Un lugareño descansaba bajo la copa de un árbol. Atrapó a un piojo, lo envolvió con un papel y lo introdujo en un hueco del árbol.
Dos o tres años después pasó de nuevo por el mismo sitio. Recordó al piojo, miró dentro del hueco del árbol y observó el pedazo de papel con el cual lo había envuelto. Desplegó la envoltura de papel y apareció el piojo, mínimo como el afrecho. Lo colocó sobre la palma de la mano y comenzó a examinarlo. Tras un corto tiempo, la mano empezó a picarle y el piojo se fue hinchando. Expulsó al piojo de su mano y se largó.
Sobre la palma de la mano donde había examinado al piojo le brotó un tumor. Día tras día el tumor se hacía más grande, hasta que al final el hombre feneció.