“Prestad oído los cielos / y hablaré; / y oirá la tierra los dichos de mi boca”.
(Devarím —Deuteronomio XXXII).
Ierushalaim, Nisan 5763
Va a despedirse Moshéh (Moisés) del liderazgo sujeto a un tiempo: va a liberarse de la conducción cotidiana del pueblo y del ansia de cada día, para restar paradigma y faro, modelo y discurso intemporal que se repite, texto que se reescribe de continuo significante y significado a la vez, sin necesidad de peripecia vital que le aliente.
Hemos hablado, en un Papel anterior (Papeles VII, a disposición por pedido sonrisa, de los tres niveles de la libertad en el hombre, que se compadecen con etapas de crecimiento: el drór, o etapa en que se aprehende la desnudez fundamental; el jófesh o asunción de la búsqueda en sí misma, para aprender a preguntar; el jerút, o grabado de la respuesta en el alma, y desde la respuesta vital, la asunción de una cosmogonía, de un plano del laberinto sobre el que empezar a trabajar. Entonces, recién entonces, es habilitado a nacer el demiurgo, a semejanza del Demiurgo. Entonces, recién entonces, llega la oportunidad de la redención y la dignidad unidas en un crecimiento unívoco por fin.
Va a despedirse Moshéh de este mundo. Por cuarenta años, vivió en la suficiencia embrutecedora de la corte, y superó la prueba de la indolencia, que culminó en el acto fatal de una muerte y una huida que sustancian el compromiso con un modo de ver la vida, con un modo de hacerse y de preguntar.
Por otros cuarenta, buscó sin cesar y halló, en la consagración al bien de cada instante; buscó el lenguaje de su búsqueda íntima, y halló que la consagración del tiempo —de la sustancia del lenguaje de la vida— a la búsqueda del Uno, le torna a uno hábil para hallar. Expectante ante el anuncio que sus primeros ochenta años propiciaban, fue llamado por una voz grabada en su corazón, y dedicó otros cuarenta años a ensanchar las bases de la Voz, a guiar a la conciencia múltiple a través de las coordenadas de un espacio moral articulado en su voz.
La primer etapa la cruzó por el llano y después saltó. Los siguientes cuarenta años de discurso, aún por el llano mas oteando suspicaz a las alturas, resultaron en una nueva trascensión hacia la Voz. Tras el recorrido espacial, múltiple, de la etapa final en su construcción de la libertad, llega la hora del último salto, de la última de las trascensiones concebibles en este mundo, y la anuncia por la Voz diciendo un canto.
“Prestad oído los cielos, / y (entonces) Hablaré / y (por tanto) oirá la tierra los dichos de mi boca”, anuncia al comenzar.
De este modo, comienza su tránsito vertical: Atended, cielos; puesto que si atendéis, yo hablaré; y si hablo, oirá la tierra lo que diga mi boca (que no es forzosamente lo mismo que hablaré, sino que es lo realmente traducible en “palabras de mi boca” de cuanto me apresto a hablar; porque yo hablaré, cielos, para vosotros).
Sólo tendrá sentido que oiga la tierra “los dichos de mi boca” si movido por la atención de los cielos es que yo hablo. Así dice Moshéh, el “incircunciso de labios” según intentaba excusarse ante el Creador cuarenta años antes, rehuyendo la misión: soy hombre de verbo oral imperfecto. Justo el mayor adalid del verbo en su máximo expresión en la historia hebrea; aquél que dice y cuanto dice se cuela en el acontecer; ese había resultado, en la comunicación horizontal, “incircunciso de labios”.
Moshéh ha arribado al jerút, a la libertad propiamente dicha, que no puede fundamentarse sino en el conocimiento cabal y la percepción de la evidencia. Nada queda que aferre al suelo a quien ha llegado allí. El tránsito horizontal ha culminado en un círculo perfecto que le define en los mundos inferiores, y ha de proceder al ascenso, a cargar su libertad consigo y ya no reflejar la luz desde abajo en retorno hacia arriba, sino hacerse proyector, difusor, de la luz de lo eterno en los entresijos del tiempo.
Por eso canta. Porque, como dice Schopenhauer, “la música es tan inmediata objetividad de la voluntad, como el universo” (Mundo como voluntad y representación, volumen primero, libro tercero, cap. 52). El canto, como estética previa al significado, para invocar a la belleza como soporte a lo que se habrá de decir. Porque acaso, con Kant, “la belleza es la respuesta espontánea que opera como condición de posibilidad de la moralidad” (Crítica del juicio, 59), y Moshéh necesita un molde bello para el alerta moral que tenderán hacia la eternidad sus palabras.
Así resuelve, entre otras cosas, la discusión entre creador y partícipe, entre autor y lector. Se escribe porque no hay más remedio. Porque los cielos. Se escribe porque es inevitable. Y si ya se escribe, si ya se recibe la idea de la obra y se la plasma, se requiere que los cielos atiendan. La atención de los cielos garantiza que se oiga la obra sobre la tierra. Y aún, hay que escribir para los cielos.
Morelliana:
La penumbra del entendimiento, el ocaso, da oportunidad a la forma.
Esta penumbra del entendimiento ocurre cuando nuestro paso atrevido nos lleva allende los límites del territorio que accede a iluminar el sol de la razón, y queda una luna blanca referenciando el pasado que no se querrá recuperar, del que abrevan las raíces de un glorioso renacer.
Entonces, desde lo oscuro, toma lugar la revolución de la forma, el relapso de un saber que envuelve amorosamente al entendimiento pequeño; y lleva en vilo a los sentidos hasta la cara de adentro del lenguaje, hasta la piel tersa y tibia y blanca que descubre la prisa de los dedos en sintonía de amor.
La resurrección de la forma es el nacimiento de un nuevo sentido, que traerá consigo a una nueva razón. Es el amor, siempre, que obra maravillas.