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El monje budista mendigoPu Sungling: Extrañas minificciones
El monje budista mendigo

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En la ciudad de Yinan existía un monje budista de origen ignorado. Andaba descalzo y usaba un hábito remendado. Recorría todos los establecimientos donde servían comidas ubicados en las orillas del lago.* Leía los sutras y pedía limosna. El monje era tan extraño que no tomaba ni el licor, ni la comida, ni el dinero, ni los granos que le daban. Cuando le interrogaban acerca de lo que en realidad deseaba, permanecía en silencio.

Alguien en una oportunidad le dio un consejo. —Maestro —le dijo—, ya que usted no come ni bebe, debiera marcharse a una montaña y vivir allá. ¿Qué hace usted en esta ciudad tan ruidosa y rebosante de olores de carne y pescado?

El monje entrecerró los ojos y continuó la lectura de los sutras, como si nada hubiera oído. Parecía estar imprecando entre dientes contra quien le formuló la pregunta. Como éste prosiguió con la insistencia, el monje lo traspasó con la mirada.

—¡Hago esto porque me place! —dijo el monje con vehemencia. Volvió a la lectura de los sutras y un momento después se marchó.

Algunas personas pensaron que el monje tenía que poseer un particular motivo para comportarse de tal manera. Entonces, fueron tras él por las calles y lo hostigaron a preguntas. El monje no les respondía, hasta que acabó por colmarse.

—¡Eso es asunto mío! —les gritó—. ¡Yo actúo como me venga en gana!

Varios días después, el monje se dirigió hasta las afueras de la ciudad. Se echó a dormir a la vera del camino. Permaneció allí, inmóvil, como un muerto, durante tres días. Los lugareños sintieron temor de que pudiera morir de inanición. Esto les traería problemas con las autoridades. Ellos se reunieron y juntos fueron a tratar de convencer al monje.

—Maestro, si se retira de aquí le donaremos todos los alimentos o el dinero que desee —le dijeron.

Pero el monje prosiguió con los ojos cerrados, en silencio. Los lugareños empezaron a ponerse nerviosos. Lo cercaron, lo empujaron y le exigieron, cada vez con más violencia, que abandonara la ciudad.

El monje se puso en pie, muy enojado, extrajo un cuchillo, se lo clavó en el vientre, introdujo sus manos en la herida, se sacó las vísceras y las lanzó a un costado del camino. Acto seguido, expiró.

Los lugareños corrieron, demudados de terror, a informar a las autoridades. Éstas dieron la orden de sepultarlo. Esa misma noche los perros escarbaron el túmulo y sacaron a la superficie la estera de paja que protegía el cadáver del monje.**

A la mañana siguiente, alguien pisó la estera y descubrió que estaba vacía. Al darle vuelta, todos observaron que la estera continuaba arrollada como un capullo, de la misma manera que cuando la inhumaron.

 


*El lago Ta Ming. Sitio tradicional de diversión de los habitantes de la ciudad de Yinan. En sus orillas existían numerosos restaurantes, casas de té, burdeles, teatros...

**En aquel tiempo las esteras de paja servían como urnas para los pobres.