Griego
Yannis RitsosYannis Ritsos
Ismenia

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Notas sobre Ismenia

Durante la traducción de este monólogo poético, para comprender mejor la intención del poeta Yannis Ritsos al escribir sobre Ismenia,me fue preciso refrescar la memoria en lo referente a los acontecimientos que narra Sófocles en sus tragedias. Leer un poco de historia griega me ayudó también a explicarme por qué en el transcurso del poema encontramos a una Ismenia de la antigüedad que aparece en el siglo XX de manera simultánea. Los siguientes fueron apuntes personales tomados durante esas lecturas.

Si damos un repaso a los nombres de los personajes que para enfrentar la lectura de Ismenia nos atañen, podemos decir en forma sumaria que ésta era hija de Edipo y Yocasta, reyes de Tebas; hermana de Polinices, Teocles y Antígona; sobrina de Creón; prima de Hemón, novio éste de Antígona e hijo de Creón y Eurídice. Edipo, a su vez, por una jugarreta de la fatalidad, era hijo de Yocasta y Layo, o sea, también hermano de sus propios hijos, esposo de su propia madre y asesino de su padre.

Los griegos clásicos, anteriores a Esquilo y Sófocles, “...tomaban los asuntos para sus tragedias como se toman los motivos para modelar estatuas o bajorrelieves, idénticos en el fondo por la repetición de escenas y de tipos; pero en los que cada escultor —retocando un grupo, entreabriendo un labio, acentuando una mirada, corrigiendo un gesto, acompasando una actitud en distinto ritmo— obtenía, a su vez, una expresión diferente y un rasgo nuevo. Su originalidad se desenvolvía holgadamente en este círculo sencillo. No innovaban más que en los detalles: no perseguían más objeto que obtener un grado mayor de perfección”.1 A la manera de esos clásicos griegos, Ritsos vuelve a escribir la tragedia, esta vez desde la óptica de Ismenia.

Podría decirse que Ismenia tiene un papel secundario en las tragedias originales de Sófocles, creadas en torno a la leyenda de la infortunada familia del rey que, al descubrirse esposo de su madre y asesino de su padre, se revienta los ojos con los broches de oro del vestido de aquella, antes de emprender el viaje a Colona, camino al destierro, cumpliendo así el castigo que él mismo había decretado contra el asesino de Layo, en compañía de su hija Antígona quien le servirá abnegadamente de lazarillo y consuelo.

Ritsos revive —o rescata— a Ismenia en el siglo XX narrando su drama no magnificado por Sófocles quien, respecto a esta leyenda, puso todo su énfasis en tres conocidas tragedias: Edipo el tirano (Edipo Rey), Edipo en Colona y Antígona. Ya no es Ismenia la mujer en segundo plano, sometida por la desgracia como consecuencia de los actos involuntarios de sus progenitores; la antiheroína que flaquea cuando Antígona le pide compañía para dar sepultura a su hermano Polinices, ni la que decide acatar el mandato de Creón, que lo había condenado a permanecer insepulto con el fin de impedirle ingresar a la vida después de la muerte por haber atacado la ciudad de Tebas, sino el testigo ocular único capaz de narrarnos aspectos de la íntima personalidad de los desventurados parientes que vivieron a su lado. En Sófocles, muere Edipo en el destierro; Yocasta, Antígona, Hemón y Eurídice, cada uno en su momento, se suicidan; Teocles y Polinices mueren en el enfrentamiento por el poder en Tebas; Creón, nuevo tirano, partícipe de lo acontecido, destrozado e iracundo ruge y se lamenta en el peristilo de palacio, sin poder obrar contra el destino. Nuestra nueva protagonista, Ismenia, presenciaba y sufría aquel derrumbamiento familiar. La tragedia batió alas a su lado y Ritsos nos hace partícipes de esa otra visión.

La nueva Ismenia, simultáneamente en el poema, recuerda cómo de niña, en la antigüedad, observaba el mundo exterior a través de las aspilleras de una fortaleza tebana, y cómo lo ha mirado en el presente desde una ventana de la casa apenas habitada por ella, su mucama y la presencia intangible de los muertos. Intemporal, esta Ismenia sin edad definida desconcierta en un principio al lector: tanto permanece su recuerdo en el pasado, cuanto, en medio de una aparente vesania, nos remite al presente con reflexiones sobre un tiempo lento, de relojes detenidos y herrumbrados, de máquinas de escribir y oficinistas presurosos que envían y reciben papeles y papeles en tiempo de guerra, mientras, afuera, los sobrevivientes socorren presurosos a los heridos y acarrean a los muertos en camillas y parihuelas. La gente come, las gallinas escarban y ponen huevos en los cementerios; hay naranjas, leñadores, claveles; pero siempre, interpolados con el tejido de las cosas elementales de todas las épocas, como un paradigma del comportamiento humano, palpitan los hechos y la leyenda de la antigüedad griega: Creón, Hemón, los argianos, Tiresias, la Esfinge, el suicidio de Antígona o el pincharse los ojos de Edipo, a quien se cuida de no llamar por su nombre tal vez para hacerlo también intemporal.

Y, más que revivir a un personaje literario y algunas situaciones históricas, el poema Ismenia es una verificación de que la humanidad representada allí, su sicología y sus pequeñas-inmensas ambiciones, si no han permanecido vigentes e inmutables, en la práctica han tenido en realidad muy pocas variantes. Nuestra protagonista es una mujer vieja pero bien conservada, de memoria intacta, que guarda todas sus experiencias almacenadas en el recuerdo como si la antigüedad hubiera sido apenas ayer y no mediaran siglos entre página y página de la historia. Ismenia, viva otra vez hoy, mira, a través de la ventana, pasar camiones militares por una calle cotidiana, que podría ser una de las nuestras, ambientada de contemporaneidad con paquetes de cigarrillo desocupados y casquillos de balas. Al mismo tiempo, recuerda, admirada y sensual, a los guerreros tebanos de espada al cinto montando sus fogosas cabalgaduras, y nos señala con sorna y casi iracunda el lugar de las marmolerías en donde se han tallado las estatuas que han inmortalizado a los protagonistas de la guerra. Al modo surrealista, la mano del retrato de un general cae como si fuera un objeto cualquiera, y nadie se agacha para recogerla.

Después del rey Constantino, gobernaron en Grecia los militares. En Ismenia no se descuida una evidente intención crítica. Cabe anotar a ese respecto que Antígona, prototipo de la heroína griega, desobedeció los decretos promulgados por el tirano Creón y que, por ser tan vigorosas las palabras que Sófocles puso en sus labios, fueron prohibidos sus discursos en el teatro durante la dictadura del general Metaxas2 (1936-1941).

Anotemos también que Ritsos, paralelamente a su labor literaria, registró una intensa actividad política de izquierda que le trajo aparejado el confinamiento en varios campos de concentración. Entre 1948 y 1952 estuvo en el islote rocoso de Makrónicos y en Ai Stratis, y en 1967, al instaurarse la “dictadura de los coroneles”, fue deportado a los campos de Yaros y de Leros, en donde escribió gran parte de su Muro en el espejo. Después de dieciocho meses de prisión allí, se lo trasladó a la isla de Samos, siendo liberado, por su estado de salud, a fines de 1970.

“Hemos escogido tú vivir, yo morir”, le dice Antígona a Ismenia en la obra de Sófocles. “Cobra valor, a ti te toca vivir; en cuanto a mí, tengo muerta el alma desde hace mucho tiempo y ya no puede ser útil más que a los muertos”. En efecto, Ritsos ayuda a que se cumpla el deseo de Antígona: haciendo a Ismenia contemporánea de todos los tiempos, logra no sólo reescribir la tragedia vista en toda su plenitud desde un personaje secundario para Sófocles, sino, también, dar vigencia a la manera de ver la vida humana experimentada por los griegos de la antigüedad, que fue el origen de la metáfora trágica. Ismenia sigue estando triste en el monólogo poético de Ritsos, tal cual la imaginó también el Dante: “Ismenia sobrevivirá, irreconciliada e inconsolable, languideciendo en el umbral del sepulcro que la ha rechazado [...] El Dante la muestra en los limbos ensombrecida por el eterno duelo. ‘Ahí’, dice Virgilio a Estacio que lo encuentra en el purgatorio, ‘ahí se ven las que tú has cantado. Antígona, Argía e Ismenia triste aún cual ella fue’:

Et Ismene si trista como fue”.3

Pero la Ismenia de Ritsos, sin intimidarse al estilo de la antigua, superando la tristeza causada por lo trágico, podríamos decir que manifiesta una pesadumbre existencial y crítica. Llegando incluso a la confesión de sentimientos íntimos, son oportunas sus apreciaciones sobre el poder, la gloria, la muerte; incluso sobre las vivencias más elementales de las otras personas, como las de su hermana Antígona, a quien nadie mejor que ella vio actuar; desesperarse en medio de su heroico individualismo, quebrarse a pesar de su carácter rígido, sentir hambre a sus horas a pesar de la aparente plenitud, presa de las vejatorias servidumbres a las que está sometido el Ser humano, para, luego, retraerse como efecto de una reflexión silenciosa que desafía al tirano Creón, aun a costa de propinarse ella misma la muerte.

Esta Ismenia, que se confiesa sobria de gustos y de ambiciones en el monólogo de Ritsos, dice temer que algún día la sienten en el trono. Pero aun así, ha ocurrido: ahora está en el trono como una nueva heroína, viviendo, en la edad contemporánea, la prisión ineludible de la antigua Fatalidad. Pienso que ahora está en el trono de la alta literatura; un gran sitial en la poética universal que dejará improntas de profundo humanismo en el pensamiento de todos los que tengamos oportunidad de conocerla.

Elías Mejía
Calarcá, enero de 1998.

 

Notas

  1. Paul de Saint Victor. Sófocles, las dos carátulas, Biblioteca de los Grandes Maestros, Vol. III, Editorial El Ombú, Buenos Aires, 1933, p. 40.
  2. W. A. Heurtley, H. C. Crawley y C. M. Woodhouse. Breve historia de Grecia, Colección Austral, Nº 1.417, Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1969, p. 164.
  3. Paul de Saint Victor. Op. cit., p.143.