Chino
Pu Sungling: Extrañas minificciones
Tu Xiaolei

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Tu Xiaolei habitaba en I Tu, en las montañas occidentales, acompañado de su esposa y su madre invidente. Xiaolei era excelente hijo y, aunque pobre en demasía, nunca faltaba en su casa el grato olor de los alimentos cocinados.

Un día, antes de salir a trabajar, compró carne y se la entregó a su esposa para que la preparara en salsa. La mujer, quien aborrecía a la suegra, cuando picó la carne la mezcló con algunos escarabajos. La anciana madre no pudo comer impedida por la hediondez que emanaba de la carne guisada y guardó la comida hasta que su hijo regresase.

—¿Cómo estuvo la carne? —le preguntó el hijo ya en casa.

La madre denegó con un movimiento de cabeza y le enseñó la carne. El hijo se enojó mucho, pero no profirió palabra. Cuando él ingresó a su dormitorio, dispuesto a dormir, pensó en golpear a su esposa, pero no se atrevió por miedo a despertar a su madre con el estruendo que se produciría. Se mantuvo inmóvil sobre la cama, ideando algún método para castigar a su esposa. Ella le interrogó si le sucedía algo, pero él no le respondió. Ella, como no había cenado, sintió hambre. Descendió de la cama y comenzó a caminar en torno a la habitación. Después de un cierto tiempo comenzó como a acezar.

—¡Si no te vienes a la cama, te propinaré una golpiza! —le gritó el esposo.

Al no recibir respuesta, él descendió de la cama y encendió una vela. Encontró a un cerdo dentro del dormitorio. Un cerdo con pies de mujer. El hombre, de inmediato, sacó la conclusión de que era su esposa.

Cuando el juez lo supo, ordenó que encerraran al hombre en una cárcel y mandó que custodiaran las puertas de la casa para imposibilitar el ingreso de los entrometidos.

Esta historia me la narró Tan Weichen, quien la experimentó muy de cerca.