En el sur vivía un comerciante que se aplicaba en la venta de escorpiones.* Permaneció un año en Linchu** y obtuvo ingentes ganancias. Los lugareños, imitando su ejemplo, se internaban en las montañas con pinzas de madera. Así los atrapaban y luego los comerciaban.
Transcurrido un año, el comerciante regresó a Linchu y se alojó en una posada. Un día conversaba con el dueño cuando, súbitamente, se puso pálido y los cabellos se le encresparon.
—¡Yo he causado innumerables muertes y ahora el Espíritu de los Escorpiones quiere tomar venganza! —dijo con vehemencia y mucho pavor—. ¡Le suplico que me brinde su ayuda!
El dueño de la posada observó que en la habitación había una gran vasija. Le dijo al comerciante que se acuclillara. Luego, volteó la vasija y lo cubrió con ella.
Rato después llegó a la carrera un hombre de pelo amarillo y aspecto desagradable.
—¿Dónde está el comerciante? —preguntó al dueño de la posada.
—Se ha ido a otra ciudad —le respondió.
El hombre echó un vistazo hacia todos los rincones de la habitación. Luego, emitió tres veces un sonido parecido al succionar y se largó.
—Felizmente —dijo el dueño de la posada al desaparecer el hombre—, no existía ningún motivo para preocuparse.
Cuando elevó la vasija para que el comerciante saliera, éste hallábase convertido en un charco de sangre y agua.
*El veneno de escorpión se emplea en la medicina tradicional china para combatir el asma y como afrodisíaco.