Hebreo
Papeles de un traductor
La Semántica del Lucero

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“No aspira el hebreo al horizonte inalcanzable, sino a la corriente capaz de conducirlo hasta él”

“Mi abuelo, bendita sea su memoria, me sentaba en su regazo en el patio
de la casa de Toledo, me hacía mirar al cielo y me señalaba verano
tras verano un lucero y me decía: ‘aquél que brilla más entre todas
las estrellas’. Ahora sé de lo que en realidad me estaba hablando”.

Silvia Chico

Ierushalaim, Iár 5763

Y sin embargo, a la hora de cada movimiento crítico, uno mira fijamente el tablero, registra de un vistazo las posiciones, entorna la mirada. Y de pronto, miro hacia otra parte: hacia detrás de mi adversario que transparenta colores sospechosos; hacia mis sueños; hacia arriba por fin: hacia la sonrisa indeleble del infinito.

No parece que la estabilidad sea una cualidad inherente al futuro. Hacia el pasado los eventos son claros, las jugadas están hechas; un mundo de causas confluye a este instante fugaz en que lo pienso y me propongo una táctica puntual que responda a la estrategia de mi vida. El lucero añorado me susurra la gloria de lo posible al oído.

“Nada más que miserables / palomares de concreto. / Tras el ramaje abatido / de unos árboles resecos. / En la ciudad que me oprime, / al vicio de madrugarla. / Donde no hay uno que avise. / Pero muchos que se guardan, ignorándote. / Lucero del alba. / Ignorándote. Lucero del alba”, lamentan incluso los rockeros tan actuales de Almafuerte en su canción “Lucero del Alba”. Lamentan, quiero creer, a los que miran al suelo; aún, a quienes miran al cielo faltos de fe. Tienen buena puntería en este canto.

El Lucero persiste en el tiempo, y torna al anhelo transmisible, traducible allende los límites temporales de cada persona. Por generaciones, podemos llorar y soñar contemplando en el cielo el lucero ambivalente: ora por naciente, ora por poniente. Como el horizonte hebreo, que se llama “ofek”, de la misma raíz que “lehitApék”: “aguantarse”, “reprimirse”. El objeto de deseo y la retención, en una misma raíz. Uno se retiene frente al horizonte porque teme que el salto es demasiado largo, que la misión excede las propias fuerzas. La visión del más alto horizonte produce, entonces, un resultado adverso: “quédate quieto”, “no es para ti”. La cordura previniendo la locura, estableciendo sus límites; o el instinto de conservación contra el poder de la fe y la poesía. Y sin embargo.

Y sin embargo, hay un tiempo para todo. Hay el lucero quieto, el del instante lujurioso de la mayor melancolía, el tiempo del lucero cierto que se congela en un presente inenarrable para siempre; y el lucero ese que provee la tranquilidad del eterno retorno, el que se hace ver cada día dos veces, el que advierte en cada día un “estoy aquí”, un “nada ha cambiado”, un “confía, que mañana también hay”.

De la misma raíz hebrea que “ofek” y que “lehitApék” nace la palabra “afík”: un canal por el que fluye el agua, o una corriente, si es de aire. Tales “afikei maim” o corrientes de agua son, desde la inspiración analógica, aludidos por el salmista cuando dice (Salmos XLII, 1-2): “Como el ciervo suspira por las corrientes de agua, así suspira hacia ti mi alma, Elokím”. La corriente de agua que conecta al espíritu -que se aguanta, se reprime, se restringe- con el horizonte lejano, es objeto de la mayor sed, de la mayor aspiración. No aspira el hebreo al horizonte inalcanzable, sino a la corriente capaz de conducirle hasta él. No se me ocurre mejor definición de presente desde un eje moral.

“Bajo tu clara sombra / vivo como la llama al aire, / en tenso aprendizaje de lucero”, dice el primer poema de Octavio Paz en “Bajo tu clara sombra” (1935-1944). Otra vez, el lucero es el paradigma, acaso inalcanzable; flama que somos en el aire bajo “la sombra de”, la máxima aspiración es asemejarnos al lucero. Así, en hebreo, “rendir culto a Dios” se dice “la’avód et Hashém” que, literalmente, significa “trabajar el Nombre”: trabajamos el Nombre para aproximarnos al Creador Innombrable. Trabajamos desde el nombre de lo posible, para aproximarnos, siempre a ciegas, siempre desde la incomprensión, a lo sustancialmente inalcanzable.

Lucero es, dicen, “el que lleva la luz”. Le prefiero en cuanto “el que guía hacia la luz”. “¡Adiós primorosa flor! / Adiós lucero invariable, / solamente comparable / a la estrella de mi amor; / cuando sientas un dolor / parecido al que yo siento, / Dios quiera que tu lamento / no sucumba en la ignorancia, / y atraviese la distancia / sobre las olas del viento”, reza el exquisito Almafuerte (el de verdad: Pedro Bonifacio Palacios, nacido en 1854 en San Justo —provincia de Buenos Aires— y fallecido en 1917 en la capital argentina) en su poema “Décimas”. El lucero paradigmático es invariable, y solamente comparable al máximo paradigma, a la “estrella de mi amor”.

“Aquél que brilla más entre todas las estrellas”, decía el abuelo de Silvia, de bendita memoria, señalándole el lucero. Señalaba un horizonte, un camino a recorrer, un código, un lenguaje a recuperar, una flor a abrir a pura gana y valentía. Señalaba una estética sagrada del coraje. Nos señalaba un ejemplo inefable, una búsqueda eterna que ningún error humano es capaz de borrar. Podemos, sí, mirar hacia abajo, o confundir el significado (mutar la semántica) del lucero, aún infinitamente, mientras el paradigma sagrado, segregado y apartado de nuestra capacidad de errar, permanece accesible siempre, indiferente a quienes somos, si bien dedicado a quienes somos naturalmente capaces de llegar a ser.

Depende del día. Hoy está todo bien gracias a dios. En el ajedrez de la conciencia, uno tiene todas las piezas y ve con claridad el tablero, mas debe ir intuyendo las reglas a partir de los movimientos de adversario y circunstancias, que parecen conocerlas a priori y decidir su estrategia sobre la base de liberar la información lo más lentamente posible; sabiendo que el desenlace dependerá en gran parte de nuestra conciencia del verdadero juego, el puntual como el global.