Un hombre de apellido Chang, ocasionalmente paseaba por el riachuelo de un valle. Sobre el precipicio escuchó un fuerte sonido. Buscó un camino y trepó para mirar a escondidas. Vio a una enorme serpiente contraída como un tazón. Se agitaba en medio de la espesura. Con su cola golpeaba los sauces y resquebrajaba sus ramas. Dio la vuelta, se ladeó y cayó. Parecía como si un animal la hubiese atrapado. Así, el hombre la observó con detenimiento y no vio nada extraordinario. Pero tuvo una gran duda. Poco a poco se acercó hasta donde estaba la serpiente. Descubrió a una mantis religiosa alojada sobre la cima de la cabeza y sus tenazas la apretaban, haciéndosela bajar e impidiéndole huir. Largo tiempo después, la serpiente finalmente murió. Al mirar su chata nariz, observó que la piel y la carne ya se habían rajado.