El mundo comenzaba en los senos de Jandira.
Después surgieron otras piezas de la creación:
Surgieron los cabellos para cubrir el cuerpo,
(algunas veces el brazo izquierdo desaparecía en el caos).
Y surgieron los ojos para vigilar el resto del cuerpo.
Y surgieron sirenas de la garganta de Jandira:
El aire enterito quedó rodeado de sonidos
más palpables que el de los pájaros.
Tal cual un sol diminuto.
En torno del aroma de Jandira
la familia andaba tonta.
Las visitas tropezaban en las conversaciones
por culpa de Jandira.
Y un padre en la misa
olvidóse de hacer la señal de la cruz por culpa de Jandira.
Y Jandira se casó.
Y su cuerpo inauguró una vida nueva.
Aparecieron ritmos que estaban de reserva.
Combinaciones de movimientos entre las caderas y los senos.
A la sombra de su cuerpo nacieron cuatro niñas que repiten
las formas y manías de Jandira desde el principio del tiempo.
Y el marido de Jandira
murió en la epidemia de gripe española.
Y Jandira cubrió la sepultura con los cabellos de ella.
Desde el tercer día el marido
hizo un gran esfuerzo por resucitar;
no se conforma, en el cuarto oscuro donde está,
que Jandira viva solita,
que los senos, la cabellera de ella, trastornen la ciudad
y que él se quede allí sin razón.
Y las hijas de Jandira
parecen más viejas que ella misma.
Y Jandira no muere,
espera que los clarines del Juicio Final
vengan a llamar su cuerpo;
pero ellos no vienen.
Y aunque vengan, el cuerpo de Jandira
resucitará todavía más bello, más ágil y transparente.