Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 14, del 2 de diciembre de 1996

Las letras de la Tierra de Letras

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Barcito de Conourbano

Claudio Barbará

El hombre ya había tomado el sexto vaso de ginebra sobre el estaño, cuando recordó que se había olvidado de llamar por teléfono. Quedaban dos cosas por hacer: levantarse, buscar un teléfono y hacer el llamado, o bien olvidarse del asunto y seguir cómodamente en donde estaba, observando el caótico movimiento del lugar.

En el boliche "El Chino", unos chorizos grasientos y algunos pedazos de carne seca descansaban en la parrilla humeando lánguidamente bajo las pocas brasas aún encendidas. Era medianoche pasada y además del propio "Chino", nuestro hombre y un par de vagos que carteaban en el fondo, dentro y fuera del local todo era oscuridad desolada. Una radio en AM dejaba escapar una cumbia o un tango; luego, el silencio de la noche.

El hombre de la ginebra meditaba en qué hacer con su llamado telefónico; calculaba las dificultades que debería sortear para resolver el problema, como buscando un motivo suficiente para cerrar definitivamente el caso, cuando un pelirrojo medio calvo de ojos saltones se le acercó decidido.

—¡Tano! ¿Qué hacés por acá? ¿Cómo va la vida?

El hombre lo miró a través de medio litro de ginebra, los ojos oblicuos y el cerebro emparchado.

—¿Y cómo querés que me vaya..? Para la mierda. ¿No es así cómo nos va a todos?

—¡Tano querido! —dijo el otro—. ¡Qué gloria encontrarte acá, carajo! —y lo abrazó por el hombro.

El hombre sintió cómo se le desacomodaba la banqueta y el suelo hacía anillos concéntricos cuando lo miraba fijo.

El hombre: —Pero vos, viejito, ¿quién sos?

—El del balurdo aquel, Tano, ¿no te acordás?

El hombre: —Pero vos, viejito, ¿quién sos? El cumpa de Juan Moreira... ¿De cuál balurdo me hablás?

—¿Vos no sos "el Tano"?— Dice el otro compungido.

—Ma'qué Tano ni qué ocho cuartos, viejito... Yo soy... —hace una pausa mientras enfoca al pelirrojo en el cuadro de su visión e intenta detener el trastabillo de sus pensamientos—. ¿El Tano? ¿Y qué se yo? Puede ser... ¿"El Tano", dijiste? Me gusta, viejito. ¡El Tano! Está muy bien.

—¡Vos sos el Tano, man! —reafirma el otro—. ¡Te juro por la vieja que vos sos el mismísimo Tano!

—¿Estás seguro vos?

—¿Y cómo no voy a estar seguro si te conozco como a mi vieja..? ¿No te acordás cómo la pasamos después de que se cayó aquel balurdo..?

—¿Pero de cuál balurdo de mierda me hablás, viejito..?

—Dejá Tano, no te esforcés, ya te va a volver la memoria. Acordate del golpe que te ligaste en el marote. ¡Qué golpazo, por Dios! Yo pensé que te quedabas seco ahí nomás. Pero sos duro vos. ¡Te la aguantaste como el mejor!

El hombre lo mira con desconfianza al pelirrojo. Después se entusiasma con las palabras del otro. "Sos duro vos", se repite. Se envalentona y piensa en su viejo. Le gusta la idea...

—Mirá si se enterara el viejo que siempre me decía que era un blandito... —dice el Tano.

—¿Y qué va a decir? ¡Que sos un fierro, eso diría!

—Vaya a saberse, el viejo me daba siempre con un hacha. No me quería nada el viejo. Yo creo que me tenía envidia... Yo con esta estampa y el ya un jovato achacado. El viejo me tenía envidia y no se la bancaba.

—Cosas de los viejos —dice el otro—. Yo no sabría decirte porque a mi viejo no lo conocí. Se rajó antes de que yo naciera, el turro. Se fue con la mujer de un chambón que era peluquero en la cuadra en donde vivíamos...

—¡Qué se le va hacer!— reflexiona el Tano.

—Y sí, él tenía derecho a hacer su vida... Pero qué jorobar, uno necesita la figura paterna, ¿o no?

—¡Decímelo a mí!

—¡Pero, qué gloria verte por acá, Tano! ¿En qué andás, che? En algún otro balurdo... Pero qué golpazo te ligaste esa madrugada... por Dios que creí que te morías ahí nomás. Pero te la aguantaste. ¡Duro el Tanito, qué joder! Yo se lo decía a todos: ¡El Tano es duro, carajo! Y los canas me miraban con desconfianza. Te chorreaba sangre por todos lados, man. ¡Por todos lados! Y yo le decía a los canas que te largaran, que no te fajaran más; pero los tipos dale que va; te daban y te daban.

Al Tano este último comentario lo puso en guardia. El pelirrojo hablaba de la yuta y el Tano sentía que se le helaba la sangre. De pronto se sintió incómodo y se removió en la banqueta. El pelirrojo entusiasmado con sus propias palabras se creyó con derecho a pedirse una copita en nombre del Tano, por supuesto. Gracias Tano, dijo; antes que el otro pronunciara palabra alguna y se mandó la ginebra de un trago.

—Y te daban y te daban —continuó— y todo por nada... Pero si creí que te habías muerto, Tanito... Cuando me dijeron que me rajara: yo me rajé. A ver si la taquera se la agarraba conmigo... Me entendés, ¿no, Tanito? No por cagón, entendeme... Si no para no empeorar las cosas... Pensé: si yo hago caso al Tanito lo largan enseguida, ¿me comprendés?

—¡Sí, sí, sí! —respondió el Tano esquivando el embate del otro y cambió de tema—. Che, ¿sabés si hay algún teléfono por acá?

—Pero sí Tanito, en la esquina... ¡Pero qué balurdo de mierda aquel, Tanito! ¡Tanito viejo carajo!

—¿Tenés una ficha para prestarme, viejito? —pide el Tano.

—Pero sí, Tanito, lo que quieras.

—Gracias, viejito.

El hombre se levanta y sale del boliche; va a la esquina, busca el teléfono y levanta el tubo. Duda, se frena y mira los nubarrones sobre su cabeza. Cuelga el auricular. Putea para sus adentros y piensa: "¿A quién mierda tenía que llamar yo?". No recuerda, hace el esfuerzo pero no recuerda. "Mejor me rajo antes de que se largue la tormenta", "¿Tano? Ma'que Tano!", y se manda a mudar.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983