(Nota
del editor: el venezolano Rafael Ortega ha cultivado, con gran tino y
arrestos innovadores, la narrativa breve. Además guarda con Letralia
una relación especial: es uno de los autores cuyos textos aparecieron en
nuestra segunda edición, la última
exclusivamente dedicada a literatura venezolana. En nuestro número 100,
regresa con una selección de relatos de su libro La última sutileza
del diablo [2002]).
Mil rostros
"Existió una persona que podría
entenderme. Pero fue, precisamente
la persona que maté".
Ernesto Sábato.
La situación comenzó a intrigarme cuando pude comprobar, en otros casos, la
certeza de aquel viejo refrán que menciona algo sobre un río y unas piedras
con el fin de advertir que detrás de cada rumor hay un poco de verdad.
De pronto me vi en la prolija tarea de atar los cabos que descuidadamente
ella había dejado sueltos. Recordé los frecuentes paseos dominicales que
solía dar sin mí, su hermetismo cuando le preguntaba algo sobre su vida
pasada, los cambios repentinos de mi nombre al llamarme y cuando me dijo:
"No te enamores de mí porque soy como una gitana y poseo mil
rostros".
Me dediqué a espiarla, descuidando por completo mis actividades laborales,
como animal que acecha a su presa para hacer satisfactoria la cacería.
Interrogué a conocidos y hasta logré sobornar a algunos para que me confesaran
detalles sobre ella.
Fue así como pude dar con un lugar llamado: "Aquí Comienza el Final de
la Tristeza". ¡Vaya nombre para un prostíbulo de segunda! Una vez dentro,
me dirigí en medio de la penumbra hacia la barra y ocupé un banco que estaba
cerca de la caja registradora con la intención de comunicarme con mayor
facilidad con el encargado.
Le pedí una cerveza mientras ensayaba en mi cabeza la manera de entablar una
conversación. Pensé que sería una verdadera estupidez mostrarle la
fotografía y preguntar por ella, así que cuando trajo la bebida le inquirí:
—¿Qué tal es aquí el ganado?
—¡Calidad! —me respondió.
—¿Cuál será la más buenota de todas?
—Depende de cuáles sean sus gustos.
Le di una descripción casi exacta de mi consorte y el hombre asintió con la
cabeza. Me dijo que una mujer semejante frecuentaba el lugar, sólo los domingos
por la tarde.
Pagué la cuenta y me disponía a salir, cuando me topé con un conocido que
no había visto en años. Nos sentamos en una mesa con la finalidad de tomarnos
unos tragos y conversar sobre el pasado.
Las horas se fueron volando al compás de las copas y en un momento de
conmoción etílica le confesé mi dilema.
—¡Así son todas —expresó—, cada mujer tiene algo de puta y madre,
sólo que algunas no saben equilibrarse!
Continuamos bebiendo hasta perder la conciencia y salimos del lugar cantando
a gritos no sé cuál canción. Sólo recuerdo que cuando llegué a casa la
encontré recostada en el sofá mirando la televisión con un cigarrillo
encendido entre los labios... bordeé su cuello con mis manos y apreté con
ganas, mientras observaba cómo sus ojos se tornaban vidriosos tratando de
renacer entre tanto humo.
Los pájaros
De los días de escuela son pocos los recuerdos gratos que conservo. Uno de
ellos eres tú, Blanca Rosa. Tu piel nacarada, tu sonrisa frágil, tus ojos de
ónice y aquel atardecer cuando nos quedamos dormidos en lo más alto de la
montaña contando las aves que pasaban sobre nosotros.
Hoy al cruzar la plaza, camino a la iglesia, los pájaros han vuelto a evocar
tu imagen, pues logro distinguirte entre la muchedumbre llevando de la mano a un
niño que supongo será tu hijo.
Por la sobriedad de tu traje negro, intuyo que la desgracia se ha cernido
sobre tu vida. Alzo mi mano e improviso un saludo, mientras tú pareces no
advertir mi compungida presencia ni tampoco la de los preciosos pájaros que una
vez contamos entre sueños.
El destino
El hombre transitaba por los recovecos de su memoria, mientras una ráfaga de
viento abofeteaba su rostro con la finalidad de hacerle entender los misterios
del infinito. En ese pequeño instante pensó en el suicidio. Era demasiado
pronto para comprender que había muerto cuando soñaba.
La mueca del gato
Observamos a un hombre menudo y enjuto parado frente a la puerta de un bar.
Le escuchamos salir de sus labios: "Más comprensivo que yo,
nadie".
A su lado, vemos a un enorme gato negro que maúlla quejumbroso,
advirtiéndole la proximidad de unos pasos.
Una mujer, notablemente ebria, sale del bar colgada del brazo de un cliente y
frunce el entrecejo al encontrarse con nuestro personaje.
El hombre los sigue con la mirada hasta que se desvanecen en la oscuridad con
una expresión amarga en el rostro. Observa el reloj y emprende la partida con
el gato en brazos. Va tras la sombra de sus pasos, cansado de ellos.
Advertimos que comienza a caer un rocío sobre su frente. "Es la
primera lluvia, será eterna". Y así fue.
La última sutileza del diablo
"La última sutileza del diablo
es la diferencia
entre el infierno y el corazón".
E.M. Cioran.
Antonio estaba borracho, sin un centavo y con muchos ánimos de seguir la
juerga. Debía —de cualquier manera— hacerse de algunos billetes lo más
urgente que fuera posible o de lo contrario desfallecería. Caminó varias
cuadras a la deriva hasta encontrarse con un compañero de tragos que andaba en
condiciones similares y le propuso entrar al bar de la esquina a ver si había
allí algún conocido que los convidara a beber cualquier cosa, siempre y cuando
fuese licor. ¡La vida entera por una botella!, farfullaba alegremente
aquel par de borrachines.
Al llegar al sitio donde las luces rojas describían con alevosía la palabra
bar, entraron. Lograron pasar desapercibidos durante largo rato mientras
buscaban entre la multitud casi al borde de la desesperación algún rostro que
se les hiciera familiar.
Un joven que fungía de mesero surgió debajo de una gruesa capa de
estridencias y smog.
—¡Buenas noches!, ¿qué desean tomar los caballeros? —preguntó con voz
meliflua.
—¡Por los momentos, nada! —se apresuró a contestar Antonio—.
Esperamos a un compañero que no tardará en llegar.
El joven, obviamente, no se tragó aquel cuento, pero pareció no darle mayor
importancia, pues se retiró contoneándose de manera exagerada, lo cual
provocó en ambos una explosión de hilaridad estruendosa.
Todavía no paraban de reír, cuando notaron la presencia de dos caballeros
parados frente a ellos.
—Disculpen, señores, ¿nos acompañan con un trago? —se adelantó a
decir uno de los hombres, quien a juzgar por su apariencia parecía ser serio y
respetable.
Llevaba encima un fino traje de lino blanco que debió costarle una fortuna.
El otro, de aspecto más humilde, se limitó a sonreír con un aire entre
tímido y nervioso mientras movía la cabeza afirmativamente.
Antonio y su amigo aceptaron la proposición sin remilgos. ¡Qué más da!
Cuando se es tan pobre como una rata no son muchas las alternativas que se
ofrecen. ¡Total, lo más importante es beber!, ese era su lema.
—¡Con mucho gusto, compañeros! —respondieron al unísono.
Tomaron asiento al fondo del establecimiento, en una mesa cercana al
urinario, e improvisaron una tertulia donde destacaba el hombre del traje blanco
por sus exquisitos modales de sangre azul y su facilidad de expresión. ¡Un
verdadero oráculo digno de ser atendido con fruición por sus interlocutores!
Progresivamente, la conversación fue subiendo de tono:
—Sepan ustedes, estimados caballeros, que eso de las relaciones contra
natura no tiene nada de nuevo ni extraordinario. De la antigua Grecia se conoce
la leyenda de un poeta llamado Támiris, quien fue el primero en cortejar a uno
de su sexo: un tal Jacinto. Se afirmaba que la hermosura de dicho mancebo era
tal que logró enloquecer de amor hasta al mismísimo dios Apolo. Desde tiempos
ancestrales, el hombre ha manifestado ser propenso a los placeres de los
sentidos. Prueba de ello es la aparición del lucrativo oficio de la
prostitución en la historia de la humanidad. Resulta impresionante la manera
como sucumben civilizaciones enteras ante el hechizo del disfrute carnal. Tal es
el caso de China, donde se llegó a registrar un total de dos millones de
sifilíticos más trescientos mil casos de otras enfermedades venéreas.
Hizo una breve pausa para beber un trago, mientras dirigía expresiones
oferentes con los ojos hacia Antonio.
—En realidad, no soy partidario del sexo en látex porque me parece que
dificulta el orgasmo, pero de alguna forma hay que protegerse. Tampoco comparto
esas reflexiones arcaicas y retardatarias sobre la moral, pues como lo dijo Kant:
"A través de la razón, fijamos nuestras propias leyes morales". Eso
de que el libertinaje desvía el verdadero cauce de los sentimientos y
contribuye a desarrollar hábitos deshonestos e inmorales, es pura palabrería
fingida.
Antonio, visiblemente incómodo por toda aquella apología a la lujuria,
además de las insistentes miradas que el caballero de blanco le dirigía,
interrumpió para pedir permiso porque tenía que ir al baño.
La excusa le resultó pertinente para idear el plan que le libraría de tan
engorrosa situación. Se levantó de la silla, dio un vistazo hacia donde estaba
su compañero y notó que cabeceaba de sueño. No importaba, le dejaría para
que durmiera la mona.
Se dispuso a orinar, advirtiendo que alguien entraba y se situaba detrás de
él. Sintió un zarpazo hambriento que aprisionaba sus testículos con fiereza.
No hubo necesidad de voltear a mirar, pues sabía de quién se trataba. Sólo se
limitó a girar sobre su eje y asestó un puñetazo hacia el objetivo,
haciéndolo caer de bruces.
Subió la bragueta de su pantalón y salió del urinario, abriéndose paso
entre las mesas, en dirección hacia la puerta para ganar la calle. Caminó
hacia la noche, mientras se alejaba del lugar dando tumbos, en la búsqueda de
algún conocido que le invitara a una copa para pasar el trago amargo.