Nada aprendemos que no esté previamente dentro nuestro. Acaso sea esa la razón de uno de los problemas que debemos enfrentar de continuo: el de identificar nuevas realidades que toman forma frente a nosotros, desde criterios nacidos de otras realidades, previas y diferentes. Vemos una forma que nos es extraña, la asimilamos a una que conocemos, y actuamos como si ésta, la nueva, fuera en realidad la otra, la vieja, para la que ya teníamos una reacción preconcebida. Una suerte de pereza intelectual nos lleva a actuar siempre, en la medida de lo posible, de modo reflejo.
Esta introducción viene al caso porque, si cuanto aprendemos está previamente dentro nuestro, hay un marco conceptual fundamental que deberemos ser capaces de develar, decodificar, de nuestro propio interior, antes que a partir de enseñanza alguna proveniente del exterior. Tal es el caso de la lengua en que nos decimos, que suele ocultar entre sus pliegues de tules fónicos, ritmos, cadencias y gravosas colecciones de palabras, la verdad acerca de cómo experimentamos el sentido, la acción, el color, la risa y la angustia, el desafío, el pasado y el camino en nuestras vidas. Toda nuestra experiencia vital, y lo que llamamos cultura que da lugar a los modelos referenciales por que nos regimos, halla síntesis posible en cómo nos decimos, con tal de que seamos capaces de amar el arte de hurgar en las palabras.
Tomemos aquí, al menos muy parcialmente, un caso puntual, que nos acerque a una idea del método: ¿Qué es un amigo para quien vive en hebreo?
El “amigo” en español se confronta a dos palabras distintas en hebreo: “jabér” y “iedíd”.
Para un acercamiento primario, la más fácil es “iedíd” (iod-dalet-iod-dalet): se compone de una duplicación de la palabra “iad” (iod-dalet), que significa “mano”. De ahí, desde una pura literalidad, la amistad se simboliza en dos manos inseparablemente estrechadas.
Un acercamiento más minucioso nos merecerá la palabra “jabér”, que designa a un sujeto activo del verbo “lejabér”: unir, enlazar. “Jabér” es, entonces, quien está sustancialmente unido, enlazado a uno, más acá de la circunstancia, de los tiempos y los espacios cambiantes.
La palabra “jabér” consta de tres letras: jet, bet, reish. En la construcción peculiar del idioma hebreo, toda sucesión de letras se compone de una suma progresiva de sentidos. Así, si tengo la letra “jet”, tengo la esencia de la vida (“jai”), dada por la correspondencia entre las dos letras-trazos que la componen: la “vav”, que revela la presencia vivificante del Creador sobre la creación, y la “zain”, que la oculta o devuelve de modo reflejo a su matriz. Cuando tengo la “jet”, entonces, tengo la esencia del circuito vital.
Para proseguir en la construcción del “jabér”, debo agregar ahora la letra “bet”. La “bet” es el número 2, el par, y es también símbolo de la casa (“bait”, que se escribe igual que el nombre de la letra); de la morada, que toman por asiento la vida y la luz. Por el valor numérico de su nombre (“bet” o “beit” = bet + iod + tav = 412), la letra “bet” refleja también la “taAváh”, el apetito u deseo que se despliega en el hombre, ya para bien o para mal. Desde su forma cóncava y su carácter de “morada”, la “bet” representa también la fecundidad.
Tenemos entonces la esencia de la vida, el circuito vital de la energía, y tenemos la morada. Tenemos la luz que circula y que circunda, y a continuación de ella, la morada fecunda. De esta combinación jet-bet salen raíces que, asumiendo este fundamento, le agregan sentido a través de más letras sucesivas: “jabá” (jet-bet-alef) que es esconder, refugiar; “jabáb” (jet-bet-bet) que es experimentar afecto; “jibáh” (jet-bet-hei) que es afecto y aún amor; y contrapuesta a ellas, “jabát” (jet-bet-tet) que es golpear con fuerza: la manifestación negativa de la fuerza vital egoica que se apodera de su morada. También de esta raíz nace “jébel” (jet-bet-lamed) que es cuerda, lo que ata; “jabák” (jet-bet-kof) que es abrazar; y por fin, “jabér”: el amigo.
Para obtener al “jabér”, tomamos la esencia vital y la morada en que se apoya, y les sumamos la letra “reish”: la cabeza, el principio rector de toda relación, ya entre el hombre y sí mismo, ya con sus pares, con su mundo y aún con el Creador. En su carácter de “cabeza”, de principio rector, se ocupará de que la “taAváh”, los apetitos de la “bet”, no se desvíen hacia su manifestación egoica negativa. La “reish” simboliza también a la pobreza, a esa “pobreza” íntima que precede en el camino, a la anulación del ego y sus deseos; porque sin tal supeditación del yo a la idea de un colectivo vital, de muy poco habría de servirnos la idea de amistad.
Así se construye, amigos, en las palabras con que nos decimos, el amigo hebreo.
Enseñan nuestros sabios que setenta rostros tiene la Toráh —setenta habrá de tener también la lengua—; cada herramienta de lectura que nos es dada, iluminará una faz para hacernos propicia la sabiduría. Es infinito el camino del conocimiento, y el horizonte, se hace patente a cada paso.