
Fredy Ramón Pacheco
El color del aceite, la turbulencia de mis manos reteniendo la ginebra en compás de espera, haciendo esfuerzos para encontrar las ansias de ayer, la textura del vientre y mi respuesta inmediata a cualquier locura del pensamiento. Mirar desde la ventana a través de las rejas recordatorias del compromiso. Un enjambre de luceros nebulosos que también permanecen ahí, a esa hora de la madrugada de septiembre nueve años consecutivos.
Me sorprendes. Casi amanece, no te dice nada la aurora. Hace varios meses contemplo ese mismo amanecer, y tu duermes plácidamente la fantasía del hogar. Recuerdo a Marelein. Ebrios desesperados tempestad de amantes en la playa. El placer, sin embargo, frustrante, inhibido, sin poesía. Doloroso más bien. Regresas a la habitación: "Te espero", dices como dijiste anoche. No llego. Lo sabes. Sólo duermes y eres feliz.
Este dolor envuelve, regado en la cuenca de mis manos paraliza mi tristeza unos segundos.
Tú continúas tranquila. Sueñas. No tengo otra salida. Me atas a esas rejas casi imperceptibles pero ciertas de la ventana este amanecer, esperando la siguiente noche.
Los pigmentos aceitosos humedecen la piel dejando huellas eternas en el lienzo incoherente y desnudo; soporte de todas las angustias recopiladas, codificadas en orden regresivo, deteriorándose en tenues pinceladas. De este calvario asomado al espejo sólo tienes el desecho que utiliza la realidad cada día. De todos modos no hubiera dormido en paz en otros brazos. En ellos había ventanas con rejas y luceros que amanecerían conmigo despiertos añorando reposar después de la vida.
Otra vez lo intentamos. En el deseo de besarte desaparecen los vestigios de locura que quedaban; los volúmenes yertos en la cama se tornaron fríos nuevamente. Dieron paso al tiempo tuyo y mío, ese que no sacrificamos nunca, lo único que nos pertenece cercano, después de mirarnos cansados de hastío todos esos años agonizando.
Regresamos al sueño y a la ventana. Los pasos de un transeúnte del destino arrastran la melancolía; despejan las sombras de la noche que volverá con los mismos pasos de siempre, decantados, mimetizando las baldosas para ocultarse, quedarse diseminados sobre la tierra; no subir las escaleras, no abrir la puerta que lo clavará tras las rejas. Tú seguirás dormida. No temas, es simple insomnio...
El lucero y el transeúnte son sonámbulos. Me divierto viéndolos pasar distantes, ajenos a mi sonrisa.
Aquí hermano
en esta urbe descomunal y concreta
a la temperatura
en que hasta el alma se congela
disfrazado de invierno
refugiando la tórrida sonrisa
apretando los maxilares
escondiendo la lengua
cansado de gritar carajos
sin que nadie me entienda
En mi estancia glacial
copio imágenes
que perciben mis ojos
las imágenes que percibe mi cuerpo
veo la mirada triste
de un latinoamericano...
y la copio
veo su hambre...
y me duele.
Siento el abrazo afectivo
de Ulises
de Amaru
de Beatriz
y lo copio
Después
siento la muerte en sus brazos
y vivo
Después dejo el espacio humano
y muero
¿Sabe, hermano..?
Aquí los latinos
también tienen
sueños vanos...
¿Recuerda a Bolívar?
"Prisionero de su grandeza"
murió solo.
Le prestaron una camisa
para que no muriera desnudo
el pensamiento
¿Recuerda el palacio de la Moneda?
¿recuerda al compañero Allende?
Solo
infinitamente solo
defendiendo la paz
a punta de metralleta.
Y los socialistas
oprimiendo las sienes
del compañero Allende.
Pero aquí hermano
todos son bolivarianos
todos son allendistas
todos se dicen de izquierda.
¿Sabe, Poeta?
Aquí está enquistado
el affaire
de la caridad burguesa.
Lo llaman "ayuda"
y lo lamento hermano
escribir este fonema
sin posibilidad poética.
Pero es mercado de mercachifles
que hasta con el alma
de los immigrantes hermanos
comercian.
Y... los cholitos
y los pastusos
y los centroamericanos,
amazónicos colores
de voces tiernas.
Néctar dulce
de la América eterna.
Hermano...
cómo lloran mis ojos
al verlos cabizbajos
bailando afrodisíacos pasos
en los subsuelos
sandungueando merengues
adormecidos por el silencio
engañando las cuecas.
Usted no lo va a creer hermano
usted que hace del arte visual
un experimento
imagínese
en un lienzo, una musa
de infinitos surcos
en la comisura de los labios
cantando huainos.
Y un auditorio de cuervos
con sus maletines de opio llenos
de mentiras llenos.
¿Los pastores?
No crea que son como el flaco Jacinto
o el negro Raymundo
desgarbados y enjutos
arriando ovejas macilentas.
No hermano
éstos son gordos y rozagantes
finos gourmets
sentados a la humilde mesa
de sus fieles ovejas
apipándose de pupusas
frijoles sebiche y tamales.
Poeta...
aquí no hay
perros muertos de hambre
como los yusos
de la comadre Teresa,
esos guinos que lo miran a uno
como hermanos en democracia
desde las puertas del restaurante.
Nada de eso
Tener vida de perro aquí
es verdadera vida
mientras tenga la cadena puesta
Acunaditos
altivos
respingados
elegantes
con sus abrigos multicolores
en brazos de su mejor amigo
el hombre
De la cultura
le digo hermano...
hay más culturientos
que poemas
hay mil francotiradores
fusilando a Neruda
y a Vallejo
Eructan sus conciencias
atragantándose de miedos
anclados en el pasado
rumiando versos pendejos.
Transformamos la sonrisa en mercadería.
La más sutil de las expresiones del hombre se vuelve espectáculo de circo. Es el pase de entrada a la gran fiesta; mecanismo bien aceitado engaña las funciones biliares.
Pantalla refractaria permite ver desde las glándulas suprarrenales la tragedia humana.
Ejercicio altamente especializado para el éxito de la demagogia.
Delicada alternativa del amor frustrado.
Movimiento incondicionado de los músculos faciales.
Mutación de la risa. Miedo evidente; frase entrecortada. ¡Miedo!
Inventada por Séneca; lapidario monótono murmullo entre labios filtra luz a la osamenta del calvario. Allí comienza a divisarse el interior del ser. Por ese resquicio se escapa el vaho tibio de la razón, o el frío, seco, mortuorio del alma. Fisura tímida que alimenta el sarcasmo en fib-back de pupilas escrutadoras inconscientes y vacías.
El hombre, vestido de payaso, la nívea sonrisa dibujada alrededor de la boca, colocó su cara frente a nosotros detrás de una cámara; el flash número cincuenta mil en las manos del niño.
A través de un visor la mueca mercantil del intruso estaba muy lejos de parecer sonrisa.
"No tenemos dinero".
El hombre disfrazado de payaso se quitó el sombrerín, los tirantes, los grandes zapatos; lavó la nívea sonrisa y se dispuso a contar el producto de cuarenta mil novecientos noventa y nueve fotos.
Lanzó los billetes al aire, eufórico llenó de risa la habitación.
Termina la función vespertina. Desesperados los hombrecitos vestidos de payasos venden el último globo.
A la salida del pueblo un desierto invadido de grises deja escuchar una alharaca de voces festivas. Ditirambos fosforescentes irrumpen la noche y se confunden los que ya yacen polvorientos con las estertóreas risas del que espera en el umbral de la vida.
Recordé aquellos instantes en las colinas de Tatemulco... Ella era la novia... Frente a ella aparece el manto gris azulado de la tarde. Las abejas extirpan el último pistilo ansiosas por regresar. Ella suspira, inhalando somnolencias circundantes y el humo espeso del cigarrillo entorchado entre los dedos.
Intenta mirarse con una sonrisa compasiva, pero es imposible eludir la tragedia de soledad de esos diez años. Casi desde el mismo instante, cuando él dijo adiós, un arado comenzó a surcar su piel.
"No hay poemas nuevos...", quiso preguntar como para recordar los pasos luminosos a través de las montañas escarpadas, en busca de sueños. La frase no tenía el suficiente énfasis, quizá porque vinieron a su mente los fantasmas que la aterrorizaron en esa aventura.
Silvino trajo otra cerveza, terminó la música y continuamos en silencio un par de horas; sólo las manos hablando diálogos a veces conocidos; los labios se buscaban para herirse.
Tatemulco comenzaba a oscurecerse. Las cayenas esperaban cálidas caricias de ella. Miró la niebla y cortó una vez más el flujo sensual como si despertara de la cotidiana pesadilla. Debía remontar las colinas esa tarde; se lo prometió a William Centella antes de morir.
Deseaba retener un segundo el beso de rutina, pero ya estaban sus caderas asfixiando el gris contra la puerta. Mis manos apenas retornaban de la exquisita experiencia, aún embebidas en una especie de turbación giraron hacia mí buscando respuesta. "Se fue... tenía que irse", les respondí y comencé a imaginar volúmenes al final, mas allá de la noche.
A la sombra del viejo cují, las cayenas depositadas por Rebeca prolongaban su existencia hasta la tarde del día siguiente, cuando ella taconeando con furia el empedrado, pasaba frente a las oficinas de su padre, rumbo a las colinas de Tatemulco para depositar otro manojo recién cortado; aún sangrante.
Los desvalidos enterradores hacían sepulcral silencio esos instantes lóbregos llenos de oraciones interrumpidas por el gimoteo de la novia. Se detenía el tiempo; el cují dejaba paso libre a la brisa y los colibríes podían libar el néctar con asombrosa tranquilidad.
Cada tarde, la inmovilidad circundante era mas pétrea. Cada día el toc-toc en la Calle Real era más acompasado. El jefe civil de Tatemulco era ya un retrato tras la ventana hasta que se descorría el crepúsculo y bajaba la novia de las colinas con una expresión de alegría en sus contornos sensuales.
Un amor equinoccial
Quizás embriagado siempre
Ella era la novia
Yo escribía los versos
El tren de San Petersburgo
Las alondras en la plaza
Los senderos de Tatemulco
Alimentaban los recuerdos.
Bajo el cují de la colina
Descifrábamos el misterio
De este amor sin sentido
Antipoético
Sin equilibrio
Era abstracto el silencio
Ella extraña en el silencio
Sólo quedó la risa escatológica
Del amor en tres tiempos
De impecables olvidos.
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