Sun Yinxia, funcionario de Chucheng, me refirió que por su distrito cruzaron unos bandoleros y mataron a un hombre. Casi lo decapitaron y la cabeza le quedó colgando del pecho. Cuando se retiraron los bandoleros, los sirvientes del muerto levantaron el cuerpo para enterrarlo. Pero descubrieron que respiraba aún y al reconocerlo más de cerca notaron que la tráquea no estaba cortada totalmente. Le colocaron con cuidado la cabeza en su sitio y lo condujeron a su casa. Al otro día empezó a quejarse y medio año después ya había sanado merced a la esmerada alimentación que recibió.
Diez años después, el hombre estaba conversando un día con dos o tres amigos, cuando uno de ellos improvisó un chiste que motivó la risa de los otros. El hombre no paraba de reír y de tanta risa se le abrió la cicatriz del cuello y se le desprendió la cabeza. La sangre le manó en abundancia. Los amigos sólo pudieron certificar su deceso.
El padre del hombre acusó al causante de la risa. Pero entre todos sus amigos recaudaron dinero suficiente para pagar el entierro y el padre del hombre retiró la denuncia.
(Dice el extraño cronista: ¡Sin lugar a dudas, ésta ha sido la mayor risotada en toda la Historia! El hombre, ciertamente, debía haber fallecido diez años atrás, cuando su cabeza permaneció suspensa de un ligamento. ¡Pretender procesar al causante de la risa equivale a intentar procesarlo por la primera muerte del hombre!).