
Jorge Claudio Morhain
Ajustó la corbata. No, mejor ponerse una remera. Si llevaba corbata con camisa aparentaría más edad. Una remera estaría bien. Un saco sport, zapatillas de buena marca, color crema. Eso sí.
Inspiró fuertemente, llenando sus pulmones y bajando la panza. Listo. Cualquier chica le daría... ¿cuántos? ¿Diez años menos? Necesitaba más. Lo menos quince.
Sonrió. Si, no había demasiadas arrugas. Y sonreír sí que lo hacía joven.
Sonreír.
Debía recordar todos esos detalles. Porque antes había un viaje, y allí no hacía falta parecer más joven. O quizás sí. Quizás sería mejor utilizar el viaje para practicar. Veamos: panza adentro, sonrisas, hombros atrás, aire triunfador (cuidado que no parezca canchero).
No le importaba realmente, no le molestaba tener la edad que tenía. Fueron años bien vividos, y hasta le gustaría contar a alguien de sus viajes, sus empleos, sus conocidos, sus mujeres, su marca dejada en uno y otro lado. Su larga estancia en la empresa. Hasta que la empresa quebró.
Ya llegamos.
Inspirar fuertemente. Hundir la panza. Sonreír.
¿A ver? Ah, una vidriera espejada. Sí, estás bien, viejo. Muy bien.
—¿Nombre?
—Julio Martínez García —sonrisa.
—¿Estudios?
—Perito Mercantil.
—¿Edad?
—¿Cuánto me das? —había que tutearla. Eso. Ella lo miraba...
—Treinta y cinco. ¿Cuánto tiene?
—Cuánto tenés, por favor. Treinta y seis.
—Bien, creo que el puesto es suyo... tuyo. ¿Tenés el documento?
—Sólo un papelito. Lo perdí, y me dieron esto hasta que tenga el duplicado.
—Está bien. Esto basta. Seis millones... cuatro veintisiete... ¿Seis millones? Espera un cachito, por favor...
Sonreír. Hundir la panza. Hay que ser joven, muchacho. Joven.
—Perdón... Perdoname, pero el jefe dice que tenés bastante más de treinta y seis.
—¿Por qué?
—Por el número del DNI.
—No, pero si te digo...
—Lo siento, señor. El aviso lo dice bien claro: empleados menores de cuarenta años.
—Menores de cuarenta...
Salió a la calle.
Le sonrió a una chica. Ella se ruborizó.
Si, todavía era joven. Lleno de vida. Lleno de esperanzas. Pero qué iba a hacer. Tenía más de cuarenta.
Y con más de cuarenta no te dan ni la hora, viejo. Ni la hora. Ahora, recién ahora, comenzó a comprender. A comprender lo que era, realmente, la famosa crisis de Tacuarembó. La mentada "crisis de los cuarenta".
Esta era. Esta. Minga de perseguir muchachas, minga de aburrirse del matrimonio.
Esta era. Esta...
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