La esposa de Shi, de la aldea Wan, había caído bajo la influencia de un zorro y era muy desdichada.* Detrás de la puerta de su dormitorio estaba colocada una botella y el zorro se ocultaba en su interior cuando oía al marido regresar. La mujer miró a escondidas la artimaña e ideó una estratagema. No dijo nada.
Un día, cuando el zorro penetró a la botella, la mujer la taponó. Luego, introdujo la botella en una olla, la llenó de agua y la puso al fuego. La botella empezó a calentarse.
—¡Qué calor hace! —gritaba el zorro—. ¡Basta ya de bromear!
La mujer fingió no oírlo. El zorro gritaba y aullaba, cada vez más impaciente. Al final, ya no se escuchaba ningún quejido. Cuando la mujer destaponó la botella, en su interior sólo había un cúmulo de pelos y algunas gotas de sangre.
*Era creencia que el espíritu de algunas personas al morir se transformaba en zorro. Estos espíritus-zorros poseían poderes, mágicos algunas veces, y lograban influenciar o seducir a hombres y mujeres por igual. Para ello, tenían la capacidad de transformarse en hermosas figuras, femeninas o masculinas.