Portugués
Vinicius de MoraesVinicius de Moraes
Bitácora lírica y sentimental de la ciudad de Río de Janeiro (extractos)

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Postal

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ITODEJANEIRO!MISANSEBASTIANDERIODEJANEIRO!CIUD
ADBIENAMADA!AQUIESTATUPOETAPARADECIRTEQUETE
AMOCONELMISMOANTIGUOAMOREQUENADAENELMUNDO
NIELMISMOAMORPODRASEPARARNOS.
Aquípondressssssssssssparasimularelmosaicodelpaseo
AquipondreTTTTTTTTTTTTTTTTTparasimularpalmeras
Ymepongo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo  porallítodo

Quiero jugar con mi ciudad
Quiero decir tonterías y hablar de cosas de amor a mi ciudad.
Dentro de poco me volveré serio y digno. Provisionalmente
Quiero decirle a mi ciudad que ella lleva ventaja sobre todas las otras enamoradas que tuve
No sólo en KM2 donde no se respetan los accidentes de terreno en los cuales un número de hondonadas no constituyen un factor despreciable.
En vista de que tomaré mi guitarra y, para probar esa ventaja, saldré por las calles y le cantaré la siguiente modinha:

Modinha*

Existe el mundo
Y en el mundo una ciudad
En la ciudad existe un barrio
Que se llama Botafogo
En el barrio existe
Una casa y dentro de ella
Ya vivió cierta doncella
Que casi me bota al fuego**

Por culpa de ella
Que vivía en una casa
Que existía en la ciudad
Ciudad de mi amor
Yo fui falso
Fui traidor a la humanidad
Pues entre ella y la ciudad
¡Encontré que ella era más grande!

Locura mía
Ceguera, irrealidad
Porque realmente la ciudad
Tenía, como era de suponer
Algunos millares de KM2
Y ella apenas, unos bien contados
Metro y medio, por favor.

* Modinha: Género musical cantado portugués.
** En portugués, Botafogo, nombre propio del barrio de Río, hace un juego de palabras con ”bota al fuego”.

 


 

Hay, naturalmente, los que dicen: “Ah, el Río de mis tiempos...”. Los que dicen: “Ah, Río no es más el mismo...”. Los que recuerdan con nostalgia la vieja Rotisería de la calle Gonçalves Días, los que recuerdan con los ojos húmedos el gran arenal que era Leblón, los que evocan con nostalgia los ventrilocuismos del viejo Batista Júnior en el Cine Central. Para éstos, escribí estas estrofas que podremos llamar como:

La ciudad antigua

Hubo un tiempo en que la ciudad tenía pelo en las axilas
Y en que los parques usaban cinturón de castidad
Las gaviotas del Phardoux no contaban en lo absoluto
Con la posterior invención de los kamikazes
Del resto, la metrópoli era inexpugnable
Como Juancito de Lapa y Ataliba de Lara.

Hubo un tiempo en que se decía: LU-GO-LI-NA
¡U, rubia; O, morena; I, pelirroja; A, mulata!
¡Entiendes! Tónico para el cabello de la poesía
Ya escribí, alguna vez, vuestra triste balada
Entre los minuetos sutiles del comercio inmediato
Las portadoras de éxtasis y de permanganato

Hubo un tiempo en el que un morro era apenas un morro
Y no un camello de cola brillante
Guiñando intermitentemente un grito de socorro
De libre concurrencia: un pequeño gigante
Que nunca se encorvaba, o solamente en los días
En los que Melo Maluco practicaba sus acrobacias

Hubo un tiempo en el que se exclamaba: ¡Asfalto!
En el que se comentaba: ¡Verso libre! Con recelo...
En el que, para sobresalir, alguien decía bien alto:
“Entonces a las seis, bajo la marquesina del Paseo...”
En el que se iba a ver a la amada sepulcral
¡Pálido el espectro con un helado en la Paschoal!

Hubo un tiempo en que el amor era melancolía
Y una tuberculosis se llamaba consumación
De geométrico en la ciudad sólo existían
Los mástiles de los veleros, en la mañana...
Pero en compensación, ¡qué abundancia de todo!
¡Agua, sueños, marfil, nalgas, pan, terciopelo!

Hubo un tiempo en que apareció delante del espejo
Una cabaretera llena de encanto, radiante miss
La boca en el corazón, la falda por encima de las rodillas
Siempre dispuesta a sacudir los hombros y los cuadriles
En los shimmies*: la mujer moderna... ¡Oh Nancy! ¡Oh Nita!
Que vos transformaste en décima infinita.

Hubo un tiempo... en verdad se los digo: había tiempo
Tiempo para jugar a la pelota y tiempo para el soneto
Tiempo para trabajar y para dar tiempo al tiempo
Tiempo para envejecer sin quedarse obsoleto...
De allí por qué, para que vuelva el tiempo, y el sueño, y la rima
Yo hice, de humor irónico, este poema de acá arriba.

* Shimmie: baile moderno de los años 20 y 30 del siglo pasado.

 


 

[A sus tres años de edad, el poeta se muda para la calle Voluntarios de la Patria, en Botafogo. En seis años, la familia hace otras cuatro mudanzas, sin abandonar el barrio: Calle del Pasaje, 19 de Febrero, Real Grandeza, y de vuelta a Voluntarios de la Patria. La hermana Leticia lo describe, muchos años después, como un niño frágil, siempre perturbado por una bronquitis, por eso siempre metido en camisones de franela blanca, como un ángel. En la Escuela Afrânio Peixoto, a la hora de la asunción, él recibió su primer beso de una niña pecosa. Matriculado en el colegio San Ignacio, el poeta canta en el coro, actúa en piezas infantiles y, por fin, participa en la formación de una pequeña banda. Surge así, a los catorce años de edad, el compositor —marca que ni la diplomacia con sus protocolos, ni la poesía con porte metafísico de los primeros versos, cuando el poeta se miraba en el espejo y veía otro Arthur Rimbaud, conseguirían apagar.]

Balada de Botafogo

¡Oh! lunas de Botafogo
Lunas que ya no llegan
A masturbarse desnudas
Sobre el flujo de las veredas
Mis veredas transversales
¡Oh! transversales, oh traviesas
Sombrías, sentimentales
Llenas de un oscuro propicio
Para los incansables inicios
Del adolescente Vinicius
De la Cruz de Mello Moraes

................................

¡Oh! Escuela Afrânio Peixoto
Donde aprendí la pasión:
De la niñita pecosa
Que un día un beso me dio
¿A la hora de la asunción?
Ah, qué cosita tan pecosa...
Ah, qué manoseos, señor

................................

¡Oh! Calle Doña Mariana
Que me hacías padecer
Al son triste de la pavana
De piano al atardecer  
¡Oh! Colegio San Ignacio
Donde me hice bachiller
Ah, si mi verso contase
Cosas que no confesé
Y las oraciones que no recé...

 


 

La primera enamorada

Tú me besaste, Cosa Triste
Justo durante la ascensión
Después, impávida, partiste
A recibir la comunión.
Tenías apenas seis o siete
Y eso o un poco más yo tenía
Y tenía más: ¡tenía copete!
—¿Por qué partiste, Cosita Mía?

Fue en una misa de catedral
En Botafogo. Yo me dije “¡Por la Cruz!
Cómo es que ella va ahora
A comer el cuerpo de Jesús...”
Pero tú lo hiciste, Cosa Linda
Sin la menor hipocresía
Es que en ti no había ni pinta
De tu santropofágica manía...

Porque las clases del colegio
Donde a mi lado te sentabas
Se volvieron un diario sacrilegio
Durante las oraciones: me buscabas
Y al ojo cándido de la maestra
Que iniciaba sus clases luego
Acompañabas sus rezos
Pensando apenas en lo nuestro.

Más tarde la gente se marchaba
Y yo buscaba lo que bajo tu ropita había
Y largamente acariciaba
Tu cosita, Cosita Mía
Nos quedábamos serios, serios
La cara encendida deseosa
—La vida tiene tantos misterios...
¿Los tiene o no, Cosa Pecosa?

Luego me casé, no con ella....
Sino con mi segundo amor
La madre de Susana, la bella
Y de Pedro, el buceador
Vivíamos bien allí
Junto a la ladera sombría
Era tanta la poesía
Que casi, casi me moría

Las mujeres venían a vernos
A nuestro nido de amor
Muerte en la mira de Venus
Ochum queriendo a Changó
Y yo, aunque sólo pensaba
En amarte (¡espero lo confirmases!)
Era un pobre Lovelace
Que no se resistía a las mujeres

Pero fuiste, o mejor, fuimos felices
En nuestros grandes momentos
Que no lamento lo que hice
Ni tengo arrepentimientos
Me diste dos lindos hijos
Y todo el amor que tienes: a mí
Que a veces verdad no digo
Y nunca daba lo que era sólo de ti.

 


 

En el medio de todo ese caos urbano se mueve un ser diferente a cualquier otro del mundo: el carioca. ¿Y qué es ser carioca? Es haber nacido en Rio de Janeiro. Si, y por supuesto, también no. No, porque ser carioca es antes que todo un estado del espíritu. Ser carioca es una definición de personalidad. Charles Chaplin es carioca. La princesa Margaret es carioca, y ya Townsend no lo es, Marilyn Monroe es de los seres más cariocas que hay en la superficie de la Tierra. Como cariocas son Orson Welles, los dos Pablos: Picasso y Neruda, Louis Armstrong, Ilia Ehremburg, el príncipe Alí Khan y Marlene Dietrich. Porque ser carioca es mucho más que ser parisino, es sentirse perfectamente integrado con su ciudad y con su medio; es vestir ropa como un carioca; y saber de las cosas antes de que ellas sean dichas; es detestar trabajar (pero trabajar); es adorar el vagar y conversar en el medio de millones de compromisos; es creer que todo se arregla (se arregla por sí mismo); es ser portador no de la acidez, más bien de cierta astringencia como la de los mereyes; es querer estar siempre llegando y nunca partir; es tener ritmo en todo y para todo; es tener una alta dosis del sentido de lo ridículo y de la oportunidad; es gustar de la gente aunque de ella hable mal; es gustar de un baño de lluvia; es amar las cosas que maldices; es saber conocer otro carioca en el extranjero, sólo por el modo de vestirse. Eso es ser carioca, Y la mayor felicidad es que el carioca nació para amar, desamar, exaltar, traicionar y ser esclavo de otro ser cuya gracia es indefinible: la mujer carioca. La mujer carioca es... la mujer carioca: ¿qué más se puede decir de ella? Por eso, ante esa imposibilidad le diré dos o tres gracias en una sambita (y aquí esta una letra para ti, mi querido Ari Barroso).

La mujer carioca

La gaucha tiene la fibra
La minera encanto tiene
La bahiana cuando vibra
Todo lo hermoso del cielo viene
La capixaba es bonita
Y es de dar agua en la boca
Linda es la pernambucana
Ay mi Dios, qué cosa loca
La mujer amazonense
Cuando es buena es por demás
Pero la bella cearense
No se queda nada atrás
La paulista tiene hierba
Además la gracia tiene
La nordestina conserva
Por siempre el amor que quiere

Y la mujer carioca
¿Qué es lo que ella tiene? (bis)
Ella tiene tanta cosa
Que no sabe lo que tiene

Ella tiene un cuerpito
Que más nadie lo tiene
Y ella hace un cariñito
Que comparar no se puede
Ella tiene un pasito
Que va y que viene
Ella tiene un sentido
De nhene-nhene-nhene

Ella tiene, tiene, tiene (bis)

 


 

El poeta lo llama “papá”. También “poeta máximo”. Manuel Bandeira surge en la vida de Vinicius para confirmar una intuición que lo aturdía. La poesía no está colgada de las nubes sino más bien crece de la tierra. Él, Bandeira y un hombre discreto llamado Carlos Drummond de Andrade atraviesan las noches caminando por Lapa, entre alcohólicos, prostitutas, bellacos y desesperados cantando la poesía de la tierra. Bandeira es el “poeta”, padre, áspero hermano que lo enseña a no recular ante lo cotidiano. Que lo endurece, porque sólo un corazón rígido flota. Los tibios, los diletantes, los levemente afectados, por su propia languidez, pesan. Se arrastran. Lapa parece ser el escenario ideal para esas lecciones de vigor. De amor viril. Desde el pequeño apartamento de Bandeira, los tres poetas vigilan la rutina de la ciudad, convencidos de que en ella se puede leer, mejor que en los mejores versos, los delicados arabescos del espíritu.

Lapa de Bandeira

(Quinta-rima)

A Manuel Bandeira

Existía, y aún existe
En Lapa cierto callejón
Donde residía, ya no reside
Un poeta en el fondo triste
En lo alto de un apartamento
Como en lo alto de un farallón

En los días de mi vida
En que me levantaba el viento
Como una nave ya herida
En la cima de la muralla erguida
Yo veía una luz discreta
Ascender serenamente

Era la hija de la amistad
Era el espíritu del poeta
Yendo a buscar por la ciudad
Mis locuras de mocedad,
Como una nave ya herida
Deambulando patética

Y yo iba y remontaba
La gran espiral erguida
Donde el poeta me aguardaba
Y donde todo me cobijaba
Contra la angustia del vacío
Que ciudad abajo me consumía

Un simple apartamento
En un callejón sombrío
En Lapa, junto al convento...
Quizá, en mi pensamiento
Era el farol de la poesía
Brillando serenamente.