Casi nunca leo diarios; me produce vértigo la velocidad con que cambia de piel la realidad profunda, de paso inextricable: cómo se esconde bajo la realidad periodística que la cubre de vestiduras inanes. Mas a veces, sólo a veces, recurro a la tentación de compadecerme del tiempo, y hojeo lo que dicen, en los mismos medios, algunas voces que se desatan el chaleco ese que te mantiene a flote sobre la piel del mar, y se dejan llevar a las profundidades insondables del alma, para allí también, alzar la voz.
“Los personajes de En América reflexionan mucho sobre la posibilidad de cambiar. Uno afirma que se es lo que se cree ser; otro, que somos aquéllo en lo que nos hemos convertido”, dijo recientemente la escritora Susan Sontag, hablando de su última novela en entrevista de Silvia Adela Kohan para el diario La Nación. No he tenido ocasión aún de leer la novela del caso, mas desde ya, he de agradecer a Sontag su feliz formulación de un problema fundamental de la filosofía, articulado en lenguaje actual.
¿Qué se es? ¿Qué identidad se vive, y cuál se es capaz de reivindicar? Ludwig Wittgenstein (1889-1951) advierte, en el prólogo a su Tractatus Logico-Philosophicus (1918) que “posiblemente sólo entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos”. En tales términos, un libro, la realidad de afuera, el discurso del Otro, aún el tú esencial, sólo son capaces de comunicarnos lo que, en realidad, está desde un inicio dentro nuestro. Nada se aprende que no sea revelación de la propia interioridad. Cuando digo que alguien es mi interlocutor, estoy forzosamente significando que hay cierto grado de comunión entre su experiencia de la realidad y la mía, que hace que cada uno pueda operar la articulación de un conocimiento que reside en el interior del otro.
Nada sino eso mismo ocurre con un libro. Cuando un libro me dice algo, devela ese algo en mi propia conciencia, proveyéndome el lenguaje, el código, en que articularlo. El libro, el otro, la realidad de fuera-de-mí y aún las experiencias íntimas del amor, del dolor, etc., son entendibles así como herramientas de anagnórisis, de revelación, y en esos términos, de crecimiento y expansión del yo, hacia el exterior, desde la experiencia íntima del despertar. “Un libro no es un libro hasta que haya alguien que lo lea”, se entiende desde el ámbito de las ciencias del espíritu, porque el factor constitutivo del libro como tal es su carácter de herramienta para la “autognosis”, para la producción subjetiva de conocimiento en tanto inauguración de estados de conciencia, de los que hablan Dilthey y Husserl siguiendo una línea de pensamiento que en Occidente comienza quizá con Hegel, y que es fundamental para comprender la cadena hebrea de conocimiento.
¿Qué se es? Siguiendo esta línea de pensamiento, se es uno y el mismo desde un inicio; pero ese que se es, está en realidad al final del camino. Con un poco de buena puntería, se va siendo “más ese” cada día, a cada paso que se avanza en el camino del conocimiento, estimulado por la experiencia subjetiva de la realidad. Toda la experiencia del tiempo está llamada a abrir y desarrollar, en uno, quien uno desde un inicio es. Entonces, “estamos siendo”, siempre, aquéllo en lo que nos convertimos, rumbo a quien uno Es, en potencia que se revela merced al aprendizaje de la vida.
Por otra parte, decir que un libro “no se recibe de libro” hasta que hay quien lo lee, es decir que uno no es quien cree/quiere ser hasta que la imagen de quien uno cree ser es la que refleja el espejo. Hasta que la realidad de afuera no lo reconoce a uno por tal. Continúa Wittgenstein en el prólogo de su “Tractatus”: “lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que es imposible hablar hay que callar”. Uno sólo puede hablar de lo que está dentro de sí, y aún así, sólo cuando ha adquirido el lenguaje capaz de articularlo. Pero viene Arthur C. Clarke, a mi antojo personal, a responder la limitación acaso intuible en la sentencia del “Tractatus”. En la segunda de sus leyes (incluidas en Perfiles del futuro, 1962), sentencia: “La única manera de encontrar los límites de lo posible es ir más allá de esos límites y adentrarse en lo imposible”.
“Adentrarse en lo imposible” tiene que ser salir del apretado corsé de la razón rumbo a la magia. A propósito de los genios, dice Mark Kac (1987) en su autobiografía (citado por José Padrón G., 1996, “Fascinación retórica y pensamiento mágico en las ciencias del espíritu”): “Un genio ordinario es alguien al que usted y yo habríamos podido igualar si hubiéramos sido varias veces mejores. No hay ningún misterio sobre la manera de trabajar de su intelecto. Una vez comprendido lo que ha hecho, nosotros seríamos capaces de hacerlo. Es diferente con los mágicos. Están, utilizando la jerga matemática, en nuestro complementario ortogonal, y la forma en que su espíritu trabaja es a todas luces incomprensible. Incluso después de haber comprendido lo que han hecho, el procedimiento por el que lo han realizado queda completamente oculto”. Penetrar lo imposible es poner a la conciencia a tomar atajos que la razón no contempla.
El “genio mágico”, el mago a secas, es el lector que todo libro quisiera. Porque desde una apertura de conciencia muy superior a “la media”, exprime del texto una cantidad y calidad de sentido, de significado, muy superior a la que es capaz de develar quien se encuentra atado a la razón. Es Newton, que no se limita a deducir la fruta machucada de la manzana que le cae en la cabeza. O el escocés Alexander Flemming, mirando con inteligente extrañamiento el plato de un microscopio accidentalmente lleno de moho por culpa de una espora que había volado por el aire; moho del que deduciría, rato después, la penicilina. Formas de conocimiento guardadas dentro de uno, que aguardan al primer estímulo exterior capaz de despertarlas, al primer código capaz de articularlas, y salen espléndidamente a la luz.
¿Hay un mapa posible de ese genio, de esa magia? Esa es, quizá, la pregunta cimental que subyace en la disyuntiva entre ser quien se cree/quiere, y ser aquél en el que uno se convierte a cada paso. ¿Hay un puente que conecte a aquél en quien me voy convirtiendo con quien de veras busco (o estoy llamado a) ser? ¿Hay un mapa de esa conversión paradigmática, que habrá de implicar siempre un apokalypsis, una revelación máxima de los más recónditos recovecos de la conciencia, abriéndose como una flor flameante que no teme el contacto con el aire, con el agua, con la tierra, con el sol?
Agrega Susan Sontag, más adelante en el reportaje citado: “En En América he elegido como protagonista de mi novela a una mujer ambiciosa y consciente de su talento, que cree que no existe una vida feliz, sino sólo una vida heroica”. La disyuntiva pareciera ser, aquí, entre una vida feliz, “plena” en cuanto a la satisfacción del deseo, y una vida heroica, una vida que siempre se está exigiendo más allá de “lo que se da”, y a cuyas cumbres, por consiguiente, se arriba merced a medirse con lo que parece quedar muy por encima de uno; merced a la participación de circunstancias internas y/o externas que escapan a “lo normal”. Un ejemplo nos ayudará a comprenderlo mejor: “Nunca creí que un hombre se convirtiera en héroe por estar diez días en una balsa, soportando el hambre y la sed. Yo no podía hacer otra cosa. Si la balsa hubiera sido una balsa dotada con agua, galletas empacadas a presión, brújula e instrumentos de pesca, seguramente estaría tan vivo como lo estoy ahora. Pero habría una diferencia: no habría sido tratado como un héroe. De manera que el heroísmo, en mi caso, consiste exclusivamente en no haberme dejado morir de hambre y de sed durante diez días. Yo no hice ningún esfuerzo por ser héroe. Todos mis esfuerzos fueron por salvarme”, dice el protagonista del Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez (cita recogida de http://www.ufsc.br/coperve/vestibular2000/simulado10.html). Salvarse, en las circunstancias que le tocaron, es algo que está por encima de lo esperable en términos normales. Pero se salva. Y al hacerlo, se constituye en héroe, que rompe con la experiencia propia los límites de lo razo
nable, de un modo simétricamente idéntico a como el “genio mágico” lo hace al leer, a su peculiar modo, el texto que dispone ante él la realidad.
¿Qué se es? ¿Cómo dirigir en qué habrá de convertirse uno? Hay que saber elegir el texto al que abrir los tiernos pliegues de nuestra conciencia. Toda la realidad, toda la experiencia, es texto. Y hay que saber elegir, porque todo texto incide en el modo en que se abrirá y desarrollará nuestra conciencia. Todo “texto”, ergo: toda experiencia, nos convierte. “La carta en la manga no es la filosofía, sino el pensamiento; no el sistema, no el conocimiento, sino, como para Heidegger, el asombro”, me dicta la psicoanalista Silvia Bleichmar en una nota reciente del diario Clarín (serie “Los intelectuales y el poder”, mayo de 2003). Y sigo leyendo diarios, porque es oportuno contemporizar.
Cuando los hebreos sostenemos que todo lo que hay que aprender se encuentra contenido en la Toráh, estamos diciendo que hay un mapa del camino disponible para decidir en qué habrá de convertirse uno. Ser hebreo es, a través del discurso de la búsqueda íntima de ser, filtrar con descarada minuciosidad los textos que tocarán nuestra conciencia, que estimularán el autoconocimiento como experiencia fundamental a cuyo través crecemos y nos acercamos, heroicamente — ésto es: a todo precio—, a ser lo más que a nuestra naturaleza haya sido concedido (a arribar al máximo desafío del que somos capaces). Decir que todo el conocimiento se encuentra en la Toráh es decir que, bien lo sabemos, el conocimiento está en nosotros; y en la práctica y el estudio de la Toráh se encuentran las llaves hábiles para abrir los arcones de la conciencia que guardan lo que, a priori, nos es indecible, porque desconocemos el lenguaje; porque, sencillamente, nosotros no lo sabemos decir.
Nada de ésto se comprenderá desde la razón común. La sutileza de la trama normativa de la Toráh no es abordable sino como sistema, y desde dentro. Sólo desde el fundamento mágico de la experiencia hebrea se llega a percibir como obvio que Rabi Shimón bar-Iojai supiera, hace casi 2.000 años, la composición de la molécula del agua, o el funcionamiento de los dos hemisferios cerebrales. No era Newton, y tampoco Flemming. Él, como todos los grandes iniciados hebreos, disponía de un sistema consciente, articulable, derivable en un “manual de instrucciones” accesible a cualquiera que siga la huella.
En un par de días desde hoy, los hebreos estaremos conmemorando la festividad de Shavuót, un nuevo aniversario de la “entrega de la Toráh” al pueblo de Israel en el monte Sinai. Se conmemora “Matán Toráh”, la entrega de la Toráh; la entrega y no la recepción. Porque ciertamente, un libro se convierte en texto recién cuando hay un lector que lo lea, que lo escriba dentro de sí. La Toráh, fundamento de la filosofía hebrea de la trascensión, es mapa de ese camino que, fuera de ella, sólo se ve como la magia de ese genio de que nos hablaba Marc Kac, diciendo que “la forma en que su espíritu trabaja es a todas luces incomprensible”. Penetrando lo que desde fuera se ve como imposible, inconcebible, lo que el lenguaje de la razón es incapaz de articular, la Toráh formatea, configura la conciencia del hombre habilitándole a convertirse en hebreo, que en su máxima expresión, es asumir el papel de creatura “a imagen y semejanza” del Creador, de demiurgo en el tiempo. De mago, en fin.
Shavuót es la oportunidad de la iniciación. La Toráh no se recibe: se entrega. Que es lo mismo que decir que recibir la Toráh es ejercerla, incidir desde ella en la realidad, en el mundo conformado por la suma de conciencias con las que dialogamos sin cesar, desde la naturaleza misma de estar vivos. Acaso por ello mismo, leemos en Shavuót el libro de Rut, cuyo tema fundamental es el ejercicio del bien, la conducta moral, el comportamiento solidario, todo aquéllo que hace de piedra fundamental para una iniciación trascendental en el camino de la Toráh.
Jag Saméaj, celebración feliz y plena, para todos.