque estaremos hablando, en la historia universal y en cada historia personal, de una cierta lista de pronunciaciones fatales, que hacen de columna vertebral de la vida (en todo el resto de la cual nos es ineludible optar y elegir). Psicokinesis de la Mente UniVersal, podría llamarse desde este contexto a la literatura sagrada y la profecía, herramientas del Jerút.
Asumir el mapa psicokinético de la Mente, participar de la videncia de venido y porvenir en su calidad de vestimentas para el presente, contextos del propio discurso vital, es pasar a disponer de la causalidad supra-lógica como herramienta trascendental para la propia libertad, que es la iniciación al Orden, confrontado a las ciegas milicias del Caos.
Hay, entonces, la libertad de la caída libre, la libertad de la suspensión, y la libertad de la trascendencia. Ser libres de optar entre ellas es la meta-libertad fundacional del pensamiento y la acción, cáscara que viste y velo que guarda las verdaderas opciones de la vida. “Hebreo”, ivrí, es el que trasciende la fascinación de los velos, que los rasga, que decapita los ídolos, y reducidas a polvo las máscaras inertes, holla el camino y hiende a conciencia y certidumbre plena las carnes de la vida, con rumbo decidido al Jerút y todo su aliento comprometido en el camino. Desde esa opción se determinan los estados del espíritu: felicidad, alegría, tristeza, euforia, melancolía, que serán, si a ello consiente la voluntad del Creador, materia de otro de estos “Papeles de un Traductor”.
Sea entretanto, esta breve reflexión acerca de la naturaleza de la Libertad que no es sino otra aproximación a la naturaleza del Tiempo, ofrenda al tiempo de Jerút que significa, para el espíritu hebreo, este tercer día de la festividad de Pésaj en el año 5763 de la Creación: festividad de Jerút, de éxodo de pobladores de los abismos en dirección a la vera luz.
Tomo como fuente principal la recopilación que se ofrece en “Precognition and the Prophetic Tradition: From ESP —direct mind to mind communication— to the Effective Myth”, por Jan Ehrenwald, Journal of Psychology and Judaism, Vol I No. 2, Spring 1977, Ontario, Canada.