Cierto comerciante de Chingchou* emprendió viaje de negocios y estuvo algunos años fuera de su casa. Motivado a tan prolongado alejamiento, su esposa mantenía frecuentes relaciones sexuales con un perro blanco que poseía.
Un día regresó el esposo. No bien se hubo acostado con su mujer, el perro penetró violentamente en el dormitorio, subió de un salto a la cama y mató al hombre a mordiscos.
Los vecinos informaron del asesinato al juez y la mujer fue encadenada y llevada al tribunal. Pero como no aceptaba los cargos que se le imputaban, una y otra vez, el juez ordenó que la recluyeran en una cárcel.
El perro fue traído ante el tribunal y se dio la orden para que la acusada compareciera simultáneamente. Al ver a la mujer, el perro se arrojó sobre ella, le desgarró el vestido y la penetró. La mujer no pudo alegar más argumentos en su defensa.
El juez, en vista de lo insólito del caso, resolvió elevarlo por ante el Tribunal Supremo. Envió a los amantes a la ciudad, escoltados por dos alguaciles, uno para la mujer y otro para el perro.
Los habitantes de todos los lugares poblados por donde pasaban, se quedaban asombrados al enterarse del motivo de su detención y ofrecían dinero a los alguaciles para que los compelieran a copular ante ellos. Los alguaciles, una vez reunida una considerable cantidad, los obligaban a representar el espectáculo. De esta manera, poco les faltó para enriquecerse.
Ya en la ciudad, la mujer y el perro fueron condenados al descuartizamiento.
(¡Qué atrocidad! ¡De veras el mundo es ancho y en él existen personas para todas las acciones! Pero, yo me hago la pregunta: ¿habrá sido ésta la única mujer a quien se ha compelido a copular con un animal frente a tanta gente?).