Un bribón del pueblo andaba un día paseando por las afueras con algunos amigos, cuando vio a una joven montada a caballo que se acercaba.
—Les apuesto lo que ustedes quieran a que hago reír a esa muchacha —le dijo el bribón a sus amigos.
Los amigos se burlaron de él y apostaron una comida. El bribón se colocó delante del caballo y empezó a gritar:
-¡Quiero morir! ¡Quiero morir!
A continuación, amarró la faja* a una raíz que colgaba de lo alto de un muro, le dio una vuelta alrededor del cuello y alargó el gañote como si se hubiese ahorcado.
La joven sonrió cuando pasó. Los amigos del bribón, a duras penas, reprimieron la risa. Comenzaron a carcajearse al observar que el bribón no se movía, a pesar de que la joven ya se había alejado. Se le acercaron al bribón. Éste mostraba la lengua afuera y los ojos lustrosos. Había fallecido.
(Dice el extraño cronista: ¿No resulta increíble que alguien se ahorque con una raíz? ¡Constituye un buen aviso para los bribones!).
*La faja que servía para ceñirse el traje talar a la cintura.