Jan Sheng vivía medio año en su casa de campo. Al final del año lunar regresaba a la ciudad. Una noche, apenas se había acostado, cuando su esposa escuchó sonido de pasos. Ella se levantó a mirar. Dentro de la estufa los carbones estaban encendidos, abrasadores y ardientes y muy brillantes. Vio a una anciana, de probablemente ochenta o noventa años. Su espalda, arrugada como piel de gallina; sus cabellos, arruinados y en escaso número. La anciana le preguntó a la mujer: “¿No hay alimento preparado con harina de trigo?”. La mujer tuvo temor y no se atrevió a responder. La anciana, poco a poco, avivó el fuego con una varilla de hierro. Montó sobre él una antigua caldera y vertió agua dentro de ella. Muy pronto se escuchó el hervor. La anciana levantó la delantera de su vestido y abrió su cintura arrugada. Extrajo diez porciones de harina de trigo y las arrojó dentro del agua hirviente. Claramente se distinguió un ruido. A sí misma, la anciana se dijo: “Buscaré unos palillos de comer”. Lentamente salió. La mujer se acercó al salir la anciana. Con apremio, agarró la caldera. La bajó y después de taparla con una cesta de bambú, se acostó y se cubrió con una manta. Poco tiempo después, la anciana regresó. Preguntó con urgencia dónde estaba la caldera con la sopa. La mujer tuvo mucho miedo y gritó. Los miembros de la familia despertaron todos y la anciana se marchó. Levantaron la cesta de bambú e iluminaron para mirar. En el centro de la caldera habían amontonados unos diez escarabajos de tierra.