Hebreo
Papeles de un traductor
¿Cómo se conjuga el propio tiempo?

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Tamúz 5763

Hablar de la vida es hablar de tiempo; hablar de muerte, en cambio, es hablar de más allá del tiempo, de donde el tiempo se congela porque no hay más sujeto que lo experimente como tal. De ahí que, en términos de vida hebrea, los tiempos no se diferencian por su posición en una recta, sino por el acontecer que contienen.

En la literatura bíblica, pasado y futuro intercambian sus conjugaciones. Por ejemplo: a lo largo de toda la Toráh, vaiómer: “y dirá”, aparece ¿por? veAmár: “y dijo”. Recíprocamente, en vehotsetí etjém meErets Mitsráim, “y os saqué a vosotros de la tierra de Mitsraim”, leemos simultáneamente “y os sacaré a vosotros de la tierra de Mitsraim”. Desde que Mitsraim, nombre que atribuye la primer lectura del relato toraico específicamente a Egipto, significa “opresiones”, es posible leer el versículo también como “y os sacaré a vosotros de la tierra de las opresiones”, del lugar de la opresión: en el futuro, a cada uno de vosotros, lo sacaré, lo liberaré, del lugar opresivo, de la opresión del lugar.

En la literatura bíblica, la conjugación de verbos en presente significa una acción que por vía de permanecer en el tiempo, se revela intemporal. En el primer texto de la lectura del Shemá (Devarím —Deuteronomio— VI,6), alude Dios a los preceptos de su Toráh diciendo: asher anojí metsavjá haióm: “que yo te ordeno hoy”; y hoy es el abanico que proyecta el arquetipo de “día”, es cada día, es todo el tiempo.

¿Caminamos entonces, en la vida, por el lugar cuyo contacto nos construye un pasado, peleando por asirnos del futuro, para llegar a percibir los verdaderos alcances del ya?

Pasado es, en sentido estricto, sólo lo terminado, culminado, carente de vida y de toda fuerza motora. Paradójicamente, pasado es lo que no se proyecta al futuro: futuro es, entonces, el estado natural de la vida, del sujeto de conciencia, y el origen de la tensión vital que nos llama a buscar un horizonte, porque portamos raíces que se nutren del pasado.

¿Caminamos entonces, rumbo al horizonte y siendo el horizonte, cargando un fardo —más pesado cada vez— de pasados devenidos documento capaz de argumentar que somos capaces de presente?

Cuando dice Kohelet (Eclesiastés I,9), en la pluma del rey Shlomóh (Salomón), “lo que ha sido es lo que será”, no está hablando escépticamente de la imposibilidad de toda novedad: está anunciando que lo que fue no ha culminado, que el mismo proceso de que formó parte lo que fue, se prolongará en lo que será. Está diciendo que lo que fue no ha terminado de ser, y está inscripto en el mismo único Plan que seguirá lo que será.

Así ensalma la identidad del tiempo la inspiración del Rey David: “Porque mil años en tus ojos son como un día ayer que pasará” (Salmos XC,3). Porque un día es el ciclo mínimo de la Creación, y cualquier cantidad de acontecer ya culminado, enajenado de uno, finado al fin, no puede hallarse representado sino en una sóla completa unidad de tiempo, en un ciclo singular que se basta para contener cuanto ya no acontece. En un día entra la memoria del mundo, y ni mil años podrían contener las infinitas posibilidades de mañana.

En el extremo simétrico al del pasado, cuando decimos la palabra “porvenir”, no suele estar presente en nuestra conciencia hasta qué punto aludimos a una fatalidad, a un destino inefable: hablamos de futuros por-venir, que van a venir, per se, como si el diseño de ese futuro nada tuviera que ver con nosotros. En hebreo, hablamos de la vida que sigue a ésta aludiendo al olám habá: el “mundo que viene”. No un mundo hacia el que nos dirigimos en modo alguno, sino un mundo, un tiempo, un entramado de circunstancias, que avanza hacia nosotros, que acaso estamos quietos, perplejos, y agitamos las manos porque queremos estar eligiendo, incidiendo, produciendo, pero ni sabemos ni buscamos cómo. El tiempo de la redención final, el fin de los tiempos, es el atíd labó: el “futuro por-venir”.

¿Caminamos entonces, en la vida, notando que crecemos cuando cambia en nosotros sin cesar la percepción del horizonte, soltando a medida que crecemos los lastres petrificados del pasado —y así convirtiéndolos en armas—, atendiendo a desatender al futuro, articulándonos en el discurso del que se apura a gozar ansiando que el colapso del futuro le sorprenda en el orgasmo?

En la doctrina hebrea, asociado a la sabiduría, hablamos de la sumisión al Patrón de la Creación; hablamos de la humildad de saber que podemos obtener felicidad verdadera y plenitud, por vía de ingresar al orden cósmico por la puerta que sintoniza nuestra lengua. Y eso nos vivifica; ésto es, nos da vida, nos da la calidad de futuro que dotará de valor inconmensurable a cada instante presente. Porque hallar la puerta psíquica al rol y la misión vitales que nos son naturales, implica poder pararnos sobre el pasado, sobre lo que murió, sobre lo que pasó; y desde allí, ya no cesar de ser futuro, ya no tener más días que valgan menos que mil años.

¿Caminamos entonces, en la vida, rumbo al horizonte y aprendiendo a ser el horizonte, siendo en el telar una cuerda tensa que une pasados proyectivos con futuros ciertos, para merecer el ascenso a la conjugación en presente?

¿Entonces morir es que se disuelva la tensión para hacernos presente, para liberarnos de la última esclavitud: la del futuro que adviene; y es para ser finalmente sobre el tiempo que nos exiliamos del lugar?

Decíamos más arriba que “hablar de muerte es hablar de más allá del tiempo, de donde el tiempo se congela porque no hay más sujeto que lo experimente como tal”. Pero vivimos inmersos en una cultura, que propicia la concepción de la muerte en tanto final abrupto de una tragedia incapaz de desenlace natural. Y acaso no sea la muerte colapso sino apocalipsis: revelación y ascenso.

¿Se envejece después de morir? ¿Se sigue creciendo, madurando? Hablando de otra cosa que del destino del cuerpo inane: ¿se cambia aún, después de muerto? Hablar de muerte es hablar de no-futuro en el lugar. En el lugar.

¿Caminamos entonces, en la vida, tratando de ponernos bizcos para aprender a ver el horizonte como un único punto, y desde allí, en un instante fascinante, dibujarlo vertical?

Hablar de muerte es hablar de un viaje al no-lugar en que no hay posibilidad de colapso (de que colapse uno en el tiempo), y desde el que se conoce la altura por primera vez. Se agota la tensión por fin, porque uno se hace presente que no cesa, indistinto en el pasado y el futuro.

¿Caminamos entonces, de uno mismo a uno mismo surcando el río del tiempo, para memorizar el mapa?

El no-lugar “deconstruye el tiempo en unidades fractales, intensas como agujas de hielo y fuego”, escribí en Una canción para merecer el canto: no hablaba del no-lugar cual se lo vive fuera del tiempo, sino de esa percepción del no-lugar y de la ruta de tiempo que los mortales -los que no hemos muerto- percibimos merced al espíritu de re-ligazón, a la religiosidad. A una ligazón deficiente, se corresponde el espíritu de re-ligazón.

Y estar vivos obliga, entonces, a proveer la mayor dotación de significado posible al presente, a cada instante presente; y procurar para cada instante la mejor calidad de significado. Porque subir por ambas escalas a la vez no es sino trabajar para sorprender nosotros a la eternidad al llegar a su terreno para quedarnos, con las más gloriosas vestiduras que hayamos vestido nunca, para vestirlas por un “siempre” que, mortal, no soy capaz de comprender.

Y aún lloro en cada entierro. Pero lloro por lo que pierdo yo.