Hebreo
Papeles de un traductor
“¿No tendrá el Creador explicaciones?
Contadme a mí”

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(Bereshít - Génesis XL,8)

Ioséf (José) está en la cárcel. Tras ser vendido como esclavo por sus hermanos a unos mercaderes Ismaelitas, llegó a Egipto, donde pasó a desempeñarse en el hogar de un ministro de Faraón. Y era muy seductor Ioséf, lo que no pasó desapercibido para la esposa del ministro, que a la primera oportunidad quiso tomar para sí la belleza del muchacho, y éste huyó despavorido dejando su saco en manos de ella. Despechada, denunció la mujer a Ioséf por un presunto intento de violación. Y fue a parar Ioséf a la cárcel a la que son arrojados la élite del Reino cuando caen en desgracia: donde los presos del mismo Faraón son encarcelados.

Ahí llegan también, al caer en desgracia, dos de los ministros del trono. Y una noche, ambos sueñan, y tras soñar, despiertan inquietos y anhelantes.”Haló le Elokím pitroním: saprú na lí” (¿No tendrá el Creador explicaciones? Contadme a mí). La pregunta “¿No tendrá el Creador..?” es retórica; de hecho, en hebreo, tiene la forma mas no la entonación de una pregunta.

Hemos revisado (Papeles VIII) el inicio del canto de despedida de Moshéh, que ocurre casi 400 años más tarde: “Prestad oídos los cielos y hablaré, y oirá la tierra...”. Si los cielos atienden, yo hablo, y entonces escucha la tierra. Ahora, Ioséf nos propone una relación en principio similar: las explicaciones las tiene Dios; por consiguiente, contadme a mí.

Desgranemos el razonamiento. Tenemos una realidad oculta del presente, simbolizada en el lenguaje de los sueños; y dos seres oscuros, en términos de que no acceden a iluminar esa realidad. Ellos quieren saber qué se esconde tras los sueños, mas no cuentan con la luz adecuada para iluminar la opacidad; la luz de su entendimiento se estrella contra las caras exteriores de los símbolos soñados. De modo que confían a Ioséf su pesar.

Ioséf es sabiduría, entendimiento y conocimiento. Su propio nombre significa literalmente “agregará”; indica un más allá de lo inmediato, una trascendencia implícita en su mero existir. Atiende a la tristeza de sus compañeros, y les indica que las explicaciones, de existir, las provee el Creador. Y de modo natural, inmediato, se ofrece a ver por ellos.

“Las explicaciones provienen de Dios. Contadme a mí”, indica con naturalidad. Porque provienen de Dios, es que os las podré revelar. Son necesarios todos los componentes del juego. El sueño a interpretar, es de los seres oscuros. Las interpretaciones, son de Dios. El puente, la antena, es Ioséf el Hebreo, Ioséf el Kadósh; ésto es: sagrado, segregado. El puente es el hombre que se preserva sagrado dentro de la Creación, que no se deja contaminar, que huye despavorido de la lascivia profanatoria de la mujer del ministro.

¿En qué términos, o a partir de qué, se erige como puente? Porque son de Dios las interpretaciones, es que podré brindároslas yo. Porque yo soy sagrado. Que es una cualidad inherente a la vida temporal más allá de la esencia. Ioséf puede erigirse en antena no por quién nació, sino por quien es en cada instante, por la convicción que le alienta, por la plenitud de su práctica vital.

“¿No son —acaso— de Dios las explicaciones?”. ¿No es sintonía con el Creador lo requerido por la facultad de interpretar lo que la razón no lee, lo que la angustia no resuelve, lo que la ley no rige? ¿Y cómo, entonces, no podría leer para vosotros yo? No hay soberbia en Ioséf. Al revés, incluso: es su supeditación al conocimiento verdadero, al sentido moral de la Ley en tanto norma de conducta que rige su vida toda, la que lo obliga -mucho más allá de habilitarle- a erigirse en intérprete de los sueños de los seres oscuros.

El triángulo de siempre, con el techo abierto. Casi un tetrágono, si no fuera la máxima profanación el trazado de la cuarta línea arriba del todo, justo por donde entra la luz y sale, rumbo al firmamento, reflejada por los cuerpos brillantes. El desafío, siempre, pasa por transmutar lo opaco en brillante. Lo opaco absorbe la luz; lo brillante la refleja a su vez; la reproduce instilándole su propia impronta. Es el deseo de recibir, redimido a través de la voluntad de dar.

Es precisa la interpretación de Ioséf. Uno de los ministros será devuelto a su cargo; el otro, será depuesto y sentenciado a muerte. La suerte de ambos les es anunciada por el Creador en los sueños que les da a soñar, que sólo un hombre sagrado podrá decodificar. Porque la sacralidad cierra las entradas a la contaminación del alma y de la mente, y abre a la conciencia una sintonía superior de la luz, para la que estamos preparados. Hay que construir templos, santuarios hechos del propio tiempo, para arribar al conocimiento y adquirir sensación de la verdad.