
Gabriel Navia Quiroga
Fue en ese momento, cuando nos disponíamos a encontrar algún ebrio que se descuide para asaltar su trago, Fabiola hizo su aparición magistral por la pasarela que nuestra imaginación construía. La contemplaron no pocos ojos; estaba muy, pero muy bien vestida y arreglada para su ya acostumbrada exhibición sabatina; se tomó la molestia de ponerse especialmente bella para salir a exponerse frente a todos y a todas. Llevaba una blusa de color mezclado entre rosado y gris, ligeramente apretada, pero sólo lo suficiente para mostrar sus hermosos senos que ostentaba orgullosa, firmes por el socorro de un anatómico sostén; en la parte superior, un escote para presumir los hombros casi en su totalidad. Ese color rosa-gris que se confundía con el matiz de su piel, la convertía en una imagen totalmente sensual.
Ni bien acabamos de recuperarnos de la embestida, me di cuenta de que Rufino se quedó tieso, con la mirada perdida, soñando quién sabe qué con Fabiola; y eso fue todo, a partir de esa noche pasamos muchas jornadas extenuantes por un amor sin respuesta, por un amor de un soñador apasionado que además era testarudo y no se daba por vencido fácilmente. Después de esa noche, Rufino nos obligó a ser su pelotón, su brigada de inteligencia, su equipo de salvamento y sus únicos confidentes.
Unos días después Rufino nos invitó a festejar el carnaval a su casa, esas comilonas eran inolvidables, su madre separaba su mejor mercancía para esas fechas y así podíamos disfrutar de un verdadero banquete, nunca faltaba la rica chichita que tenían macerando quince días antes con uvas pasas para obtener mejores resultados; además, había cerveza como para un regimiento, nosotros procedimos sin contener nuestro voraz apetito (como era nuestra costumbre). Sin embargo, Rufino estaba en otro lado, ahí sentado sobre una gran rueda del camión de su papá. Pensaba en Fabiola, se preguntaba qué estaría haciendo, dónde, con quién, etc... Es decir, no podía evitar pensar en otra cosa. Después de haber aplacado nuestros desmesurados apetitos y de haber bebido lo suficiente como para bailar con Doña Petrona y proceder a impartir doctrinas de la vida y del amor con las jovencitas del vecindario que se fueron uniendo a la fiesta al escuchar el ruido que hacíamos, vimos entrar a Rufino muy alegre; no nos dimos cuenta, pero mientras nosotros estábamos en terapia de regocijo, él se fue a la plaza para averiguar dónde vivía Fabiola; después se dirigió ahí y se quedó casi toda la tarde contemplando esa hermosura de mujer, escondido detrás de una ventana. Se convirtió en su cancerbero y regresó a la guarnición a rendir su informe, muy entusiasmado por cierto. La tarde fue suficiente para que Rufino supiera absolutamente todo respecto a esta mujer tan deseable por todos. Averiguó que su comparsa era la de los Káchamozos y que la cuota era tan sólo de 500 Bs., averiguó también que esa noche se reunirían en casa de ella y que organizarían una fiesta de disfraces... Un silencio dominó el momento, él nos miró a los ojos, nosotros lo miramos a él, y como aparentemente no había más que decir, comenzó de nuevo el griterío en el que nos encontró y continuamos con la terapia ya bien establecida y con las condiciones dadas en la fiesta.
Rufino trató de decirnos que deseaba ir a esa fiesta, pagar su cuota y ser parte de esa comparsa para así estar cerca de la mujer que le apretaba el vientre con sólo existir, pero como nosotros no habíamos sido afectados por ningún tipo de embrujo, no se nos pasó siquiera por la cabeza esa inquietud que frustramos sin querer. Una vez más Rufino se absorbió en sus pensamientos, en su soledad, encerrado en su cuarto, soñando con ser parte de esa gente que había observado casi toda la tarde ese día, con estar cerca de su amada y poder sentir su presencia, escuchar su voz, tener el privilegio de ser visto directamente por esos ojos verdes y escuchar aunque sea sólo una palabra que esté dirigida a él.
Pasó algún tiempo y en vez de desvanecerse esa testaruda obsesión, se fue agudizando. Ahora la seguía por las calles a una distancia prudente, día tras día; conocía a la perfección casi todos sus movimientos; cuando no estaba detrás de ella, sabía dónde se encontraba exactamente y qué estaba haciendo:
Llegó el día de su cumpleaños, la hermosa niña invitó a veinte de sus amigos a una fiesta en su casa, como era lógico, ninguno de nosotros fue invitado, pues ni siquiera sabía que existíamos. Rufino se sintió desafortunado, pues deseaba estar en esa fiesta, como vio que no había nada que hacer, se pasó una vez más toda la noche entumecido y encogido de frío al lado de la ventana, observando como su amada se divertía sin él.
Al día siguiente surgió un nuevo hombre, dispuesto a ser dueño del mundo, no le tenía miedo a nada ni a nadie; había resuelto salir del anonimato, dejar de ser el triste perseguidor de media cuadra atrás, dejar de soportar las humillantes noches de frió observando cómo la mujer de sus sueños seguía su vida sin él. Estaba resuelto a presentarse; había ahorrado suficiente dinero para comprarle una hermosa cadena de oro y regalársela en su cumpleaños, pero no tuvo el valor de hacerlo; así que al día siguiente después de hacer un análisis y de poner su autoestima por sobre todo, se dio un baño de cincuenta minutos, perfumó hasta el último rincón de su cuerpo, se puso su mejor ropa e incluso fue a cortarse el cabello.
Con un ramo de rosas en una mano y con el costoso presente en la otra se dirigió a casa de Fabiola caminando, porque decía que si tomaba un taxi sería muy poco tiempo para decidir lo que le iba a decir. Fue así que llegó al domicilio en cuestión, se detuvo al lado de la ventana, miró el rinconcito donde acostumbraba acurrucarse para no perderse ningún acontecimiento e hizo una reverencia como despidiéndose de ese escondrijo que le llenó de tantas ilusiones.
Nunca supimos con exactitud qué pasó después, pero Rufino podía jurar ante su madre que Fabiola era su novia, tampoco nos dio muchas explicaciones de lo acontecido en casa de su "novia", así que no había otra que creer en su palabra. Como todo nuevo novio enamorado, nuestro amigo se dedicó a ella, existía por y para ella, cada acción que ejecutaba era pensando en su amada, tuvimos que acostumbrarnos a no contar con sus desinteresadas contribuciones a las que estábamos acostumbrados, ya que todo su dinero estaba destinado a comprar obsequios. Y así vi convertirse el dinero de Rufino en blusas, aretes, anillos, zapatos, cosméticos, etc... Lo curioso era que nunca estaba con ella, después de la cadenita de oro, nunca más supe que la haya visto o que se encontraran en algún lado.
Pasaron así las fechas. No faltaba un pretexto cronológico para hacer un obsequio; si no era San Juan, era San Valentín, que no tiene nada que ver con nosotros; luego era regalito por el primer mes de ser novio, luego por el segundo, luego por el día de los enamorados, después por el día de la mujer, después Halloween, después un mes más y así sucesivamente la situación económica se fue agravando.
La noche de navidad Rufino cumplió de nuevo con el rito de darse un baño de cincuenta minutos, perfumó hasta el último rincón de su cuerpo, se puso su mejor ropa e incluso fue a cortarse el cabello. Con un ramo de rosas en una mano y con el costoso presente en la otra, se dirigió a casa de Fabiola caminando, sólo que esta vez llevaba un anillo de compromiso muy costoso y se disponía a pedir la mano de Fabiola para casarse. Otra vez no supimos que pasó, Rufino salió casi tan optimista como la primera vez, pero sabíamos que ocultaba algo, pues era perceptible que algo lo preocupaba, nadie pudo obtener ninguna respuesta, como era lógico queríamos saber si aceptó o no, pero todo intento fue vano.
Así fue como terminamos la última noche del año con nuestro amigo Rufino, quien nos obligó a ir al Hotel Municipal, algo que se mostraba muy raro, ya que si tenía novia, lo más lógico era que esa noche estuviese con ella, pero como la incertidumbre nos invadía, la curiosidad hizo de nosotros sus más grandes súbditos, estábamos ahí esperando el curso de los acontecimientos. A eso de las 11:30, llegó Fabiola, Rufino ni siquiera se movió, es más, miró muy disimuladamente y se limitó a dar la espalda hacia ese lugar el resto del tiempo, en un clima un tanto obscuro festejamos el año nuevo. Por primera vez en cuatro años celebramos esa fiesta con los bolsillos vacíos y en el lugar más costoso de la ciudad, todo por nuestro amigo quien empezaba a provocarnos reacciones por su tan pacífico proceder. Pasaron las horas y ya eran las tres de la mañana; ya nos habíamos acabado la botella de whisky que nos pusieron en la mesa y como no teníamos mucha costumbre con esa bebida ya nos encontrábamos en el estado ideal, Renato sacó la botella de ron que había metido de contrabando y procedimos a su respectivo consumo; sin embargo, creo que en esa noche el alcohol no era el único que se consumía, pues Rufino comenzaba a actuar de una manera muy extraña, empezaba a desesperar, parecía que estaba a punto de intentar algo magistral, pero cada vez que creíamos que lo iba a hacer, apenas lograba ponerse de pie y volvía a sentarse.
Media hora más tarde, la preciosa hembra responsable de haber cambiado nuestras vidas mostró leves ademanes de preocupación ya que advirtió la presencia de Rufino. Miraba muy disimuladamente cada vez que podía y se notaba cierta inquietud en su rostro, pero nada pasó más allá de eso. Sencillamente amaneció y Fabiola se fue acompañada de un galán a otro lugar y como nosotros no teníamos ni para el taxi tuvimos que resignarnos a regresar a casa.
Esa fue la última vez que Fabiola irrumpió en la vida de Rufino, nunca más se tocó el tema y nuestro amigo jamás volvió a tener otra novia. Años después supe que Fabiola se casó con un joven muy rico y que fue una imposición de sus padres.
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