Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 11, del 21 de octubre de 1996

Las letras de la Tierra de Letras

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El onirismo de Lenis Rojas

Lennis Rojas

(Nota del editor: Los cuentos de Lennis Rojas, venezolana, vienen cargados de una fuerte carga de onirismo. Así podrá notarlo el lector en "Verde" y "No sé cómo llegué", que presenta Letralia en esta edición).

Verde

a María Carranza

Yo aún la recuerdo, de lejos la veía cuidarlas, darles todo el amor que tenía. No puedo recordar un solo día que no lo hiciera; parecían ser lo más importante para ella.

Aquel día, cuando volvió, estaba un poco encorvada, parecía llevar encima el peso del remordimiento que le producía estar dos días lejos de las que eran el objeto de su preocupación.

Al llegar a su casa fue grande su sorpresa, no podía creer lo que veía, la puerta estaba obstruida por una gran enredadera. Mucho le costó entrar, y al hacerlo la sorpresa fue mayor.

Había en su casa un bosquecillo de vegetación compacta: plantas de hojas carnosas crecían al ras del suelo, hacia arriba estirábanse largos bejucos, grandes hojas, tiernos tallos, ramas florecidas, helechos y rosales espinosos hacían de su casa un túnel vegetal.

Hay quienes dicen que la vieron entrar presa de la fascinación que sentía ante la belleza de aquel paisaje que guardaba en sus entrañas la fatalidad; al parecer fue víctima del embrujo de aquel bosque de un verde profundo y luminoso.

Siempre se llena mi memoria con el recuerdo de mamá corriendo hacia mi hermano mayor. La oí decir que a la abuela se la habían tragado las plantas. En ese momento no entendí ni pude sacar nada en claro, pues cuando preguntaba obtenía la misma respuesta de papá:

—No debes hablar de eso, perturbarás a tu madre.

Sin embargo mi insistencia pudo más, y una noche papá me contó que la última vez que pudo ver a la abuela, fue cuando ella se dirigía hacia el centro de aquel túnel vegetal, en el cual se elevaba un largo tallo en cuyo extremo se podía observar un lirio blanco, que brillaba con la luz que se filtraba entre la espesura del bosque.

Hay un gran misterio que se cierra sobre aquel extraño suceso. Los que lo presenciaron tienen distintas teorías. Mamá, después de cortar todas las plantas del jardín, lo único que dijo al respecto es que no quería ver una más en la casa, "por lo menos no mientras viva".

De esto ha pasado ya mucho tiempo. De la casa de la abuela sólo quedan algunos escombros rodeados por arboles y malezas.

Mamá ha muerto. Yo por mi parte tengo un hermoso jardín, donde predominan las rosas y los helechos y en el centro se puede observar un lirio blanco, que cuelga de un largo tallo de hermoso y brillante color verde. Mi abuela y yo teníamos algo en común, siempre nos gustó mucho ese color.


No sé cómo llegué

No sé cómo llegué hasta aquí, pero me gusta este lugar.

Hay mucha gente alrededor de la plaza. Al frente, un cine anuncia una película. La función está por empezar.

Entro y ocupo una butaca en la segunda fila. Delante de mí, un hombre muy alto no me deja ver. Le pido permiso. Entonces, lo observo. Tiene una expresión triste y solitaria. Lleva un bigote de puntas engomadas. Es el coronel Aureliano Buendía, con su uniforme de las Fuerzas Armadas Nacionales y todas las condecoraciones por las treinta y dos guerras promovidas y ninguna ganadas.

Comienza la película y me doy cuenta que ya la he visto en televisión. Se lo hago saber al coronel y le pregunto: ¿Cómo es posible que haya tanta gente si la película es repetida? El me dice que ese es un cine para gente que no ve televisión y, que por favor, no se la cuente.

Oigo voces a mis espaldas. Tengo la impresión de que todos los hombres que están en el cine son soldados. Miro hacia atrás y, efectivamente, veo un soldado. Su rostro me es conocido. El me saluda y me pide que no le cuente la película.

Decido salir. Afuera, el tiempo parece no haber transcurrido. Recorro ciertas calles y me doy cuenta que, a mi alrededor, se está desarrollando la película. Ya me encuentro frente a la discotienda donde se va a efectuar el asalto. Se lo hago saber a un policía. El me pregunta que cómo lo sé, y al decirle que lo vi en televisión, se burla de mí.

Me alejo de allí. Llego a la plaza. Entro al cine y me siento en el mismo lugar. El hombre alto no me deja ver. Le pido permiso y, sin saber, mantenemos la misma conversación. Luego, oigo la misma voz a mis espaldas. Decido contarle al soldado lo que ocurrió. El no me cree porque acaba de entrar al cine.

Salgo. De nuevo las mismas calles. Llego a la discotienda. Esta vez no diré nada. Llegan las dos mujeres de la película y roban el negocio. Entonces, le digo al policía —No te dije que iban a venir. El me mira de reojo y empieza a perseguirme porque me cree cómplice de las dos mujeres. Corro mucho hasta llegar a un lugar lleno de gente. Hacen cola. Yo también. Entro al cine y me acomodo en un asiento de la segunda fila. Delante de mí está el coronel, quién me pide que no le cuente la película. Atrás está mi amigo. Les pido a los dos que salgan conmigo. Quiero mostrarles que, afuera, la película es real.

Salimos, recorremos las mismas calles, llegamos al mismo negocio y, después que las mujeres lo roban, les digo —¿Se dieron cuenta? Es una escena de la película. Ellos sonríen y el coronel me dice que, aunque quisiera, no puede creerme porque él nunca ha visto esa película.

Regresamos a la plaza. En la puerta del cine, ellos me invitan a entrar. —No, gracias. Es una película repetida.

Cruzo la calle y me siento en un banco de la plaza. El tiempo parece detenido. Tengo que salir de esta situación, no puedo regresar al cine, es una pesadilla... De pronto me doy cuenta que el tiempo sí ha transcurrido, hay un sonido muy conocido, la luz en la cara y tengo que levantarme.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983