Una noche un cazador permanecía oculto en la montaña, cuando observó a un enano que no sobrepasaba los dos chi de altura y que se desplazaba solo por la orilla de un riachuelo. De pronto, otro enano se le juntó y le preguntó adónde se dirigía.
—A visitar a Yang, el de la cicatriz sobre el ojo —contestó el interpelado—. Su aspecto misterioso me infunde pavor.
El cazador entendió que no se trataba de seres humanos. Gritó y los dos enanos se esfumaron. Esa noche, el cazador atrapó a un zorro que tenía una cicatriz en la ceja izquierda, grande como una moneda.